La Copa Mundial de Futbol Mexico-Estados Unidos-Canadá 2026 encara su recta final después de una centena de partidos. Autor: La Marca Publicado: 13/07/2026 | 01:06 pm
100 partidos después, la Copa Mundial de Fútbol se nos está acabando, y nos ha dejado 32 días inolvidables. El mapa del fútbol se reescribió con tinta de leyenda y polvo de sueños. Cabo Verde, esa diminuta isla perdida en el Atlántico que apenas cabe en los atlas, enamoró a todo un planeta fútbol firmando la mayor sorpresa en la historia de los mundiales. Como un puñado de sal que hace florecer el desierto, su escuadra humilde pero indomable derribó gigantes con la fe de quien no tiene nada que perder y todo por ganar, escribiendo la canción más bonita de la historia de estos torneos.
Y en ese vendaval de heroísmos modestos, 100 partidos después, los porteros de la humildad se robaron el show: Elooy Room, el guardián de Curazao, se alzó contra Ecuador con una muralla de reflejos y rompió récords como quien rompe cadenas; Mostafa Shobeir, ataviado de faraón, detuvo dos penales en toda la ruta —uno de ellos al mismísimo Lionel Messi, como si la esfinge hubiera devorado al sol—; y Bozinha, ¡ay Bozinha!, que no tiene la zurda de cristal ni la zancada del galgo, se ha convertido en la figura más mediática de toda la copa, porque el fútbol premia el corazón por encima del pedigrí.
100 partidos después, las estrellas más grandes del planeta fútbol han brillado en todo su esplendor, como un firmamento que decidió alumbrar todas sus constelaciones a la vez. Leo Messi y Kylian Mbappé firman una batalla por la bota de oro nunca antes vista: el uno, el mago de los pies de seda; el otro, el velocista de los mundos paralelos, se disputan el cetro goleador en una danza de números que parece sacada de un duelo mitológico. Harry Kane y Jude Bellingham rugen al frente de la manada de leones, con la fiereza de quien lleva la corona tatuada en el pecho.
Vinicius cargó a un Brasil desalmado hasta donde la vida se lo permitió, como un bailarín que sostiene el peso de una nación sobre sus hombros de ébano. Erling Haaland llevó a Noruega hasta donde jamás habían logrado avanzar, esculpiendo su nombre en la roca de los vikingos. Mohamed Salah puso la luna en las manos de los faraones egipcios, y cada gol suyo fue un eclipse que paralizó el tiempo. Michael Olise y Ousmane Dembélé son los escuderos perfectos de la tortuga implacable, afinando los acordes de la sinfonía francesa. Lamine Yamal, el niño de las muñecas de oro, se divierte coleccionando trofeos de jugador más valioso como quien junta caracolas en la orilla.
E incluso Cristiano Ronaldo, entre críticas y a medio ritmo —como un viejo león que aún gruñe aunque sus garras no sean las mismas—, sumó tres tantos y alcanzó un récord que parece irrompible: marcar gol en seis Copas del Mundo consecutivas. Porque el orgullo, aunque pese, también escribe su propia épica.
Pero 100 partidos después, el césped también ha sido testigo de sombras que empañan el esplendor. El VAR, esa herramienta concebida para la justicia, se ha convertido en un dios caprichoso que reparte sentencias con mano temblorosa. Egipto aún llora el gol de Mostafa Ziko anulado por una falta polémica a cien yardas de la portería argentina.
Y mientras Egipto se desangraba en silencio, el fútbol descubrió una nueva norma tan absurda como cruel: el protocolo de «identidad equivocada» que permitió al VAR anular una amarilla a Leandro Paredes para convertirla en roja para el suizo Breel Embolo, en un partido de cuartos que Argentina acabaría ganando en la prórroga. Suiza cayó con diez hombres, y el seleccionador Murat Yakin definió la norma como «completamente inaceptable».
Y si el campo ha sido un hervidero de controversias, las gradas y las salas de prensa no se han quedado atrás. La FIFA desató una tormenta lingüística al vetar el español en las comparecencias oficiales, alegando falta de traductores, como si el segundo idioma más hablado del mundo mereciera un destierro en tierra americana. Achraf Hakimi, nacido y criado en España, respondió con una sonrisa irónica: «¿Cómo respondo, en inglés o en español?».
Pero la polémica más gruesa llegó con el delantero estadounidense Folarin Balogun: expulsado ante Bosnia, su sanción automática fue anulada por la FIFA tras una llamada telefónica del presidente Donald Trump al presidente Gianni Infantino. La UEFA calificó la decisión de «sin precedentes, incomprensible e injustificable», Bélgica se declaró «asombrada» y el ex presidente de la FIFA Sepp Blatter sentenció que «el fútbol nunca debe convertirse en un campo de juegos para el poder político». Por suerte, el nivel deportivo superlativo visto en el terreno evita que las polémicas fuera de canchas opaquen el brillo de los héroes.
100 partidos después, nos esperan las mejores semifinales de la historia, un duelo de titanes que hará temblar los cimientos del planeta. Los cuatro primeros lugares del ranking FIFA se miden en días de todo o nada, como cuatro espadachines que desenvainan sus aceros en el mismo cuadrilátero. Por un lado, Francia y España vuelven a verse las caras después de antecedentes inmediatos que sonríen a la roja: la revancha tiene sabor a vino añejo y a paella humeante, y en el aire flota el fantasma de aquella semifinal europea que aún escuece en las pupilas galas. Por el otro, Argentina e Inglaterra vivirán una batalla que se expande más allá del terreno de juego, porque no es solo un partido: es un duelo de almas, con el espíritu de Diego Armando Maradona sobrevolando el horizonte como una nube de tormenta.
Y en ese crisol de emociones, mientras los viejos mitos se despiden y los nuevos se erigen, el Mundial de 2026 nos deja una certeza: 100 partidos después, el balón sigue rodando y la historia, como el río, nunca deja de fluir.
