Voy a nombrar toda Cuba, voy a nombrar a Fidel

«Gracias por todo, Fidel», escribió Carilda cuando la Revolución era aún una promesa. Hoy, la poetisa enfrenta el dolor de la pérdida y todavía le agradece al Comandante por cuidar los nombres que tiene la libertad

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Juventud Rebelde

MATANZAS.— La casona de Tirry 81 no es la misma desde este sábado. Un silencio inusual inunda la vetusta vivienda. Ya casi comienza a oscurecer. Aunque su frágil salud le impide atender las solicitudes de entrevistas de diversos medios de prensa, Carilda Oliver Labra accedió a conversar con Juventud Rebelde sobre los lazos de amistad que la unieron a Fidel.

Su esposo nos recibe y acompaña hasta la habitación de la poetisa. Él fue el encargado, a las 6:30 de la mañana del sábado, de ponerla al tanto del doloroso suceso. Ella está sentada en un sillón al lado de su cama. Su voz no es tan luminosa como en otras ocasiones y sus ojos azules languidecen por las lágrimas. Su rostro refleja tristeza.

«Al recibir la noticia nos vino encima el estremecimiento de la obra descomunal que ha realizado en una sola vida. Siempre nos hemos preguntado de qué extraños materiales cósmicos se conforma un ser cuya influencia espiritual ya se extiende a millones de personas.

«Hay mucho de Fidel en cada cubano, hay mucho de Fidel cuando afrontamos con entereza los obstáculos, cuando miramos al futuro con esperanza. Sin lugar a dudas, nos ha legado una compulsiva necesidad de luchar por la perfección de nuestra sociedad, de hacernos dignos de esa obra que es la propia Revolución y que como todas las grandes acciones todavía está en marcha».

Cuando le preguntamos sobre cuándo conoció a Fidel, su memoria se remontó a la época en que él estudiaba en primer año y ella en tercero de la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana.

Por la calzada frente a su casa pasó Fidel con los rebeldes el 7 de enero de 1959, en su avance triunfal hacia la capital. Ahora, al imaginarse que la urna con sus cenizas volverá igualmente triunfal a transitar frente a su hogar en el itinerario hacia su destino final en Santiago de Cuba, esta mujer solloza, se tapa la cara con las manos, llora conmovida…

Llueve fuerte. Carilda acaricia en su regazo a un gato amarillo. Pensamos que no podría proseguir en medio de su aflicción, sin embargo, toma un aire y con voz rajada se remonta a marzo de 1957, cuando escribió el Canto a Fidel, un verdadero desafío a la sanguinaria maquinaria batistiana.

«Recuerdo con profunda nostalgia la visita de Fidel a Matanzas y su intercambio con nosotros en el Valle de Yumurí, en ocasión de un aniversario del poema Canto a Fidel. También, el último encuentro con él durante una celebración en el Palacio Presidencial y en la cual pudimos saludar al amigo de Cuba, Gabriel García Márquez. Entonces nos dijo algo que es difícil de olvidar. Hablábamos de José Martí; él comentaba uno de los pensamientos de nuestro Héroe Nacional. “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz, pero lo que no puede ser guardado ni en diez universos es la indestructible necesidad de amar”.

«Entre muchos de los rasgos de su pensamiento existe una convicción profunda de que es la cultura, definitivamente, lo que libera a los pueblos, y esto guarda una profunda relación con su interés extremo en desarrollar el potencial científico y artístico de la Patria.

«A lo largo del tiempo los artistas y escritores hemos disfrutado del privilegio de dialogar con el resto de la sociedad, de enriquecer el carácter de la nación con nuestras obras. Para Fidel el arte no es un lujo, es una necesidad, porque en ese arte late la salud de la Patria, porque en ese arte se describe con excelencia la nobleza del cubano.

«No podemos despedirnos, el adiós es una palabra que se ocupa del pasado, tal vez lo menos tangible se constituya en lo imperecedero, lo casi fugaz, eso que llamamos poesía, lo que apenas hemos sentido y evapora su presencia dejando un raro aroma y una levedad tremenda. A esto nos atrevemos, a tocarlo en el poema, en el poema que nunca es él, y sin embargo, no hay otro modo de tenerlo».

—¿En algún momento el Comandante en Jefe habló del poema Canto a Fidel?

—Él me dijo, «Carilda, te debo mucho a ti, porque escribiste sobre un hombre que quisiera ser». Era un hombre delicado y culto.

«La entrevista que le hizo el reportero norteamericano Herbert Matthews fue lo que me motivó a escribirlo, porque tuve la suerte de recibirla y saber que de verdad Fidel estaba vivo en la Sierra Maestra, hasta había una fotografía del periodista con él. Me asombré y en el mismo momento escribí el poema. Era la prueba de que estaba vivo y al saber eso, yo que lo conocía, me maravillé, era el apóstol contra el dictador».

—¿Usted pensó en las consecuencias?

—No, nada, no me importó, pero mi mamá lo leyó y empezó a llorar diciéndome que si yo me había vuelto loca. Si Batista descubre, me dijo, que una muchacha tan joven le escribe a ese hombre, su terrible enemigo, no te van a dejar viva, porque Batista es un tremendo asesino. Aun así, con todos esos peligros, lo envié a la Sierra Maestra.

«Me parece imposible que haya muerto, siempre pensé, y quise, morir primero que él.»

Canto a Fidel

No voy a nombrar a Oriente,

no voy a nombrar la Sierra,

no voy a nombrar la guerra

—penosa luz diferente—,

no voy a nombrar la frente,

la frente sin un cordel,

la frente para el laurel,

la frente de plomo y uva:

voy a nombrar toda Cuba:

voy a nombrar a Fidel.

Ese que para en la tierra

aunque la luna le hinca,

ese de sangre que brinca

y esperanza que se aferra;

ese clavel en la guerra,

ese que en valor se baña,

ese que allá en la montaña

es un tigre repetido

y dondequiera ha crecido

como si fuese de caña.

Ese Fidel insurrecto

respetado por las piñas,

novio de todas las niñas

que tienen el sueño recto.

Ese Fidel —sol directo

sobre el café y las palmeras—;

ese Fidel con ojeras

vigilante en el Turquino

como un ciclón repentino,

como un montón de banderas.

Por su insomnio y sus pesares

por su puño que no veis,

por su amor al veintiséis,

por todos sus malestares,

por su paso entre espinares

de tarde y de madrugada,

por la sangre del Moncada

y por la lágrima aquella

que habrá dejado una estrella

en su pupila guardada.

Por el botón sin coser

que le falta sobre el pecho,

por su barba, por su lecho

sin sábana ni mujer

y hasta por su amanecer

con gallos tibios de horror

yo empuño también mi honor

y le sigo a la batalla

en este verso que estalla

como granada de amor.

Gracias por ser de verdad,

gracias por hacernos hombres,

gracias por cuidar los nombres

que tiene la libertad.

Gracias por tu dignidad,

gracias por tu rifle fiel,

por tu pluma y tu papel,

por tu ingle de varón.

Gracias por tu corazón.

Gracias por todo, Fidel.

(marzo de 1957)

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