Muere la luz

Este 16 de agosto dejó de existir, víctima de una insuficiencia renal, la gran Lourdes Torres

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Ya ves, fue así que te olvidé,/ ya nunca más me acordaré de ti/ y yo sé que nada pasará/ pues nada queda ya de ti, de ti/ Si al ponerse el sol muere la luz/ si las olas del mar llegan y se van/ lo mismo pasó con nuestro amor/ vino, se fue, luego murió...

Incluida en el repertorio de más de 60 intérpretes de Cuba, Y fue así que te olvidé hacía que estallaran fuegos artificiales cuando la auténtica Lourdes Torres le sumaba el alma a su prodigiosa voz. Serán esas, las grabaciones que hizo para la televisión y la radio, las que nos la devolverán una y otra vez para recordarnos que esa notable cantante y compositora que este 16 de agosto dejó de existir, víctima de una insuficiencia renal, estará por siempre entre las grandes.

A la vida le cantó con sus más de 200 composiciones con las cuales encantó a un público que la adoraba. Y fue así que te olvidé la estrenó como autora, cuando la separación con el padre de su hija Lourdes Libertad, se hizo inevitable, y ya luego no pudo detener un torrente creativo que trajo títulos tan populares como Tendría que ser contigo más que amante; Señora, usted se conformó a estar con él, Como cualquiera... Canciones inolvidables que la situaron entre las preferidas, porque se entregaba toda, porque sabía emocionar. Canciones que se convirtieron en himnos para el auditorio femenino, porque en él pensaba cuando llegaba la inspiración.

«Todo lo hago para las mujeres, porque hemos aguantado de todo», contestaba cuando intentaban provocarla diciéndole que sus temas eran «agresivos» hacia los hombres. «Las mujeres no somos un brochecito que tú te pones aquí para que se te vea bonito el saco; somos seres humanos con los mismos derechos», afirmaba con fuerza.

Nacida el 29 de abril de 1940, a los siete años su mamá la matriculó en el Conservatorio, hoy Amadeo Roldán, donde recibió clases de solfeo, teoría, piano y baile, porque se la pasaba cantando, en un idioma raro. «¿Sería un muerto extranjero que tenía al lado? A lo mejor, pero desde ahí sabía que era artista y, bueno, en la escuela me cogían para todo. Yo era la niña estrella de la escuela, con cinco años, seis años», contó en una entrevista.

Tenía 15 en el momento en que la llevaron a casa del maestro Ernesto Lecuona. «Estábamos en septiembre y yo sudaba como condenado a muerte. “¿Qué vas a cantar, comino?”, me preguntó. Pesaba 80 libras. Estaba fea que partía el alma aquello. Le puse en el piano la canción. Él miraba y tocaba. Y cuando terminé me dijo que me incluiría en el concierto del 9 de octubre. Cuando llegó el día del concierto, si hubiera sido un muelle, no hubiera temblado tanto. Esto fue el 9 de octubre del 55. Esa es una anécdota hermosísima para mí».

También estuvo año y medio en los tiempos de gloria de Tropicana, donde conoció a Nat King Cole, y trabajó con figuras como Paulina Álvarez, la Emperatriz del Danzonete, acompañada por la orquesta dirigida por Armando Romeu.

A Los Modernistas se unió en abril del 61, atraída por el mundo armónico: un cuarteto inscrito ya en la historia de las agrupaciones vocales cubanas. «Le agradezco mucho a Fernando Mulens, a mis compañeros, todo lo que aprendí dentro. Éramos cinco personas con una seriedad tan grande para hacer lo que hacíamos. Aprendí muchísimas cosas, muchísimas cosas aprendí», enfatizaba.

Después vendría su extraordinaria carrera como solista que acabó por consagrarla. Sí, el público cubano la amó y ella vivió orgullosa que fuera justo de ese modo. «Si a alguien le pertenece un pedazo de esta Isla es a mí. Tengo un pueblo atrás: yo voy por la calle y la gente es tan buena, tan divina, tan amorosa, tan cariñosa...». Así siempre fue con Lourdes Torres hasta el final de sus días. Así será por toda la eternidad.

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