Disney se «reinventa», pero no inventa

En los últimos tiempos le ha dado por revivir la nostalgia que despiertan sus clásicos animados

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

No importa que The Walt Disney Company sea la segunda compañía de medios de comunicación y entretenimiento más grande del mundo. Ni siquiera con ese estatus se pone a «jugar», porque solo se llega a ese poder apostando sobre todo a lo seguro. Si con sus producciones consigue recorrer con éxito el difícil camino del arte, perfecto, pero lo esencial para este emporio es la ganancia constante y sonante.

Por ello en los últimos tiempos le ha dado por revivir la nostalgia que despiertan sus clásicos animados a los cuales ni siquiera el implacable les ha arrebatado el encanto. Y lo aprovecha haciendo con insistente frecuencia adaptaciones en acción real.

Ya fue noticia que la actriz Eva Green aceptó la tercera invitación que le hace a un plató  el creativo Tim Burton tras dirigirla en Sombras tenebrosas y El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares. Ahora el realizador de Alicia en el país de las maravillas (otro ejemplo más de esta obsesión) ha decidido emprender el remake de Dumbo (1941), la historia del elefante que podía volar. Un nuevo proyecto que se sumará a una abultada lista, tal vez detrás de La Bella y la Bestia de Bill Condon (Crepúsculo y su saga) que se estrenara con éxito en este 2017.

Disney conoce tan bien a su audiencia, que la versión moderna de dicha película protagonizada por Emma Watson y Dan Stevens, rompió récords de preventa. Según las cifras que han trascendido, las ganancias de la compañía han estado cerca de los 4 000 millones de dólares desde que en los 90 del pasado siglo descubriera el enorme filón que le aseguraba desempolvar su catálogo para darle vida otra vez a sus reliquias con actores de carne y hueso.

Ciertamente son pocas las producciones que podrían señalarse como sobresalientes por su apuesta verdadera por lo artístico, y ya sabemos que buscan salvar para la posteridad estas obras poniendo en práctica los mencionados movimientos. La única razón es monetaria. Porque si lo que se propusieron con esta «actualización» era superar la grandeza de los títulos que han servido de inspiración, como regla no lo ha conseguido.

De cualquier manera se mantiene con fuerza la práctica que se inició en 1996 con 101 dálmatas, de Stephen Herek, considerada un desastre por la crítica, que no se hizo de la vista gorda ni con la Cruella De Vil interpretada por la extraordinaria Glenn Close. Sin embargo, la taquilla no la tomó absolutamente en cuenta. Tanto fue así que solo en Estados Unidos el largometraje recaudó casi el triple de su presupuesto. Después la misma Alicia en el país de las maravillas, a pesar de ser el filme más impersonal de Burton, le aportó a las arcas 200 millones de dólares provenientes de los cinéfilos estadounidenses y más de mil millones a escala mundial. Y ahí sí que empezó una fiebre que las cabezas pensantes de los estudios no desean bajar, porque bien sabe Disney lo que se trae entre bolsillos. Ya no basta con Maléfica (Robert Stromberg), Cenicienta (Kenneth Branagh), El libro de la selva (Jon Favreau), también habrá secuelas y lo que haga falta.  De lo que se trata es de dar a los espectadores eso que tanto les gusta y a los inversores las ganancias que tanto esperan.

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