Reinaldo Costa Acosta: El brazo me traicionó

El pelotero pinareño, quien llegó a ser el mejor pitcher de Cuba, dialoga con JR sobre su carrera deportiva, el retiro y el desarrollo del béisbol cubano

Autor:

Juventud Rebelde

El pinareño Reinaldo Costa Acosta se fue muy temprano del béisbol. Llegó a ser el mejor pitcher de Cuba, aunque no tuvo la suerte de otros.

Nació en el municipio de La Palma, en el central Manuel Sanguily. Acaso por alguna razón «genética», en la familia Costa la mayoría de los muchachos se inclinó hacia el deporte: Silvia brilló en el atletismo y Marlenis en el voleibol, mientras Francisco y Maximino también fueron peloteros.

Recuerdo que Reinaldo Costa abrió por Vegueros el juego final de aquel memorable play off en 1986, cuando Marquetti le dio el jonrón decisivo a Rogelio García e Industriales se llevó el campeonato.

Esa noche no estuvo bien en el Latino y saltó del box en el tercer episodio. Sin embargo, Costa ganó los otros tres juegos que inició en play off y terminó con una efectividad impresionante: 1,42 como promedio de carreras limpias. En 1986 todavía no estaba totalmente recuperado de una tendinitis en el brazo de lanzar, que apareció justamente en el momento cumbre de su carrera.

Dos años antes se había convertido sin discusión en el mejor lanzador de Cuba. En la Selectiva de 1984 ganó la llamada triple corona de pitcheo, algo que apenas han conseguido seis hombres en la historia del béisbol cubano.

Entonces fue líder en victorias (12, con una sola derrota), ponches (60) y promedio de carreras limpias (1,67). Solo otro pinareño, Rogelio García, logró una hazaña similar.

Por eso, Reinaldo Costa fue el pitcher estrella del equipo Cuba en el Campeonato Mundial de 1984, celebrado en La Habana. Allí le ganó a Venezuela, Japón y Puerto Rico.

Pero este hombre es demasiado modesto y dice que no recuerda muchas de esas cosas. A sus 51 años (nació el 9 de febrero de 1959), a veces se siente golpeado por la vida.

Conversamos en las gradas del estadio Capitán San Luis, el mismo escenario donde Costa debutó con Forestales en la serie nacional de 1976-1977.

—¿Cómo fue aquella primera experiencia?

—Muy dura. Tenía solo 17 años y empecé en el segundo equipo de la provincia. Charles Díaz era el director.

—¿Le costó trabajo dar el salto de los juveniles hacia la serie nacional?

—Bastante. En aquellos tiempos Pinar del Río presumía de su tremendo cuerpo de lanzadores. Por suerte, yo tenía un buen biotipo y eso impresionaba un poco. Pando, un viejo entrenador de pitcheo, trabajó mucho conmigo.

«Ese primer año llegué a la Selectiva y Pineda era el manager. Enseguida me dijo: Prepárate, que aquí tú vas a trabajar. Comenzaron a utilizarme como relevo intermedio. Todos los lanzadores deben empezar así».

—La mayoría de los lanzadores rápidos son descontrolados al inicio. ¿Por qué?

—Es muy sencillo: con tal de tirar duro, a veces un pitcher deforma sus movimientos. Pero esos defectos técnicos se pulen en el entrenamiento. Mira, antes nosotros lanzábamos mucho en las prácticas, frente a los bateadores de nuestro equipo. Eso simulaba muy bien las situaciones de juego. Ahora hay que retomar eso, cuando el poco tiempo disponible lo permita.

«Yo dependía de la velocidad y del control, porque lanzaba pegado. Es fundamental poner la bola donde uno quiere.

«Los bateadores se hacen más débiles cuando empiezan a temerle a los pelotazos, y a cuidarse demasiado».

—Mucha gente dice que antes los lanzadores tenían más recursos técnicos y por eso «escapaban» a pesar del bate de aluminio. ¿Le parece bien esa teoría?

—En realidad, ahora los lanzadores llegan a la serie nacional con mejores recursos técnicos. Antes lo que se entrenaba más y muchos teníamos un biotipo superior.

«Sin ser rígidos, la talla y el peso tienen que evaluarse también a la hora de seleccionar a los talentos para ser lanzadores. Un pitcher bajito puede tirar más duro que uno grande, pero el grande impresiona solo y los bateadores se cohíben un poco frente a él, aunque tire flojo».

—¿Qué ha pasado con el pitcheo en Pinar del Río?

—Tenemos muchachos jóvenes que llevan algunos años en el equipo, pero han trabajado muy poco. Un pitcher no se hace de un día para otro. Perdimos varios lanzadores de forma inesperada y hubo que quemar etapas.

«También hay casos de muchachos que terminaron los juveniles y no han llegado a la serie nacional. Esos pueden perderse por el camino, sin una segunda categoría para jugar o la famosa Liga de Desarrollo. El béisbol popular solo se realiza los fines de semana.

