Julio César Jiménez: las aptitudes del escritor

Narrador natural, graduado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, este santiaguero acumula premios y varias publicaciones

Autor:

Eric Caraballoso Díaz

Hace apenas dos años, Julio César Jiménez era un escritor inédito. Así lo había querido él mismo en gran medida, empeñado en no publicar por publicar y en ir labrando en silencio una práctica y un estilo. Narrador natural, graduado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, este santiaguero, nacido en 1974, acumulaba ya premios y menciones en concursos de cuentos como el Regino Boti, el David, el Casa Tomada y el de la Gaceta de Cuba, y la presencia en varias antologías, pero no se apuraba en lanzarse en solitario.

Finalmente, en 2014 apareció su libro Cinco perros y un ratón, bajo el sello de Ediciones Santiago, y un año después dos novelas suyas, Un mundo tan blanco y Aptitudes para el baile (notas al guion), fueron publicadas tras ganar los premios Novelas de Gavetas Franz Kafka y el José Soler Puig, respectivamente. Esta última fue presentada oficialmente este año, como parte del catálogo de la Editorial Oriente —institución que convoca el concurso— en la más reciente Feria del Libro, y su autor no duda en confesarse «más que satisfecho» con lo sucedido hasta hoy con la novela.

Aptitudes para el baile… es un texto que se lee de golpe. Combina discursos y planos narrativos y fabula desde el presente con hechos y personajes del pasado. Sus protagonistas se distancian del ideal heroico para ganar en verosimilitud y también en complejidad, lo que, sin embargo, no atenta contra la fluidez de su ritmo. Entre sus aciertos, la crítica señala, además, su indagación en las contradicciones y devaneos de la creación artística. Pero, ¿cuál fue la génesis de la novela? ¿Cómo creció hasta convertirse en el libro que es hoy?

«En principio —comenta Julio César—, este era un libro de cuentos sobre jóvenes en el proceso libertario de los años 50. No quería abundar en el mito del revolucionario puro, y por eso los personajes estaban cercados por incertidumbres de todo tipo: ideológicas, sociales, morales, sexuales, justo como las de todo joven en cualquier momento histórico, y que la historia con mayúsculas siempre ha preferido preterir a la hora de describir un mártir. Para mí, el héroe mayor y el hombre común pueden compartir no solo los avatares cotidianos, sino también defectos e inmoralidades. Solo que el primero, en determinadas circunstancias, deja a un lado sus intereses personales y persigue una abstracción hasta la muerte. Sin embargo, el libro no me funcionaba, aunque tenía un par de cuentos medianamente interesantes.

«Una buena tarde recordé a Patricia, un gay muy singular y conocido en Santiago de Cuba, y me di cuenta de que tenía todas las características de un excelente personaje: cuasi legendario, iconoclasta, lenguaraz, temerario y con un triste final. Lo demás fue fácil. Creé un contexto donde un personaje contemporáneo —un joven guionista de cine independiente—, hiciera creíble su interés por ese mito santiaguero, y el texto creció hasta convertirse en novela. Pero el libro no intenta “aclarar” la figura de Patricia ni contar exactamente su historia. Muy por el contrario. Intenté, si se quiere, oscurecerlo más, sugerir más que afirmar, con la idea de despertar la curiosidad de los lectores jóvenes que no llegaron a conocerla. Por eso es tan deliberadamente contradictorio».

—A pesar de esas contradicciones, el libro no resulta denso en lo absoluto. ¿Hubo una intención lúdica en su concepción?

—Por los cuatro costados. Muy modestamente, pienso que un preocupante por ciento de la literatura nacional es, en esencia, tediosa. No importa el tema que toque, siempre lo hace de la forma más correcta y atildada posible. Y eso está muy bien para la vida real, pero no para la literatura. De ahí mis experimentos con otros formatos, como el cinematográfico, o con las páginas web y sus jugosas secciones de comentarios.

«En el libro trato de mostrar una realidad donde con frecuencia conviven varios discursos y formas culturales que resultan cada vez menos solemnes. Además, la combinatoria de todos estos discursos permite una mayor libertad creativa. Los lectores contemporáneos, los pocos que todavía existen, se mueven en un universo cultural que es cada día más mezclado, más pastiche, en el que se combinan ideologías con videojuegos, música con emails, películas con mensajes al móvil. Y ese espíritu está presente en la forma en que construí la historia».

—¿Esta voluntad de experimentación puede entenderse como una marca de tu estilo literario? ¿Cómo ello canaliza o no en lo que estás escribiendo en estos momentos?

—La experimentación tiene que ver con el texto y no necesariamente conmigo. Tengo dos o tres libros de cuentos y alguna que otra novela de perspectiva absolutamente realista, con historias tradicionales que pueden leerse canónicamente. Esperemos que salgan publicadas pronto y así matizar un tanto la opinión —que ya empieza a tomar cuerpo—, de que soy un irreverente que escribe «pour epatter le borguoise», y discúlpame el latigazo cultista, o quítalo y pon sencillamente «para molestar a la burguesía».

«Y por la otra parte, acabo de terminar una novela distópica en donde intento sustituir la composición literaria tradicional por la utilizada en la producción de la música electrónica. Fanático convencido y productor a ratos de esta última, el texto tiene un concepto de “sesión”, o de disco, e incorporo estructuras sonoras propias de ese mundo como los loops y los efectos de sonido. Todo eso se inserta en una historia no aristotélica donde los capítulos llevan nombres de tracks o canciones colgadas en Soundcloud, un sitio web dedicado a la música. Incorpora además fragmentos académicos sobre géneros de reciente presencia en el ámbito nacional y una deliciosa paranoia colectiva.

«Para aderezar todo ello, ahora mismo estoy produciendo con Doee, una banda de música electrónica de la que yo mismo soy integrante, los temas que nombran cada capítulo. Así espero tener una novela con música electrónica, y un disco que funcione como banda sonora de dicho texto. Puede sonar complejo, pero el resultado —me parece—, puede ser divertido, y los amigos que han revisado ya lo escrito dicen que no necesariamente hay que saber de música para disfrutarla. Tengo fe en que un buen segmento del público joven que consume esta música la entienda y también la disfrute. Aunque, sospecho que a buena parte de la crítica literaria le va a tomar un poco más de tiempo».

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