Escocia, los indecisos y la velada amenaza del poder

Este jueves, Escocia resolverá en referendo si corta sus centenarias amarras a Reino Unido o atiende un discurso británico que se ha movido sin mucha transición de la súplica a la amenaza

Autor:

Enrique Milanés León

Todo parece indicar que la indecisión tendrá un rol trascendental en las decisiones sobre Escocia, que este jueves 18 de septiembre resolverá en referendo si corta sus centenarias amarras a Reino Unido o atiende un discurso británico que, en medio de la desesperación por la paridad que sugieren las encuestas, se ha movido sin mucha transición de la súplica a la amenaza.

En efecto, medio millón de indecisos puede tener en sus votos el destino de una de las mayores potencias mundiales.

De un bando a otro —la independencia o la unión— se argumenta en torno a cómo quedarían la economía, la seguridad social y la salud. Y entre ambas campañas, muchos votantes del electorado de cuatro millones necesitan más persuasión para lograr decidirse.

«Mi corazón dice sí, pero mi cabeza dice no. Creo que dependerá de cómo me sienta ese día», dijo a la agencia Reuters Anne, una mujer que reservó su apellido, en la ciudad de Lochgelly, al norte de la capital, Edimburgo. «…Nunca sabes lo que puede pasar. Cuando incluso los empresarios no están de acuerdo con el impacto que va a tener, ¿cómo lo vamos a saber?», se justificó.

Los sondeos de opinión, que hasta la fecha se han llevado el protagonismo, muestran que las personas mayores se inclinarán hacia el «No», mientras un amplio sector —el diez por ciento o más del electorado— no define todavía su posición frente a la urna. Ben Page, presidente ejecutivo de la encuestadora Ipsos MORI, dijo que los vacilantes tienden a ser mujeres y jóvenes.

Los jóvenes universitarios y de la clase trabajadora representan el bastión del «Sí» a la independencia. Según una encuesta de The Guardian, los escoceses de 25 a 34 años constituyen el grupo de edad más inclinado hacia el «Sí»: un 57 por ciento elegiría la separación. Su voto tiene que ver con el rechazo, compartido en otros países de Europa, a la clase política tradicional.

David Cameron, el primer ministro de Reino Unido, no es un indeciso. Él, que sabe cuánto se juega su imperio, ha hecho una dura campaña para que no se desgaje una de las cuatro ramas (Inglaterra, Gales, Irlanda del Norte y Escocia) de esta «familia de naciones».

Desde Aberdeen, centro neurálgico de la industria petrolera en el Mar del Norte, Cameron ha hecho hincapié en que, si Escocia vota por la secesión, no será una «separación de prueba», sino un «divorcio doloroso» que no tendrá «vuelta atrás».

El Primer Ministro ha puesto en el centro de su discurso la incertidumbre económica a que conduciría tal paso, pero también ha echado mano a íconos afectivos como los «valores británicos de la igualdad, la libertad y la justicia».

«Por favor, no dejéis que nadie os diga que no podéis ser un escocés orgulloso y un británico orgulloso. No perdáis la fe en qué somos y en qué podemos ser. No deis la espalda a la mejor familia de naciones del mundo», ha implorado Cameron en la misma tribuna donde ha dicho que «si dejáis el Reino Unido, será para siempre».

Al final de una cerrada campaña no han faltado, desde el campo de los independentistas, denuncias de la intervención del Gobierno para que bancos y grandes distribuidores comerciales se «pronunciaran» días atrás sobre los problemas que crearía la secesión.

En una entrevista en Sunday Herald, único diario escocés que apoya la separación, el líder independentista Alex Salmond dejó en suspenso la pregunta sobre el presunto trabajo del servicio de seguridad MI5 para impedir la victoria de los partidarios del «Sí».

En caso del triunfo de la independencia, la plena autonomía no sería efectiva hasta marzo de 2016. Al día siguiente del referendo comenzarían las negociaciones para la devolución de las competencias. Una prioridad para los nacionalistas sería solicitar su inclusión en la Unión Europea —que estaría sujeta a un mecanismo de exclusión y solicitud de entrada—, mientras que en mayo de 2016 se celebrarían las primeras elecciones de Escocia independiente para formar su primer Parlamento como Estado. Por lo pronto, no faltan en Reino Unido quienes estudian, incluso, posibles versiones de la bandera si se produce la separación.

La puja está cerrada y, en vísperas del referendo, es obvio que la solución de las dudas tendrá un peso definitorio. En este mundo queda muy poco de imparcial: la mismísima reina Isabel II, que la semana pasada declinó opinar sobre la consulta porque ella es «neutral», respondió hace poco una pregunta, al salir de misa: «Bueno —dijo su Majestad—, espero que la gente pensará con mucho cuidado acerca del futuro». Unas palabras que, dichas por alguien de su influencia, son como para acabar de indecidirse.

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