¿Un trofeo, o una piedra en el zapato?

Cuatro décadas después del tercer conflicto árabe-israelí, el mapa del Medio Oriente sigue desfigurado. Y el «vencedor» también se resiente

Autor:

Luis Luque Álvarez

SI el emperador Augusto hubiera imaginado que la voracidad romana iba a ser la causa del futuro descalabro del Imperio, quizá habría dejado a las legiones en casa, bebiendo cerveza y jugando a los dados. Y es que, a la larga, los muchísimos territorios conquistados por Roma vinieron a ser fuente de su propia inestabilidad: demasiados enemigos, demasiadas fronteras, demasiados gastos...

Con Israel, que es apenas un minúsculo punto geográfico, sucede algo parecido. La vida económica, social y política de ese país ha quedado atada, como una maldición, al fruto de su expansión: las zonas ocupadas a sus vecinos árabes.

Un suceso, la guerra de los Seis Días (entre el 5 y el 10 de junio de 1967), en la que sus tropas ocuparon un área tres veces superior a la del Estado judío, continúa incidiendo muy negativamente en la cotidianidad israelí.

Hasta hoy, la gran mayoría de los países del Medio Oriente se muestran reticentes a establecer lazos diplomáticos con Tel Aviv. ¿La causa? La presencia militar y colonial sionista en los territorios palestinos de Cisjordania y Jerusalén Oriental, así como en las alturas del Golán, una considerable extensión en el sur de Siria, donde miles de familias árabes quedaron divididas tras la llegada de los tanques israelíes. De hecho, bajo la ley sionista, quien decide viajar a Siria para ver a sus parientes no puede regresar jamás a su hogar. Por ello, en ocasiones, estos se acercan a la frontera para ver, de lejos, la boda de algún ser querido; o para comunicarse, a puro grito a través de las vallas, las últimas novedades.

Una verdadera derrota del sentido común, sin duda. Aunque bastante menos trágica que el drama de los palestinos, quienes fueron, quizá, los que peor parados salieron de la guerra de 1967. Y claro, aunque no lo reconozca, esa «victoria relámpago» también le provoca migrañas a Israel.

Y SE COGIERON TODO EL BRAZO

La Guerra de los Seis Días fue el tercer conflicto bélico entre árabes e israelíes, tras los de 1948 y 1956. En el cimiento de estas contiendas estaba el descontento con la partición de Palestina, toda vez que la resolución 181 del Consejo de Seguridad asignó el 56 por ciento de esta para constituir el Estado judío, en detrimento de la mayoritaria población palestina, cuyo Estado nunca se concretó.

Según apunta el investigador cubano Ernesto Gómez Abascal en su libro Palestina. ¿Crucificada la justicia?, la causa de la ineficacia de la intervención árabe radicó en que esas naciones no contaban aún con fuerzas y medios para sobreponerse a la superioridad militar y organizativa israelí. En marzo de 1948, antes de proclamarse el Estado de Israel, las fábricas de los sionistas producían cien subametralladoras diarias, 400 000 cartuchos al mes, cañones, morteros, granadas, mientras desde la otrora Checoslovaquia arribaban generosos embarques de armamento.

Ello les posibilitó, en pocas semanas durante la guerra de 1948, ocupar la mayor parte de Palestina, con excepción de la Franja de Gaza (administrada por Egipto) y Cisjordania (ocupada por el ejército jordano). En total, acapararon el 75 por ciento del territorio, un 19 por ciento más del que la ONU les había concedido. Les dieron solo una mano y...

Tal era el estado de cosas en 1967. En el período previo al conflicto, las incursiones de guerrilleros palestinos desde la frontera jordana (este) y desde la siria (norte), se habían hecho más frecuentes. El 16 de mayo, Egipto puso a su ejército en estado de alerta, vista la concentración militar sionista en los límites con Siria, y el presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, pidió a la ONU que retirara las fuerzas de interposición destacadas en Gaza.

El próximo estallido no tardaría en producirse.

¡QUE VIENEN LOS ÁRABES!

Para la historiografía oficial en Israel, el hecho de que ese país haya sido el primero en atacar, respondió a la decisión egipcia de prohibir la navegación de buques israelíes por el Estrecho de Tirán. Pero según el ex diputado israelí Uri Avnery, líder de la organización pacifista Gush Shalom (Bloque de la Paz), «la guerra fue precedida por tres semanas de montaje y ansiedad nerviosa, cuando casi todos los israelíes —desde los miembros del gobierno hasta el último ciudadano— creyeron que el Estado y sus habitantes estaban en peligro mortal».

«Años después —prosigue—, quedó claro para los historiadores que no había habido peligro real para el Estado; que los países vecinos no habían pensado atacar, sino meramente disuadir, y que la victoria de Israel no había sido ningún milagro, sino el resultado de preparativos meticulosos, sobre todo de la fuerza aérea. Pero el mito (tres grandes países árabes vencidos por el pequeño Israel) sobrevive hasta este mismo día».

Militares israelíes colocan una bandera de su país sobre el Muro de los Lamentos, en Jerusalén, el 8 de junio de 1967. Foto: Uzitalk.com El 5 de junio de 1967, a primeras horas de la mañana, los aviones sionistas atacaron las bases aéreas de Egipto y destruyeron más de 200 de sus aeronaves, un golpe de efecto que pesaría en el resultado final del conflicto. Minutos después, tres divisiones israelíes invadieron la península del Sinaí, donde no encontraron mayor resistencia.

