Finalmente, Mississippi abolió la esclavitud

Pero en Estados Unidos quedan los terribles remanentes de la discriminación, y otras prácticas de explotación del trabajo humano que algunos califican como la esclavitud moderna

Autor:

Juana Carrasco Martín

Parecía una noticia fuera de contexto, una prueba del absurdo, pero resulta que es verdad y trae consigo dos elementos: el primero mostraría una burocracia superlativa, y eso sería lo de menor importancia frente al otro, la monstruosa discriminación incrustada hasta el tuétano en no pocas visiones de la sociedad estadounidense.

Develo el misterio: oficialmente, el sureño estado de Mississippi  acaba de abolir la esclavitud, cuando por fin tomó la acción legislativa de ratificar la Decimotercera Enmienda, nada más que 148 años después de que Abraham Lincoln derogara las leyes que permitían que se poseyera, vendiera, golpeara y violara a los esclavos negros.

Cuando lo leí en AlterNet, supe un poco más de esta historia de oprobio. Según los archivos históricos, Mississippi  lo hizo en 1995, pero ahí entró la burocracia oficial, esa comunicación del legislativo estadual no se tramitó entonces, y, asegura un extenso artículo del sitio web, solo cuando unos pocos habitantes del estado vieron la película Licoln, recién estrenada, comprendieron la «desmemoria». Por eso, en pleno siglo XXI se rectifica el lapso legal.

¿Acaso ha sido solucionada la injusticia? Conocer lo que sucede por estos días en Estados Unidos ratifica que no mucho se ha avanzado en la situación, que va más allá de la voluntad oficial, y que tiene mucho que ver con la educación de la conciencia y los sentimientos.

También por estos días, en un hospital pediátrico y de maternidad en Michigan se dio la muestra de la permanencia de los estigmas de la esclavitud y de la supremacía racial.

Tonya Battle, una enfermera de maternidad, trabajadora del Hurley Medical Center en la ciudad de Flint desde el año 1988, fue removida abruptamente —así decía la información— de la sala de cuidados intensivos de los recién nacidos, porque el padre de una niña «dijo que no quería que (enfermeras) afroamericanas se hicieran cargo de su bebé».

Por supuesto, la asistente médica ha demandado al hospital por discriminación, y es que la institución de salud se plegó a los requerimientos racistas de un padre que, por demás, hacía bien visible sus pensamientos: tenía tatuada una swástica.

Aseguraba la información que durante el largo mes que duró la estancia de la infanta en el hospital, a ninguna enfermera negra se le permitió cuidarla. Entonces, apenas hay diferencia con la Norteamérica previa a 1876, y se entiende el desliz de Mississippi.

Pero hay otras muestras mayores, que superan la actitud de un grosero fascista —por cierto, una tendencia ideológica que ha ido tomando cuerpo nuevamente y con tentáculos hacia otros grupos étnicos, no solo contra los latinos que se van convirtiendo en mayoría poblacional, sino contra creencias religiosas como el Islam y, por supuesto, los ciudadanos o residentes de origen árabe.

El hecho fundamental: entonces esclavo, ahora reo

Las implicaciones sociales del racismo tienen profundas raíces y consecuencias. Decía Martí que la educación hace libres a los hombres, y esta verdad ¿cómo se comporta en EE.UU.?

Según datos del Departamento de Justicia, en el 2009, entre el 12 y el 13 por ciento de los estadounidenses eran afroamericanos; sin embargo, hacían el 40,1 por ciento de los casi 2.1 millones de prisioneros en sus cárceles; a todas luces una desproporción que apunta ser una consecuencia de la discriminación.

Las estadísticas son todavía más explícitas de acuerdo al America Community Survey, citado por Wikipedia: un hombre negro nacido en 1991 tiene 29 por ciento de probabilidades de estar en prisión alguna vez de su vida; casi uno de cada tres afroamericanos en edades comprendidas entre los 20 y los 29 años están bajo la supervisión de los órganos de justicia ya sea encarcelado, bajo palabra o en probatoria; y en las edades entre 30 y 34 años, representan la tasa más alta de encarcelamiento que ninguna otra de las minorías.

¿Cuál es la situación en la educación superior? El Justice Policy Institute, organización que aboga por políticas preventivas y alternativas a las penas de prisión, afirma que hay más hombres negros en las celdas que en las aulas de colleges y universidades. En datos del año 2000 y no creo que haya habido un avance en la proporción: entonces había una población penal negra de 791 600, mientras que estudiaban en los niveles superiores 603 032.

El sitio Infoplease agregaba datos comparativos: en 1980 esas cifras eran de 143 000 en prisión y 463 700 enrolados en los estudios de college.

Un artículo en The New Yorker firmado por Adam Gopnik, afirmaba que para una gran mayoría de la gente pobre de Estados Unidos, «particularmente para los hombres negros pobres», la prisión es una destinación, una parte «de la vida común, mucho más que el high school y el collage para los blancos ricos». Y daba los números correspondientes para demostrar el aserto: más de la mitad de todos los hombres negros sin diploma de high school (enseñanza secundaria) iba a prisión en algún momento de sus vidas.