«Aquí en Pinar del Río debe haber una escuela de pitcheo. En la academia trabajamos, pero solo con cinco o seis lanzadores».

—En esta provincia siempre hubo una tradición de buscar talentos en los municipios, pues dicen que la ciudad de Pinar no da peloteros. ¿Cómo funciona eso hoy?

—Lo de la tradición es cierto. Yo mismo fui captado en mi municipio, más o menos por 1971. En aquel tiempo el comisionado provincial era Serrano, un compañero que ahora se encuentra en Artemisa.

«Él recorría toda la región denominada costa norte, que contemplaba a Bahía Honda, La Palma, Viñales y Minas de Matahambre. Yo estaba en la categoría pequeña (11-12 años) y me hicieron una prueba en los jardines, pero no convencí a nadie.

«Después me probaron en tercera base y el campo corto, pero ahí tampoco di la talla. Finalmente, me colocaron como lanzador y me dijeron: esa es tu posición. Mi primer entrenador, ya fallecido, fue Santos Iglesias, quien trabajaba muy bien en esas categorías.

«Ahora se va menos a los municipios, porque son tiempos difíciles. Pero puede convocarse a los muchachos para que vengan a probarse. Tú sabes que los padres hacen cualquier sacrificio y los traen de donde sea.

«Sin embargo, nosotros hemos captado algunos muchachos que están en diferentes escuelas y los horarios no se acomodan para el entrenamiento. Hay que conciliar estas cosas con el Ministerio de Educación».

—¿Cómo llegó Reinaldo Costa al equipo nacional?

—Estuve en varias preselecciones hasta que hice el equipo en 1984 para el Mundial de La Habana, después de transitar por el servicio militar. En ese momento fui el primer lanzador y lo asumí con una gran responsabilidad. Eso también te presiona mucho.

—¿A partir de ahí le fue más fácil lanzar en las series nacionales?

—El equipo nacional es una prueba de fuego y cuando pasas por ahí, te sientes mucho más confiado en tu carrera. No obstante, eso puede ser un arma de doble filo. Hay muchos lanzadores que después se riegan, se malcrían, y al final se pierden.

—¿Por qué Costa se fue tan temprano de la pelota?

—Estuve lesionado en 1985, por una tendinitis en el brazo de tirar que me mantuvo casi un año fuera de juego. Quizá me afectó la sobrecarga de trabajo.

«Ahora un lanzador se lesiona y con él trabajan el fisioterapeuta y el entrenador de pitcheo, pero en mi época había que recuperarse prácticamente solo, siguiendo el tratamiento del médico. Sin estar listo todavía tuve que lanzar muchas veces, por dos razones: ayudar a la provincia y porque si dejaba mi puesto lo perdía.

«En ese sentido no me dieron todo el apoyo que merecía. En 1986 estuve mejor y seguí luchando. Pero es triste que después de tanto esfuerzo te midan con la misma vara que a un novato para hacer el equipo. Por eso decidí retirarme».

—¿Después del retiro qué ha pasado con Costa?

—La vida me ha llevado muy tenso, pero he tratado de acomodarla. Trabajo como entrenador en la academia provincial. Casi todos los muchachos que hoy vemos en la serie nacional han pasado por mis manos.

«Ellos me buscan antes de comenzar la preparación para la serie nacional y les doy algunos consejos. También pasé por la EIDE y la ESPA».

—¿Lo han llamado para trabajar con los lanzadores en el primer equipo de Pinar?

—Nunca me han considerado. Estuve propuesto como entrenador del equipo para la Liga de Desarrollo, pero esos campeonatos al final no se han concretado y quedamos en el aire.

«Participo a veces en los concentrados de Pinar antes de la serie nacional, aunque desde afuera. Ahora si no eres Licenciado, o Máster, no eres idóneo para este trabajo. Parece que la experiencia no cuenta».

—¿Nunca le han propuesto ir a otra provincia como entrenador?

—No. Supongo que si en Pinar a veces no se acuerdan de mí, en otros lados menos todavía.

—¿Algún bateador se le hizo muy difícil durante su carrera?

—Cheíto Rodríguez. Yo lanzaba bajito, a tres cuartos, y él era un golfeador tremendo. Me castigaba mucho. Aquí en Pinar, Miguel Montalvo también me bateaba fácil en series provinciales.

—¿Se acuerda del juego en que cometió cinco balks?

—¡Cómo no! Aquello fue en 1989, cuando la «fiebre» de la parada reglamentaria para lanzar. Alfredo Paz se dio gusto conmigo y no me cantó más porque se acabó el juego. Por cierto, a pesar de todo gané ese partido.

«Estábamos en Matanzas, en un estadio de un central, o un politécnico. El terreno era muy corto y había que inventar para dominar a aquellos bateadores con tanto poder.

«Me puse a lanzar rápido para no dejarlos pensar. Actualmente hay muchos lanzadores que no hacen la parada reglamentaria, pero los árbitros ya no se fijan en eso».

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