Volando con la otra ala

Con el equipo de Cuba fuera, la mayoría de los aficionados de nuestra Isla han posado sus esperanzas en los vecinos de Puerto Rico para ganar el Clásico

Autor:

Norland Rosendo

Con el equipo de Cuba fuera, la mayoría de los aficionados de nuestra Isla han posado sus esperanzas en los vecinos de Puerto Rico para ganar el Clásico. Los boricuas, como recompensa, les cortaron antier el sueño de ser campeones a los holandeses, los mismos que habían ultrajado a los muchachos de Carlos Martí en Tokio hace unos días.

Si aquel juego, el de la capital japonesa, merece quedar sepultado a 3 000 millas de profundidad en la memoria beisbolera de los cubanos, el de este lunes por la noche en el estadio de los Dodgers tuvo en vilo durante 11 capítulos a todo el que se asomó al televisor. Quien lo sintonizó no pudo cambiar de canal hasta la cuarta carrera de los boricuas.

Aunque fueron subcampeones en 2013 —cayeron en la última cruzada frente a unos dominicanos que no tuvieron entonces piedad con ningún rival— no eran muchos los expertos y periodistas que les daban grandes opciones a los puertorriqueños para volver ahora a la final.

Pero en la pelota los pronósticos suelen ser cuadrados y las realidades redondas. Los dirigidos por Edwin Rodríguez se tiñeron el pelo de amarillo y les han sacado los colores a todos los adversarios. Ni el mismísimo rey de hace cuatro años, ni la escuadra de Estados Unidos han podido detener el empuje de los boricuas.

Como un demonio recordarán los holandeses al receptor Yadier Molina, quien en Los Ángeles les sorprendió a par de hombres en las bases en el primer inning, para dejar en solo dos anotaciones lo que pudo ser un rally inalcanzable para los caribeños.

Pero no fue esa la única vez que Yadier dejó pálidos a los Tulipanes. En el quinto acto completó en home un out que de no haber sido, les hubiese permitido a los holandeses quebrar el abrazo a tres carreras. El muchacho se plantó elegante y, en un lance que tanto me recordó a Ariel Pestano, recibió la bola que le habían enviado, con emisario incluido desde el jardín izquierdo, y tocó al corredor que ya casi festejaba el quieto.

Los boricuas, sin tanto linaje en su cuerpo de lanzadores, pero con un corazón colectivo que no cabe en esa pequeña isla, han dado una clase magistral de cómo funciona un equipo. Desde el tinte en el pelo hasta las acrobacias para eludir manos enguantadas cuando salen al robo de las bases.

En 2006, la selección cubana se quedó a un paso del título; a la de Puerto Rico le sucedió igual en 2013. La nuestra quedó lejos esta vez, la de ellos va por la corona nuevamente. Si la ganan, festejemos juntos, como las dos alas que somos del mismo sueño.

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