La conceptualización del estudio de la publicación neoyorquina era tajante, y vinculante de la prisión con la esclavitud: «El encarcelamiento masivo en una escala casi inédita en la historia humana, es un hecho fundamental de nuestro país hoy en día —quizá el hecho fundamental— como la esclavitud fue el hecho fundamental en 1850»; a lo que añadía que existen más hombres negros en manos del sistema criminal de justicia que los que había entonces en condición de esclavitud.

Téngase en cuenta que son más de seis millones de personas en condición de «supervisión correccional», por lo que The New Yorker sorprendía con otro dato escalofriante: si se le compara con las urbes más pobladas del país, la «ciudad encerrada y vigilada o ciudad de los confinados» sería la segunda más habitada del país… A una conclusión llegaba este estudio: «La escala y la brutalidad de nuestras prisiones son el escándalo moral de la vida americana».

De vuelta en Mississippi

Ahora bien, ¿ha concluido la esclavitud como práctica efectiva en Estados Unidos y la decisión de la legislatura de Mississippi  es apenas una acción simbólica, pero necesaria?

De nuevo el trabajo de AlterNet trae la respuesta de la vida, de los hechos reales y nada halagüeños, es más, despreciables, porque caracterizan a la esclavitud moderna.

No hace mucho que Mississippi  aprobó otras leyes, y esperemos que estas estén correspondientemente legalizadas y sean puestas en vigor. Nuevas ordenanzas de la justicia criminal han elevado, hecho más largas las sentencias o condenas a prisión de aquellas personas que son atrapadas esclavizando o traficando con vidas humanas, y pone un ejemplo reciente de dos hombres descubiertos por un video cuando encadenaban y violaban a una niña de tres años de edad.

¿Es posible tal enajenación? Evidentemente sí, en una sociedad que muestra ese y otros hechos abominables e irracionales… Se estima que, nacionalmente, 244 000 niños y niñas estadounidenses están en riesgo de ser encadenados, esclavizados, y forzados a ser trabajadores del sexo.

Un monto que no incluye a quienes son llevados cautivos a Estados Unidos —un país que discrimina a los inmigrantes, deporta decenas de miles cada año por indocumentados, separa familias creadas por años y deja en la orfandad a niños y adolescentes porque sus padres llegaron ilegalmente— y se les obliga a trabajos forzados, por lo poco remunerado o porque tienen que pagar la deuda del tránsito por las fronteras, en la recogida de tomates o de fresas para consorcios como WalMart, según denunciaba AlterNet. El trabajo daba dígitos globales de ese tipo de esclavitud aplicado por los grandes y más «prestigiosos» consorcios en el mundo: 27 millones de seres encadenados por una pobreza que les obliga a aceptar la migración de cualquier manera y que generan para los poseedores del capital 32 000 millones de dólares anualmente.

«La esclavitud de los tiempos modernos es todavía una industria floreciente», puntualizaba la investigadora Laura Gottesdiener en AlterNet, y estaba hablando del llamado mundo civilizado.

La Decimotercera Enmienda de la Constitución de EE.UU.

Una de las tres Enmiendas de la Reconstrucción, el periodo histórico estadounidense que siguió a la Guerra Civil norteamericana entre el Norte industrializado y el Sur esclavista, que fue ganada por el primero, fue la Decimotercera Enmienda, la ley que abolió la esclavitud.

El 8 de abril de 1864, el Senado de EE. UU. la aprobó, prohibiendo la esclavitud y la servidumbre involuntaria, «excepto como castigo por un crimen», y la Cámara de Representantes la revalidó el 31 de enero de 1865. El 6 de diciembre de 1865 fue adoptada, y proclamada 12 días después por el entonces secretario de Estado, William H. Seward.

Habían dilatado dos años la Proclamación de la Emancipación hecha por el presidente Abraham Lincoln como medida de guerra provisional en 1863 en los diez Estados Confederados. Como con esta no se liberaba a los hombres y mujeres en esclavitud en los estados fronterizos, ni tampoco abolía la esclavitud, la Enmienda era legalmente necesaria.

Tras su proclamación el 18 de diciembre de 1865, la Enmienda fue enviada a las legislaturas estaduales para su ratificación, lo que hicieron rápidamente los estados del Norte, aun cuando ya Lincoln había sido asesinado en abril de 1865. Entonces, ratificaron la Enmienda Georgia, Florida, Nueva Jersey; Texas lo hizo en 1870, y Delaware ya comenzado el siglo XX, en 1901.

No fue hasta 1976 que Kentucky ratificó la 13va Enmienda y, por fin, Mississippi  dio el paso en 1995; sin embargo, notificó a la Oficina de Registro Federal en febrero de 2013, completando el proceso legal.

Las otras dos Enmiendas de la Reconstrucción fueron la Decimocuarta sobre los derechos civiles en los estados que data de 1868, pero que costó muchas vidas y más de un siglo de luchas para su puesta en práctica; y la Decimoquinta Enmienda de 1870 que prohibió las restricciones al voto por motivos raciales, otra ley que quedó durante muchísimo tiempo solo en papel y sin validez efectiva.

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