Ese mismo día, hacia el este, sus cazas bombardearon a las fuerzas jordanas que se habían sumado a la respuesta egipcia. Y en el norte, atacaron a los sirios, cuya aviación sufrió notables pérdidas en esa jornada bélica.

Al día siguiente, el ejército sionista, además de capturar posiciones en Gaza y en Cisjordania, cercó Jerusalén, cuyo sector oriental cayó en manos de Israel el 8 de junio.

Veinticuatro horas más tarde, Israel centró su arremetida contra el Golán sirio. La artillería defensiva combatió duramente, pero no pudo evitar la retirada de las fuerzas sirias. El 10 de junio, Tel Aviv aceptó el alto el fuego reclamado por el Consejo de Seguridad.

Al bosquejar cifras, el experto británico Dilip Hiro halló que Egipto perdió 264 aviones y 700 tanques; Siria, 58 aviones y 105 tanques; Jordania, 22 aviones y 125 tanques; e Israel, 40 aviones y 100 tanques. Más de 770 soldados judíos y 21 000 árabes quedaron en el campo de batalla.

Y lo más terrible: el mapa del Oriente Medio se desfiguró. Siria había perdido el Golán; Egipto, la inmensa península del Sinaí y la Franja de Gaza, y Jordania, su control sobre la ribera occidental del río Jordán y Jerusalén.

Una «victoria» cuyos pésimos efectos —incluso para Israel— no calcularon quienes ondeaban jubilosos la bandera de la estrella de David sobre las murallas de la Ciudad Santa.

LOS PESARES DEL VENCEDOR

Uno de los mitos oficiales en Israel es que, casi inmediatamente después que callaron los fusiles, los gobernantes hebreos buscaron ansiosamente llegar a arreglos con sus vecinos para devolverles las regiones arrebatadas.

Mal disfraz para la realidad. Tanto en el Sinaí como en el Golán, se erigieron colonias sin tardar. Y ni hablar de los territorios palestinos, donde hasta el presente son más de 200 los enclaves de este tipo, casi verdaderas ciudades, que la comunidad internacional considera ilegales.

Un acuerdo entre el primer ministro israelí Menahem Begin, y el presidente egipcio Anwar el Sadat, en 1978, puso fin en 1982 a la presencia sionista en la península del Sinaí. Hoy, los israelíes solo van de vacaciones a las playas y hoteles de esa zona, donde según la tradición bíblica, el profeta hebreo Moisés —figura clave para judíos, cristianos y musulmanes— recibió los Diez Mandamientos.

Pero respecto al Golán, a la parte oriental de Jerusalén, a las grandes áreas de Cisjordania plagadas de colonias, y cercenadas además por un muro que dice ser «defensivo» —pero que se aleja bastante de los límites anteriores a junio de 1967—, Tel Aviv no ha movido un dedito.

Hoy, el nutrido manojo de tensiones que azota al Oriente Medio, tiene su origen en la abusiva presencia de Israel en esas zonas. Uno solo, de miles de ejemplos, podría servir: En junio de 2006, rebeldes palestinos capturaron a un soldado israelí. Tel Aviv ordenó bombardear Gaza. En solidaridad con sus hermanos árabes, el grupo chiita libanés Hizbolá atacó una posición militar sionista y apresó a otros dos soldados. Horas después, el gabinete israelí, inició una campaña aérea contra el Líbano, y la resistencia libanesa lanzó sus cohetes hacia las ciudades del norte de Israel. Tras un mes de guerra, ninguno de los tres militares regresó a su país, pero el sur libanés y ciertas localidades septentrionales del Estado judío resultaron fuertemente golpeadas. Una espiral inacabable.

¡Pero es la ocupación su raíz! Esta se ha resistido a ser arrancada por decenas de resoluciones del Consejo de Seguridad. Como la 242, del 22 de noviembre de 1967, que exigió «el retiro de las fuerzas armadas israelíes de los territorios que ocuparon en el reciente conflicto». Hasta el momento, ha sido ignorada.

Y si mal les va con ese yugo a los árabes que residen en las zonas usurpadas —como los millones de palestinos que viven hacinados y asediados por el desempleo y el hambre—, también el victimario se vuelve víctima de sus prácticas.

Así, los territorios «ganados» en 1967 suponen para Israel un agobiante asunto de política interna. Los debates entre partidos se centran, mayormente, en si es bueno devolver un centímetro de tierra aquí, reprimir más duramente allá, lanzar otra agresión de revancha más acá. Los gobiernos de coalición se deshacen con gran facilidad, cuando las fuerzas que los componen se van a las manos porque una dice que habrá Estado palestino algún día, y otra alega que ni pasando por encima de los cadáveres de sus miembros. En fin, se han acostumbrado a señorear con vara de hierro sobre otro pueblo. Y eso no puede serles muy positivo.

Refiere el veterano pacifista Uri Avnery: «La profecía del profesor Yeshayahu Leibowitz (notable filósofo israelí, fallecido en 1994), de que la ocupación nos corrompería, y que a través de ella nos convertiríamos en un pueblo de explotadores y espías, se ha convertido en una realidad».

Y de este modo será mientras los «trofeos» de la Guerra de los Seis Días no sean vistos como lo que son: una vergonzosa piedra en el zapato para Israel y un lastre para la paz regional.

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