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La ONU en casa del enemigo

El posible retiro de Estados Unidos, el cese de sus aportes y el eventual destierro de Naciones Unidas demuestran que también ese organismo requiere defensores

Autor:

Enrique Milanés León

Lista a desenfundar las pistolas de la diplomacia dura, Nikki Haley, la recién nombrada embajadora norteamericana ante la Organización de Naciones Unidas (ONU), llegó en enero a esa sede aclarando que «hay un nuevo Estados Unidos en la ONU. Va a haber cambios en la forma en que trabajamos». Como si con eso la presentación de sus cartas credenciales no fuera ya lo suficientemente brusca, agregó de carretilla —sin aceptar preguntas— que «es el momento de la fuerza, el momento de la acción, el momento de hacer cosas».

En la diplomacia internacional, pocas veces una amenaza ha estado tan escasa de ropas. «Para aquellos que no nos apoyan, vamos a anotar sus nombres. Nos aseguraremos de responder a eso adecuadamente», señaló la funcionaria, y cuando uno lo leía imaginaba al también nuevo secretario general, Antonio Guterres, preguntando dónde encontrar un chaleco antibalas para colocárselo bajo su traje de gala en los diálogos con este beligerante «cometa Haley» que Donald Trump ha impuesto en el firmamento de la ONU.

Emboscada de leyes

Claro, la agresividad de la embajadora no es fruto de la casualidad ni mucho menos de la iniciativa personal. Apenas 48 horas después de que Donald Trump se instalara en la Casa Blanca se supo que a inicios de enero ingresó al Congreso de Estados Unidos un proyecto de ley orientado nada menos que a retirar a ese país de la ONU.

¿Suena fuerte? Lo es: el proyecto H.R.193 o «Ley de restauración de la soberanía estadounidense», presentado el 3 de enero a la Cámara de Representantes y remitido a la Comisión de Asuntos Exteriores, propone además echar atrás el acuerdo que en 1947 permitió ubicar la sede de la ONU en Estados Unidos, aboga por cesar las operaciones de mantenimiento de la paz y la inmunidad diplomática, así como por no participar en la Organización Mundial de la Salud (OMS). Todo un pasaporte para el caos.

Aunque cuenta con solo seis patrocinadores —republicanos de extrema derecha—, si el proyecto fuese aprobado entraría en funcionamiento a los dos años de su firma y atacaría otro de los sostenes de la ONU: el presupuesto.

Es un secreto a voces que la organización está en graves problemas económicos y que sus agencias no cuentan con los recursos para enfrentar las crisis internacionales. Si Estados Unidos la abandona definitivamente, la ONU —que, de paso, tendría que buscar una permuta— quedaría a merced de países con menor potencial de aporte y de empresas multinacionales cuyo capital no siempre honraría las mejores causas de este mundo.

Ello sería un golpe mortal para un organismo que ahora mismo está haciendo un llamado desesperado para recaudar 4 400 millones de dólares de fondos de emergencia con que enfrentar otra ola de hambruna en África.

El que paga quiere mandar

Responsable del 22 por ciento del presupuesto de la ONU y del 28 por ciento de sus operaciones de mantenimiento de la paz —entre ambas partidas suman 7 800 millones de dólares al año—, Estados Unidos es el «novio» arrogante que chantajea a su compañera con la amenaza de quitarle la dote. ¡Cómo ha soportado esta muchacha para al fin ser abandonada!

Por orden de aportes económicos a Naciones Unidas, le siguen Japón, China, Alemania, Francia, Reino Unido y Brasil, pero ninguno de ellos podría asumir o compensar la salida de las arcas de los millones estadounidenses.

Literalmente, puede decirse que la ONU duerme en casa de su mayor enemigo. Todos dicen que hay un plan para reducirle el apoyo de la Casa Blanca. The New York Times —que, pese a las diatribas de Donald Trump, nunca gasta tinta en balde— adelantó el borrador de una orden ejecutiva del Presidente dirigida a recortar al menos el 40 por ciento de las contribuciones voluntarias de Estados Unidos a varias agencias y organismos internacionales. El ajuste incluye cerrar todo aporte a las agencias que consideren a Palestina como estado de pleno derecho y a otras que apoyen programas para financiar el aborto.

¿Quién ignora la ojeriza que los republicanos más recalcitrantes le tienen a la ONU? Los conservadores de vieja y nueva data no le perdonan al organismo una imparcialidad que no sea parcial con Estados Unidos y sus aliados. Así, el senador Ted Cruz propuso una ley que pretende cerrar toda contribución del país hasta tanto el Consejo de Seguridad no retire la resolución 2334 que aprobó en diciembre —¡con la abstención permisiva de los diplomáticos de Obama!— en contra de los asentamientos israelíes en territorios palestinos ocupados.

Si el presidente Trump dice, como dijo en enero, que la organización es solo «un club de gente para reunirse, hablar y pasárselo bien», y agrega: «¿cuándo vieron que las Naciones Unidas resolvieran los problemas? No lo hacen. Causan problemas», es evidente que la maldición del imperio pesa ya sobre el organismo que debe velar por la familia global.

La estela del «cometa» haley

Ese miedo ambiente político explica que una recién llegada a Naciones Unidas desafíe al secretario, y no solo al presentar sus credenciales. Hace muy poco, Nikki Haley «vetó» con su rechazo la designación que hizo Guterres de Salam Fayyad como su representante especial en Libia. ¿Pecado del propuesto? Ser palestino.

Un compungido Guterres habló entonces de las capacidades personales y del servicio de los funcionarios a la ONU, no a países ni a gobiernos, pero el pasaje recordó los límites que impone la alta política. A mediados de los ‘90, Boutros Boutros-Ghali aspiró a renovar su cargo como secretario general. Aunque obtuvo 14 de los 15 votos del Consejo de Seguridad, no pudo. No consiguió el de Estados Unidos, país, según dicen, con el que una que otra vez se atrevió a discrepar. Al inicio de su ejercicio, Antonio Guterres ya se enteró de que, también contra la ONU, Donald Trump levanta un muro.

El primer encuentro de Antonio Guterres con Nikki Haley fue altamente ilustrativo.

Enfrentar la actual hambruna en el Cuerno Africano demanda muchos recursos a las agencias de la ONU.

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