Muertes

La aún joven Copa del Mundo de fútbol Rusia 2018 ya fue testigo de cómo se les daba el último adiós a varios seleccionados. Cuando falta un partido, hasta ayer había sido dictada la extremaunción de Arabia Saudita, Egipto y Marruecos

Autor:

Enio Echezábal Acosta

La muerte, ese fenómeno natural que explica el cese de la existencia física de los organismos, resulta un proceso que, final aparte, puede llegar a tener demasiadas caras. A veces entraña una cierta dosis de clemencia, de sosiego para el alma atormentada que padece. Otras, es un relámpago que rompe sin avisar el ciclo de una vida que aún tiene algo por dar.

La aún joven Copa del Mundo de fútbol Rusia 2018 ya fue testigo de cómo se les daba el último adiós a varios seleccionados. Cuando falta un partido, hasta ayer había sido dictada la extremaunción de Arabia Saudita, Egipto y Marruecos, tres de esos conjuntos que se anticipaban como candidatos a llevarse un diploma de «Gracias por participar». El de escuadras como estas es un proceso natural, previsible, de esos en que el médico te dice con antelación: «prepárese para lo peor». Por eso es que el llanto que sobreviene a su partida es más contenido, más de limpieza interior.

Sin embargo, la pasada noche de San Petersburgo ocurrió un suceso que dejó a muchos conmocionados. Los millones de peruanos dentro —y fuera— del Krestovski sufrieron como si se tratara del deceso de un ser amado. Junto a su querida blanquirroja, que la víspera cayó 0-1 ante Francia, los hinchas presenciaron cómo se evaporaban sus oportunidades de conseguir una actuación memorable tras 36 años sin asistir al Mundial.

Lo que resulta más curioso de este caso es que la tropa altiplánica se fue jugando un fútbol disfrutable, de respeto a la pelota y con solidez en todas las líneas. Su muerte no acabó siendo otra cosa que una ruptura con aquel axioma de que «nunca luces tan mal como cuando pierdes ni tan bien como cuando ganas». El fracaso de los Guerrero, Advíncula, Carrillo, Cueva y, como no, de Ricardo Gareca, es una de esas injusticias con las que hay que lidiar, por mucho que el corazón no esté dispuesto a entenderlas.   

Un poco más tarde, y a poco más de mil kilómetros de distancia, ocurría algo, hasta cierto punto, parecido. Argentina, obligada por las circunstancias que sus propios jugadores habían creado, llegaba con la cara sucia a medirse con un once croata en modo «lord inglés hambriento»: dispuesto a comerse un ternero vivo, pero siempre de forma elegante. 

De nuevo se presentaba Lionel Messi como el único predestinado por los Testamentos —el antiguo, el nuevo y el que todavía no se ha escrito— a evitarle a la albiceleste una debacle tan lamentable como aquella de 2002, cuando un equipo «de película» ni siquiera logró pasar de fase de grupos. Quisieron soñar los parciales argentinos con una exhibición como aquella de Quito, velada gloriosa del rosarino que sirvió para confirmar la presencia de los suyos en la cita mundialista. Lo que no calcularon fue que cuando se trata de las intervenciones divinas, no siempre vale tirar del «mecanismo de emergencia». Supongo que Dios, quien estuvo dispuesto a sacrificar a su propio hijo, no siempre tiene porque estar dispuesto a dar segundas oportunidades a los simples mortales.

Lo peor de la historia, tal vez el castigo a tanta desidia futbolística, es que a pesar de la goleada y la vergüenza, todavía Argentina tiene pulso. Ante Nigeria podrían todavía resarcirse, o definitivamente, decretar la hora del «hasta pronto».

Resultados del 21 de junio: Dinamarca 1-1 Australia (Eriksen 7’/Jedinak 39’P); Francia 1-0 Perú (Mbappé 34’); Argentina 0-3 Croacia (Rebic 53’, Modric 80’ y Rakitic 90+1’).

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