Bautismo en el Orinoco (I) - Internacionales

Bautismo en el Orinoco (I)

Autor:

Marina Menéndez Quintero

En Amazonas se realiza un estudio integral de salud para diagnosticar a cada habitante sus padecimientos adonde antes, jamás, había llegado un médico

PUERTO AYACUCHO, Amazonas, Venezuela.— El sol, hasta entonces implacable, se sintió amenazado por los inmensos nubarrones y se rindió, escondiéndose.

Guiado por un conocedor del río, el hombre al timón seguía atento las señales insistentes del «práctico», cuya voz era apagada por el ruido: ora la palma señalaba ir al borde del cauce, pegados a la ribera; ora por el mismo centro...

—¿Y ahora? —preguntaba el piloto con mal disimulada urgencia cuando no alcanzaba a entender el lenguaje de aquella mano: categórica si era el caso seguir recto; curveada y en ademanes suaves si indicaba un leve giro...

Antes de buscar con qué cubrirse, los médicos se movieron raudos en el estrecho espacio libre, tratando de proteger sus equipos. Guarnecido con la única capa disponible y colocado luego bajo el asiento del piloto, el Audix fabricado en Cuba y con el que Roilán Sánchez acababa de medir la audición de nuevos pacientes en la comarca lejana, estaba ya resguardado.

Apenas les había quedado tiempo de prepararse para lo que sobrevenía: dos rugidos más del motor y la lluvia ya estaba allí, en chorros finos pero de tanta energía que se sentían agujas hincando las caras.

Las aguas, antes tranquilas como el recurrente espejo de los poetas no tenían aquí, sin embargo, la transparencia que siempre inspira, y por si fuera poco comenzaron a enfurecerse allá abajo, en el oscuro impenetrable donde invisibles piedras habrían hecho zozobrar la nave, si no hubiese pericia.

Algunos kilómetros atrás, en el recodo donde está ubicada Mavaco de Autana, Carmen había quedado satisfecha y compuesta después que la doctora Florangel le diera las medicinas para el dolor en la espalda y el propio Roilán determinara la gravedad de su sordera gracias al valioso equipo.

Muchos aguardaban todavía allá cuando el aguacero irrumpió en medio del río, deseosos de que los médicos cubanos los atendieran... como a ella.

Enjuta, con la gravedad propia del indígena y la existencia dura retratada en las mil arrugas del rostro, la anciana había cambiado la blusa ajada por un vestido recién lavado y, resignada a las sandalias que se pone poco porque descalza anduvo siempre por la vida, fue al encuentro de los doctores.

Balbina, una vecina nacida en aquellos parajes pero ahora citadina, pues vive en Puerto Ayacucho, fue a buscarla con una médica. Mudarse a la capital del estado, sin duda, desinhibe y aligera.

—Aquí, aquí es donde le duele a la «doñita» —explicaba locuaz a la doctora, que no podía entender la lengua piaroa de su amiga.

Sin embargo, también para Balbina la visita era un acontecimiento. Nunca antes tal cantidad de especialistas había ido a verlos a sus casas en Mavaco, una localidad a la que solo se llega por el río, o en helicóptero.

Desde el «desembarco» en la mañana, el sillón portátil del odontólogo, salido de una maleta, no había estado vacío más de un minuto, y el pediatra había reconocido ya a varios pequeños y a un bebé recién nacido. Igual ocurría a los otros galenos.

Todo era movimiento en el atildado local que por acá llaman —también en las comunidades indígenas—, «el ambulatorio». Un enfermero de la propia localidad brinda allí los primeros auxilios a sus vecinos y a los de otros cuatro asentamientos. Pero si el asunto es grave hay que ir a Puerto Ayacucho corriente abajo, por el río...

Ya que muchos quedaban «por ver» en Mavaco al filo de la tarde, una parte de la escueta pero combativa expedición pernoctaría, para aprovechar la jornada completa. El resto, seguía.

No eran los únicos desandando parajes remotos. Como ellos, otros grupos de médicos cubanos recorrían a esa hora distintas comunidades más o menos intrincadas y pertenecientes a la etnia piaroa, una de las 19 existentes en el estado de Amazonas y con mucha presencia por esos lares, en las riberas.

Aunque el día aún era joven, Alejandro Arana, promotor de salud de la aldea y portador por eso de un desenfado que no tenían sus paisanos, había llevado una pequeña planta eléctrica a los médicos que se quedarían, para cuando oscureciera. Servía de intérprete ya que habla el español, que no conocen o prefieren no usar sus vecinos, fieles a los orígenes, y probablemente también expresaba el sentir de aquellos:

—¡Gracias a Dios que vinieron!...

