El hogar cubano de Amadeus

En Obrapía 311, La Habana Vieja, hay una bella mansión donde simbólicamente tiene su residencia habanera Wolfgang Amadeus Mozart

Autor:

Frank Padrón

En Obrapía 311, La Habana Vieja, hay una bella mansión donde simbólicamente tiene su residencia habanera Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791): el Lyceum Mozartiano. De ahí emerge también el Festival Mozart-Habana, cuya tercera edición finalizó recientemente.

Sobre algunas peculiaridades de la institución y el evento hablamos con su director, Ulises Hernández, destacado pianista, compositor y animador de proyectos musicales que enriquecen el patrimonio cultural de la Isla.

«El año 2006 —nos comenta al indagar por los orígenes del proyecto— fue declarado internacionalmente año Mozart, por celebrarse el aniversario 250 del natalicio de este importante compositor que aportó al mundo un repertorio lleno de imaginación musical y valores técnicos; obras para todos los formatos instrumentales y vocales. Por esta razón llegó a Cuba, por primera vez, el presidente de la Fundación Mozarteum, de Salzburgo (en ese momento contaba con más de 150 años de creada), a traer un busto de Mozart por invitación del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal.

«En esa visita conoció del nivel musical en este país y quiso que la fundación colaborara con el desarrollo de esa manifestación aquí. La mejor manera de hacerlo fue creando en Cuba y para Latinoamérica un centro cultural que tuviera toda la información actualizada del compositor, así como el material necesario para la información sobre su vida y obra: el Lyceum Mozartiano de La Habana».

—¿En qué estado se encuentra el Lyceum en la actualidad?

—Somos hoy un centro único en Latinoamérica con toda la información digital y en formatos tradicionales, que cuenta con las mejores ediciones de las partituras de la obra de Mozart, así como las grabaciones en audio y video, también libros de texto, ensayos y conferencias. De igual manera nos hemos ocupado del patrimonio nacional, principalmente de atesorar los trabajos de compositores jóvenes.

—Y respecto al festival, ¿cómo y por qué se crea?

—El festival se creó para cerrar un proyecto con la Unión Europea en 2015 que visualizaría el trabajo del Lyceum hasta la fecha, y por la necesidad misma de nuclearnos los interpretes de la música clásica alrededor de tan importante compositor, que es obligado en nuestro repertorio.

«Desde el comienzo, y por interés de los más renombrados intérpretes de la música mozartiana, han venido a La Habana personalidades de Europa, EE. UU. y Latinoamérica para compartir conciertos y clases magistrales junto a los cubanos, y eso se ha convertido en un suceso necesario que cada vez más tiene mayor público y demanda».

Sobre la certeza de esta última declaración da fe quien escribe estas líneas.

Un testimonio desde la luneta

Nuestro entrevistado, director de la institución y el festival, Ulises Hernández, aglutinó una vez más a virtuosos tanto del patio como de otros lares, quienes, bajo la égida del genio de Salzburgo, ejecutaron en vivo verdaderas joyas de varios períodos y de otros autores, más allá del que nombra al evento.

Valga resaltar esto, porque si bien el legado del sublime Amadeus alcanza para todo un festival, resulta una gran idea extender el radio artístico a otras poéticas, como ocurrió durante una de las jornadas nocturnas en el Teatro Martí. Allí la Orquesta del Lyceum, junto con invitados de lujo (el violinista suizo Gilles Colliard, el      clarinetista Florent Héau y nuestros paisanos: el quinteto Ventus Habana, Antonio Carbonell al piano y la flautista Niurka González) interpretaron a Bach, Franz Krommer y Jonathan Dove.

Las cinco jóvenes violinistas, muy seguras en sus cuerdas, bajo la batuta de Alina Blanco, sirvieron un repertorio tan diverso como jugoso dentro de los amplios prados del barroco: Couperin, el mismo Bach, Rameau y Senaille resucitaron con auténtico virtuosismo el eterno movimiento de las piedras tan irregulares como preciosas (algo que parece haber tenido que ver lexicográficamente con su nombre).

De esa cumbre barroca que es Johann Sebastian, se eligió uno de sus célebres Conciertos brandenburgueses: el No. 5 en Re mayor, BWV 1050, el cual, aunque concebido para destaque sobre todo del clavecín, también permite el lucimiento del violín y la flauta en el concertino, de ahí que los músicos de la orquesta comunicaron el espíritu de la hermosa pieza, y en la cual (como lo hizo junto al quinteto femenino) sobresalió una de las protagonistas de la noche: Niurka González, quien se ha ido convirtiendo en una cómplice segura de la flauta, a la que parece extraer todos los secretos y misterios.

Tanto en esta joya bachiana (donde se ha visto un pionero de los conciertos para teclados en solitario) como en el gran cierre, el Concierto para flauta y orquesta The magic flute dance, de Dove, González se lució en su diálogo con el instrumento sinfónico al que se integró a la perfección, y en la que sus colegas transmitieron con energía y brillo la hermosa partitura del célebre compositor británico, dirigidos con seguridad y conocimiento de causa por José Antonio Méndez Padrón.

Otra jornada para destacar ocurrió la siguiente noche en el Oratorio San Felipe Neri, cálida y acogedora capilla de muy buena acústica. Allí la Academia Filarmónica Iberoamericana sí ejecutó un programa ciento por ciento mozartiano: el Divertimento, Kv. 136 (lleno de atajos lúdicros y pasajes que alzan vuelo bajo la aparente ligereza) y el Rondo para Violín y Orquesta, donde el solista para el instrumento de cuerdas, el joven austriaco Benjamin Herzl, ofreció abundantes muestras de carisma e indudable virtuosismo.

Condujo la orquesta otro invitado de honor, el colombiano Alejandro Posada, a quien asiste una vibración y una fuerza que transmite a sus músicos, los cuales entablaron un diálogo y un empaste fructífero con el violinista: tanto en el primer concierto (sobre todo en el Presto que constituye el tercer movimiento) como en la siguiente obra, o los agradecibles encores (donde se recorrió lo contemporáneo y la región) los músicos revelaron su formación y valía.

Imposible reseñar tantos maravillosos conciertos que bajo Mozart-Habana 2017 nos deparó la temporada, pero valgan estos apuntes para agradecer a sus organizadores y participantes, y sobre todo para continuar apoyando un festival desde ya imprescindible dentro de la cultura cubana.

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