Un ángel visita la hamaca

Por más de diez años, la escritora Lina Leyva Méndez hilvanó los poemas de su vida. Lo que sería un proyecto para hacerse público en la vejez, ha terminado en Estoy poniendo la hamaca, de la Editorial Gente Nueva

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

MORÓN, Ciego de Ávila.— «Este libro no lo quería publicar», afirma categóricamente la escritora moronense Lina Leyva Méndez (Ciego de Ávila, 1964). Ante el asombro que provoca sus palabras, ella sonríe con benevolencia. Luego, despacio —con la misma dulzura con que las aguas de un río tranquilo se deslizan entre las piedras—, explica el motivo de sus intenciones.

«Quería publicarlo al final de mis días —dice. Los 30 poemas que reúne son como un recorrido que no ha concluido. Este es un libro de añoranzas, de cuestiones vitales, surgidos en la medida que voy viviendo. Estos poemas, como lo es la poesía en general, son un espacio de intimidad, de diálogo muy interior, y por eso deseaba que se quedaran tranquilos, solos ellos y yo».

Fue el escritor Enrique Pérez Díaz quien venció las aprehensiones. Después de una lectura del manuscrito, de hacer la propuesta de publicación y escuchar las razones en contra, el también escritor lanzó una pregunta lapidaria: «¿Y tú vas a impedir que las personas conozcan estos poemas? ¿Cómo vamos a dejar que la gente no disfrute de esta poesía?». Ahora Estoy poniendo la hamaca aparece bajo la colección Trébol de la Editorial Gente Nueva, mientras la autora reconoce el cuidado de la editora Amanda Calaña Carbonell y las diez ilustraciones de Yuset Sama Leal.

Ante la pregunta de cómo surgió el libro, Lina dice: «Este libro lo empecé a escribir en el 2001. Son casi 16 años de escritura, en ocasiones muy silenciosa. Tiene versos y prosas con aliento de poesía, yo diría que son poemas escritos en párrafos, y que alimentan esa intención de mirar mi pasado, lo que tuve y ya no tengo, u otras cuestiones que son importantes, como mi esposo y mi hijo.

«Sí hay una particularidad: son textos escritos para un libro. Siempre tuvieron esa idea. Aquí no hay poemas que se escribieron sueltos y luego se agruparon. Nada de eso, sino que todo se concibió para un proyecto largo, muy íntimo y que solo la amistad y la dulce insistencia de Enriquito Pérez Díaz hicieron cambiar su duración».

El recorrido de Estoy poniendo la hamaca se puede seguir por varios episodios. El poema que le da nombre obtuvo el Premio Nacional de Talleres Literarios, correspondiente a los años 2002-2003. Posteriormente, logró mención en el Concurso Nacional Eliseo Diego. Sin embargo, la mayor visibilidad está en La Hamaca, uno de los proyectos que Lina desarrolla junto con su esposo, el escritor e historiador Larry Morales, en la filial de la Fundación Nicolás Guillén en la provincia de Ciego de Ávila, cuya sede se encuentra en Morón.

La idea consiste en llevar personas de todos los sectores del país —actores, músicos, investigadores, periodistas, médicos, personas con una historia interesante—, sentarlos en la hamaca y entrevistarlos, no solo el moderador sino también el público.

Por el proyecto han transitado 216 personalidades como Miguel Barnet, presidente de la Uneac; la directora del Cenesex, Mariela Castro Espín; el Doctor Eduardo Torres Cuevas, director de la Biblioteca Nacional; Roger Machado, director técnico del equipo de pelota de Ciego de Ávila, la profesora María Dolores Ortiz, el escritor Reynaldo González, la periodista Soledad Cruz y el trovador Vicente Feliú.

—Lina, ¿por qué esa persistencia con la hamaca?, ¿por qué ella es como el símbolo por excelencia del libro?

—Ah, mira, por un detalle. Son los recuerdos, las añoranzas. En el campo —soy muy campesina—, la hamaca era un objeto natural y en mi casa los primos, mi hermana y yo nos reuníamos para jugar alrededor de la que estaba colgada al final del hogar. La hamaca era el comienzo de los juegos, y yo la veo como eso: el inicio de la vida y a lo que se debe volver. Es como el punto central de las raíces, su semilla.

—Entonces, ¿este libro no es solo de añoranzas, sino también de la identidad de una persona?

—Exactamente, es meditar nuestras raíces, quién eres, de dónde vienes... Pero también es una invitación a pensar lo que somos y lo que fuimos. Todos estos poemas se escribieron con una idea: la añoranza por todo lo que una persona ha tenido y se pierde.

—Además de la hamaca, ¿qué objetos, personas o situaciones alimentan la poesía del libro?

—Bueno, hay de todo: mi primera casa, el pozo, mis padres, mis abuelos, que fueron muy importantes para mí. Hay una remembranza grande de mi niñez que, por suerte, fue bella. Yo quise rencontrarme con esas cosas.

—¿Por qué en el libro se intercala prosa con poemas? ¿Cuál es la razón de la prosa al lado de los versos?

—Es una especie de juego con la poesía. Decidí hacer algo así como conversaciones con la hamaca. Así salieron esos textos, que podrán tener las características de la prosa, pero yo los veo como versos. Incluso, algunos tienen la brevedad del poema, como este que dice así: «Anoche vi un ángel con las alas de abuela. Dejó una pluma en la hamaca». Eso es todo. Es el último texto del libro y está dedicado a mi abuela. Así sentía que debía concluirlo y así lo hice.

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