Una guerrera sin judogui

Luego de una carrera exitosa, la campeona olímpica Sibelys Veranes imparte hoy justicia y experiencia sobre los tatamis

Autor:

Enio Echezábal Acosta

No todos los días se tiene el honor de conocer a una campeona olímpica. Cualquiera pensaría que semejante logro convertiría a una persona en alguien diferente, distante de los «simples mortales». Claro, eso lo dirá aquel que no haya conocido a Sibelys Veranes.

Titular bajo los Cinco Aros en Sidney 2000, en los 70 kilogramos, esta santiaguera de nacimiento fue una de las atletas más brillantes de la generación más grande que haya tenido el judo cubano, al punto de conseguir durante sus 11 años de carrera, todos los títulos de la Federación Internacional.

Para hacernos una idea de su contundencia sobre el tatami, basta con decir que de 31 torneos nacionales e internacionales en los que participó, ganó el oro en 24 de ellos, y solo quedó fuera del podio una vez: cuando finalizó séptima en el Torneo de París de 1997.

Luego del siempre difícil retiro, ahora se le ve en un nuevo rol. Quien fuera un azote para sus rivales, continúa dándole su amor al judo, mientras imparte por igual, justicia y conocimientos entre las nuevas generaciones de deportistas. 

—Después de tan exitosa carrera, ¿qué la hizo interesarse por el arbitraje?

—Normalmente, arbitrar siempre fue algo que me gustó, desde que era atleta activa, fue como un bichito que siempre tuve. Al momento de retirarme, me enteré de que en la provincia estaban buscando árbitros para comenzar a prepararlos y decidí insertarme. A partir de ahí, comencé a participar en competencias municipales y paralelamente trabajaba también como árbitro, junto al profesor Ronaldo Veitía, en la preparación de mis compañeras. Ya llevo alrededor de ocho o nueve años trabajando en esta nueva meta.

«Mi primera evaluación, que fue la de categoría provincial, fue en un pioneril que se hizo en Las Tunas. La Nacional B la obtuve en Santiago de Cuba hace tres años, y luego logré el rango A. No obstante sigo trabajando a diario para superarme».

—¿Cómo el arbitraje la ayuda durante los entrenamientos del equipo nacional?

—Mantenerme insertada en competencias de todas las categorías, desde los municipales hasta la primera categoría, así como los topes del equipo nacional en el Cerro Pelado, me ha ayudado a tener una formación más completa como entrenadora del equipo nacional. Todos estos puntos de vista me dan la posibilidad de transmitirles a mis muchachas el cuándo y el cómo deben hacer sus técnicas para que tengan mejores resultados. Tengo mayor conocimiento, y se me hace más fácil poder ayudar a las niñas con el trabajo técnico-táctico, factor que todavía hay que avanzar mucho.

«Desde el equipo nacional, tanto yo, como mis compañeras Driulis González y Diadenis Luna queremos ayudar a que el judo cubano mejore. Tenemos mucha experiencia como atletas, y si le sumamos mi rol de árbitro, podría darle una óptica diferente al asunto, sobre todo si logro algún día insertarme a nivel internacional. Al final lo que tenemos como meta es ayudar a este deporte, que es lo que amamos».

—¿Cómo marca los límites entre la atleta que fue y la árbitro que es?

—Hay que hacer un ejercicio de autocontrol grande, principalmente cuando estoy en la mesa, porque estás desde lejos, y sientes que la guerrera que llevas dentro quiere salir. Sin embargo, cuando me toca trabajar de principal sobre el tatami es diferente. Tienes que olvidar que alguna vez fuiste atleta y estar a la altura de esa responsabilidad, pues en ese momento cualquier equivocación puede perjudicar a los muchachos que tanto se esfuerzan combatiendo.

—¿Cuénteme de su trabajo en el equipo nacional?

—Ya llevo más de dos años en la preselección nacional, no como entrenadora oficial, sino como un apoyo a la preparación. Ahí tenemos un trabajo que no depende de la dificultad, sino del sentimiento que una le ponga. Te digo sinceramente: hay que trabajar muchísimo para lograr cualquier resultado, y luego para mantener a las nenas en forma, motivadas.

«A veces salimos del tatami a las seis de la tarde, y al otro día empezamos temprano, y eso se enseña con el ejemplo, estando allí con ellas todo el tiempo. Luego cuando te paras delante y tienes que dar un regaño te escuchan, y al final todos salen ganando.

«Mis compañeras y yo somos un equipo, formadas en la escuela del profesor Veitía, y todas tenemos un gran compromiso para levantar el judo cubano. Nos ha dolido mucho ver cómo ha perdido la supremacía que tuvimos en mi época, y por eso es que sentimos un vínculo muy fuerte con este proyecto.

«Conocemos la situación que existe ahora mismo con el deporte cubano, pero toca rescatar e incluir a las glorias del deporte que tanto le han dado a este país, porque ellos son los que realmente saben lo que es el sacrificio de la competencia, y los que más amor le ponen a todo lo que hacen.

«Tenemos, por ejemplo, a Regla Torres, que está trabajando con el voleibol, y Yipsi Moreno, que se está preparando para ser la comisionada de atletismo. Así sería bueno que se siguieran insertando, no solo como jefes, sino como entrenadores, preparadores y en cualquier papel que puede ayudar al movimiento deportivo».

—¿Cómo recuerda aquella medalla de oro de Sidney?

—Fue una experiencia muy bonita, de muchas lágrimas, de muchas lesiones, pero que te queda para toda la vida. Gracias a esos momentos es que hoy puedo transmitir mis conocimientos a las generaciones más jóvenes.

«Recuerdo que me lesioné justo antes de llegar a Australia, durante una base de entrenamiento que estábamos haciendo en Japón, y Veitía se puso muy nervioso. Por suerte me recuperé bastante bien, y también gracias a la confianza que me habían dado de mis entrenadores pude obtener el resultado. Hay una cosa de aquel momento que nunca olvidaré, y es la idea constante de que no podía echarme para atrás, sin importar las lesiones ni nada. Creo que esa medalla de oro salió de ahí». 

—¿Con qué se queda de aquellos tiempos?

—Agradezco mucho a aquel colectivo que encabezaba el profe Veitía, porque tanto él como los miembros de su colectivo nos prepararon no solo para el deporte, sino para la vida.

«De mis compañeras, ¿qué te diré? Éramos marianas, guerreras. Driulis, Amarilis Savón, Legna Verdecia, Daima Beltrán, todas nos queríamos como hermanas, y nos ayudábamos mucho. Teníamos el sueño de ser campeonas, y ese espíritu nos hizo crecernos muchas veces».

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