Las reinas de La Colmena TV

Junto a otros 30 niños, Rubit y Salette protagonizaron el concurso televisivo infantil realizado por la compañía que dirige Tin Cremata y RTV Comercial. La primera, resultó la ganadora del programa; la segunda, conquistó el Premio de la Popularidad

Autor:

Luis Autié Cantón

—Rubit, sal un momentico que te quieren hacer una entrevista.

Asomó la cabeza por la hendija de la puerta, con ojos de gato que escucha un ruido extraño. Rubit de los Milagros vive en Artemisa, tiene diez años recién cumplidos y una sonrisa pícara, amplia.

—Sí, vamos —dijo, decidida— y caminó a mi lado, rápido, hacia un portal trasero de paredes coloridas, donde ya esperaba Salette.

Salette Delgado Vitón, de Bauta, aún no cumple una década de vida, pero su personalidad, enorme, hace que cuando conversas con ella olvides su edad y te pongas serio, «grande».

Rubit y Salette participaron en el gustado concurso televisivo La Colmena TV. La primera, resultó la ganadora del programa; la segunda, conquistó el Premio de la Popularidad.

Entrevistar a un niño no es tarea fácil. Hay tanto alboroto contenido en tan poquito espacio, que cualquier cosa desata la mayor distracción del mundo. Pero ellas dos, sentadas muy junticas en un banco diminuto, me demuestran que están acostumbradas a contestar preguntas que sean captadas por grabadoras.

«Yo vivo con mi mamá, mi papá y mi hermano, que tiene 12 años. Somos tres», explica Salette enseguida, cuando les interrogo sobre sus familias. Mi perrito es feísimo y se llama Carburo. Es salchicha ratonero», dice con evidente orgullo.

«¡Yo también vivo con mi mamá; es aquella con el camisón blanco, con mi papá y mi hermano!», interrumpe Rubit, mientras señala a una mujer que se le parece mucho y espera pacientemente a mis espaldas. «Mi perra se nombra Samantha, pero no sé de qué raza es», añade para dirigirse a la autora de sus días y preguntarle gritando:

—Mamá, ¿de qué raza es mi perrita?

—Sata, le responden.

—Pues ya ves: mi perrita es sata, repite decidida y sonriendo.

Quiero saber entonces sobre La Colmena TV y Salette, como un resorte, casi no me deja terminar.

«Nosotras fuimos al casting. Allí me tocó el 181, pero pararon a solo tres lugares de mí y empecé a llorar. Ese era el último día, entonces hicieron un esfuerzo, se habían quedado como 30 o 40 niños sin que el jurado los pudiera ver, y trabajaron hasta el sábado».

Rubit, que se impacientaba a su izquierda, se adueñó entonces de la palabra:

«Una amiga de mi mamá le contó que se estaba preparando un programa. Cuando llegó a la casa me dijo: “Rubit, hay un casting. ¡Tú no te lo puedes perder! ¡Hay que ir para allá!”. Y yo le dije: ¡por supuesto!», y la carita se le iluminó a esta chiquilla delante de JR.

«Nos montamos en un tren y vinimos para La Habana. Ese día estuve despierta desde tempranito, desde las cinco de la madrugada, porque vivo en Las Cañas. Después del casting pasamos un tiempo sin saber nada. Luego tuvimos que venir una vez a la semana, hasta que nos informaron quiénes éramos los 32 niños seleccionados. ¡Yo me puse supercontenta!».

«Hubo niños que incluso llegaron lejos, explica Salette, pero no los escogieron. No te decían: “tú pasaste y tú no”. No te enterabas en el momento, sino que te lo decían después».

«Sí, nos hicieron tres pruebas», salió Rubit en «auxilio» de su amiguita. «Primero nos tomaron fotos, después tuvimos que bailar algo...».

«¡Yo bailé casino!», hizo saber de repente Salette, en tanto su compañera de entrevista no se quedó solo con ese, sino que prefirió defender al de «las ruedas» junto a otros bailes cubanos. «Más tarde vino el turno de cantar y luego el de actuar», añadió para ceder la palabra.

«Ellos nos decían: “Recítenme un verso. Ahora hagan ese verso contentas, después tristes; poniendo la voz aún más aguda... y ahora con miedo... Hagan ese verso así, así...».

«A mí me pidieron que lo dijera con risa. ¡Y yo “muerta” de la risa dije el verso», narró Rubit divertida.

—¿Cuándo se enteraron de que habían sido seleccionadas?

—Nosotras no nos enteramos de que habíamos sido seleccionadas, responde, una vez más la primera, Salette. A nosotras nos iban llamando y llamando, y como no nos dejaban de llamar..., sonríe pícaramente.

—¡Pero ustedes se conocían antes de La Colmena TV!, ¿verdad?

—No, pero nos convertimos en super amigas, enfatiza Rubit emocionada.

—Rubit es mi mejor amiga.

—Sí, Salette dice la verdad. Somos una gran familia, porque todos hicimos amistad. Todos nos ayudamos. Si te hace falta algo y yo lo tengo, te lo presto. Es así, somos una familia.

—Si había una niña que no actuaba bien pero sí sabía cantar, yo la ayudaba en la actuación y ella a mí en el canto. Por ejemplo, Rubit es mejor que yo en el baile.

—Cuando a ella le tocaba bailar nos acostábamos  tarde, porque yo repasaba a Salette, nos entera Rubit mientras dibuja una expresión de esfuerzo: «Las manos, las manos estiradas, mueves los hombros...».