Dispuestos a cumplir ese mismo día otras encomiendas, los que seguían periplo abordaron la lancha, cansada de esperarlos al vaivén del improvisado muelle en la arena. Ya que sus colegas quedarían allí hasta que otra embarcación fuera por ellos al siguiente día, les habían dejado mil consejos y sus bolsas de comida, que reforzarían las vituallas de las mochilas.

Sin ellos a bordo al regreso, la nave parecía más ligera y cualquiera imaginaría que también más vulnerable ante las corrientes del río, enardecidas en medio del aguacero. Pero habían sido muchas las satisfacciones de la jornada y, a pesar de que atravesaban el segundo mayor río de Sudamérica bajo una lluvia torrencial, estaban contentos.

El Orinoco los bendecía.

Un médico por primera vez

Los médicos cubanos cargan mochilas y equipos cuando se preparan para la partida hacia Mavaco en el Orinoco venezolano. Foto: Jorge Abreu La experiencia de Mavaco se repite a diario en el Amazonas y todavía puede que se vivan momentos de más tensión y belleza. Cuando los galenos se dispongan, precisamente en estos días, a visitar las comunidades intrincadas más allá, en el Alto Orinoco, deberán ir por aire y luego del «desembarco», caminar unas horas antes de llegar a las primeras viviendas, en plena selva.

Durante todo este mes, los siete municipios de Amazonas son «peinados» por ellos. El trabajo terminará cuando visiten el ciento por ciento de las familias.

Tan arduo y al unísono se labora, que en un día pueden «verse» hasta a más de 4 000 personas.

La «vanguardia» la constituyen los cuartetos integrados por un especialista en Medicina General Integral máster en Asesoramiento Genético, un licenciado en Psicopedagogía, un médico de la Misión Barrio Adentro y un promotor de salud de la comunidad; les acompaña un luchador social del Frente Francisco de Miranda: conocedor del vecindario y es el que toca a las puertas.

También los miembros de los consejos comunales colaboran. Miguel Yavinate, de La Esperanza de la Escondida, sabe la importancia de su apoyo. «Nunca vimos algo igual aquí, en el Amazonas», afirma.

La Misión Dr. José Gregorio Hernández, como el presidente Hugo Chávez denominó en marzo a la experiencia practicada antes en Cuba, se ha enriquecido desde el inicio de su aplicación en Venezuela. Por eso Yavinate se asombra.

Además de hacerse, como en la Isla, el estudio genético de las personas con discapacidad intelectual, aquí se diagnostica y atienden a quienes padecen otras discapacidades como la auditiva y la visual. Se han sumado, entre otros, ortopédicos, otorrinos, oftalmólogos y optometristas.

Con energía aún en la noche, a pesar de que viajó a Mavaco de Autana y apoyó durante la mañana a los médicos, Marcia Cobas, viceministra cubana de Salud y coordinadora de la Misión, explica entusiasmada los pormenores: «Esta es una investigación cuya fortaleza está en que va casa por casa y analiza al individuo en su medio, bajo sus condiciones. Sobre esa base, se podrán proponer estrategias y desarrollar nuevos estudios».

Característica esencial de la «José Gregorio» en Amazonas —último estado donde falta por concluir el trabajo en su primera fase— es también que se visita a todas y cada una de las comunidades, al tiempo que se realiza un estudio integral de salud para diagnosticar a cada habitante sus padecimientos.

Pero a ojos vista pueden concluir los doctores la alta incidencia de trastornos gástricos provocados por la mala calidad del agua y la deficiente nutrición en comunidades indígenas que viven de la pesca y, básicamente, de la yuca, uno de los pocos cultivos que se da fácil en su suelo. También hay paludismo, dengue, y otras dolencias propias de la selva. Pesa la deuda social que lucha por saldar el Gobierno bolivariano de Venezuela.

Impactado por las picadas infectadas de niños devorados por los mosquitos, el doctor Almaguer está, él mismo, lleno de ronchas...

Avanzada la noche, cama o chinchorro —como llaman aquí a la hamaca— reciben los cuerpos exhaustos.

Pero nadie piensa en azares. Pocos como ellos tendrían la vivencia excepcional de llevar vida adonde antes, jamás, había llegado un médico. Esa satisfacción vale para desafiar todas las tormentas.

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