Joven español denuncia difícil situación de sus contemporáneos

Autor:

Julieta García Ríos

Julian Borrego Romero

Desde los 16 años de edad Julián Borrego Romero, como muchos otros españoles, asumió la doble condición de estudiante y trabajador. Cuando arribó a los 23, tras siete años de labor, solo logró acumular para su seguridad social un mes y un día.

Una dura realidad que comienza a preocupar a los de su generación, pues, como van las cosas, al llegar al otoño de sus vidas no tendrán una pensión que los sustente.

«Por primera vez, después de superado el franquismo, surge una generación que vive peor que sus padres», dice.

Hoy Julián tiene 26 años, estudia Derecho y es secretario de Juventud en el sindicato de Comisiones obreras de Sevilla, por lo que conoce de cerca el contexto en que viven sus contemporáneos.

«La precariedad laboral caracteriza la realidad de los jóvenes trabajadores de mi país. La temporalidad y la falta de derechos sociales son la mejor expresión de esta situación.

«El 45 por ciento de los españoles menores de 35 años no ha tenido acceso a un contrato de trabajo por una periodicidad mayor de seis meses. La accidentalidad laboral también se hace notar. En lo que va de año solo en Andalucía han muerto 870 trabajadores, de los cuales 630 son jóvenes. Son ellos los más afectados porque no hay curso de formación. A veces ejercen un oficio sin que antes se les haya explicado los riesgos a los que se someten, otras laboran sin medios de protección. Además de que se trabaja más horas de las debidas y el cansancio influye».

Narra el joven que en una ocasión, cuando era camarero, llegó a trabajar 36 horas seguidas. «Estaba en un sitio donde se celebraban fiestas. Se nos juntó un día con otro montando y desmontando bodas. Al terminar nos obligaron a cargar unas bombonas de butano por una rampa resbaladiza. Tuvimos suerte de que no pasara nada», reflexiona.

Entre los sectores más afectados destaca el productivo, en especial la construcción, la hostelería y el comercio.

Otra de las problemáticas que viven los jóvenes españoles es la falta de acceso a la vivienda, en un país donde existen casi 25 millones de viviendas vacías, explica Julián.

«De los 40 millones de viviendas españolas que Comisiones Obreras establece en sus estudios, una cifra de 24 600 000 están desocupadas y expuestas a la especulación urbanística, es decir, a la espera del aumento del precio del suelo para revenderlas o alquilarlas a precios abusivos», agrega.

«El Ministerio de la Vivienda establece un porcentaje mucho menor; según esta fuente “el parque de viviendas disponibles en España se elevó a 23 209 842 unidades al cierre de 2005”, lo que supone casi una vivienda por cada dos habitantes, un porcentaje que revela la dimensión del boom inmobiliario.

«Todo esto responde a una lógica empresarial de especulación con el suelo urbano. Una casa con dos cuartos, un salón, una salita, un baño y una terraza pequeña, hoy puede costar el equivalente a 40 millones de pesetas. Algo inaccesible».

—¿Cuál es la situación de las mujeres?

—Ellas son doblemente explotadas. Una mujer menor de 35 años cobra menos aún cuando realiza la misma labor que un hombre. La maternidad es un problema añadido. La mujer trabajadora de cualquier sector productivo, si queda embarazada, después del alumbramiento tiene seis meses de licencia con sueldo y derecho a su empleo. Pero si durante la temporalidad queda embarazada corre el riesgo de que la despidan para no pagarle la maternidad. Muchas ocultan el embarazo para conservar el trabajo. Como consecuencia de esta situación han nacido niños con malformaciones».

Durante su estancia en la Isla a Julián le ha llamado la atención la formación profesional de nuestros jóvenes. «Visitamos varios policlínicos donde vimos insertados hasta estudiantes de primer año de Medicina. Conocí también de estudiantes de Derecho que estaban en centros jurídicos. Es envidiable. Nosotros hacemos las prácticas en el último año donde nos mandan a llevarles café o hacer el papeleo».

Es sorprendente, dice, que los graduados universitarios tengan un empleo garantizado, y que puedan ejercer la profesión que estudiaron es verdaderamente envidiable.

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