—Sí, porque nosotras nos quedábamos en dos hostales, uno frente a otro, pero yo vivía metida en el de Rubit. Por las noches nos acostábamos tardísimo. Cuando llegábamos de los ensayos también nos poníamos a ver películas cómicas.

—¿Qué ha cambiado en sus vidas después del programa?

Rubit: «En la escuela me dicen: “Rubit, tírate una foto conmigo”. Y por la calle también: “¡Tú eres la muchachita de La Colmena TV!”. Eso es lo único que cambia, porque nosotras seguimos siendo iguales».

Salette: «Es verdad. Mi escuela se llama Carlos Valdés Rosa. Me pasa que niños más chiquitos que yo, de primer grado, de tercero, me miran así como si yo fuera una artista, una estrella. Y yo soy una niña normal. Cuando sales por el televisor, la gente cree ya que eres una artista».

—¡Pero ustedes son artistas!

Rubit: Sí, pero no como Alicia Alonso ni como Iraida Malberti, ni como una gran personalidad (Lo dice despacio, hablando casi en cámara lenta, y se distingue un respeto enorme por los nombres que acaba de mencionar).

Salette: La gente cree que nosotras somos la maravilla, y en realidad nosotras solamente hacemos lo que nos gusta. Cada vez que yo salía a bailar, a cantar o a lo que me tocara, mi mamá me decía: «Si te dan una nota baja, no te pongas triste porque al final, ¿qué sientes cuando sales al escenario?», y yo le respondía: Me gusta mucho, mucho. «¿Entonces? no te puedes poner brava, ni triste». Por eso, cada vez que salía a la escena lo disfrutaba y me ponía muy feliz cuando a la gente le encantaba mi actuación.

—¿Y a ustedes que les gusta más: bailar, cantar o actuar?

Rubit: Yo prefería bailar, porque había tomado clases desde chiquitica, cuando descubrí que me gustaba. Pero nunca había cantado ni actuado. Ya para cuando el programa terminó, me había dado cuenta de que me gustaba la música. A mí me gusta el teatro, pero me gusta más bailar y cantar.

Salette: Lo mío es actuar, pero tenía que hacer las tres cosas. Al principio todos pasamos tremendo trabajo. En el primer programa estábamos «perdidos», pero ya en el segundo nos fuimos adaptando. Yo nunca había hecho nada: ni bailar, ni cantar. Pero en el casting dije: «Bueno, voy pa’llá».

Rubit de los Milagros vive en Artemisa y tiene diez años

—¿Cómo se arreglaron con la escuela? ¿No era difícil hacer las dos cosas al mismo tiempo?

Salette: Cuando empezó el programa estábamos culminando cuarto grado, apuradas con las pruebas finales... Terminábamos e íbamos a ensayar, porque ya los ensayos eran todos los días. Entonces la escuela sí nos fue un poco difícil, pero las maestras nos quieren mucho y nos ayudaban bastante, y nos dejaban ir...

Rubit: Estaba nerviosa por salir bien en las pruebas. Al terminar los ensayos venía un carro y me llevaba para mi provincia. Pero yo vivo lejos, más lejos que Salette. En Las Cañas, ¡imagínate tú! Es lejitos. Bueno, no, ¡lejote!

Salette: ¡De todas formas yo he sacado 20 en todo!

Rubit: ¡Yo también!

Me doy cuenta entonces de que el sol comienza a «pellizcar» fuerte.

—¿Qué hacen ustedes en su tiempo libre, cuando no están ni en la escuela ni en La Colmenita?

Salette alza la mano, rápido: «¡Yo veo una serie que me encanta, que se llama Soy Luna!»

«¡Ah, yo la quería ver!», se lamenta Rubit. «Pero me gusta más Chica vampiro, aunque no la puedo ver por las noches porque si no me dan pesadillas», reconoce abriendo grande los ojos.

Del municipio de Bauta, en Artemisa es Salette Delgado Vitón.

Y como si estuviera ensayado, se ponen a cantar, a dúo, el tema principal de la serie vampiresca: Chica vam vam vam, chica vampiro. Ambas me consiguen que me ría, las aplauda, y por supuesto que me interese por indagar cómo ven sus futuros.

«Yo quiero ir a la ENA (Escuela Nacional de Arte), y después para el ISA (Instituto Superior de Arte). Quiero ser actriz», anuncia resuelta Salette.

«En mí se despertó una afición tan grande por la música...», suspira Rubit. «Me emocionaba mucho cuando veía tocar a la banda. Cuando descansaba en los programas los veía y pensaba: “yo quiero tocar los instrumentos”. Y me dieron la oportunidad de tocar los bongoes en una competencia sorpresa. Podía tocar el instrumento que quisiera, y los elegí».

En qué momento el tiempo se dio a la fuga, al parecer ninguno de nosotros tres se dio cuenta. Nos lo hizo notar con «arte» desde lo lejos Tin (Carlos Alberto Cremata), porque el ensayo ya había «esperado» bastante. «¡Yo tengo una guitarra en mi casa, y estoy aprendiendo a tocar!», alcanzó a decir a modo de despedida Salette, cuando se alejaba.

«Yo también me voy a comprar una guitarra. Bueno, me la va a comprar mi papá, porque yo no tengo dinero», me aclaró Rubit, antes de saltar del banquito para perderse rápido entre otros niños, música y paredes de colores.

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