Venezuela: Cicatrices y definiciones

Maduro está convencido de que un Golpe de Estado como el que está activado en Venezuela solo puede ser derrotado con la comunión de las masas, con la unión cívico-militar, y con la Constitución en la mano

Autor:

Alina Perera Robbio

CARACAS.— Este, como otros abriles en Venezuela, ha sido un mes definitorio y desgarrador. La Revolución Bolivariana ha tenido que lidiar con una oposición violenta, destructiva, irrespetuosa de la verdad y de la vida; y a pesar de eso, esta, la Revolución de Chávez, no ha dejado de multiplicarse en sí misma desde su humanidad, ha llegado, por ejemplo, a un millón 600 000 viviendas para el pueblo, ha hecho aumentos de salarios mínimos y de pensiones en un acto que, como dice el presidente Nicolás Maduro, solo ha sido posible haciendo «de tripas corazón».

«Hemos salido victoriosos, con heridas y dolores», afirmaba Maduro este Primero de Mayo, a una multitud otra vez impresionante, que volvió a desbordar las avenidas. El mandatario y los demás dirigentes del proceso bolivariano saben que los enemigos internos no detendrán la embestida fascista. Tras 16 semanas llamando al diálogo para llegar a acuerdos de paz, no hubo una sola respuesta, ni de altura, ni racional.

Ha llegado el momento en que la Revolución se lanza a una profundización de sí misma, como si escuchara lo más recóndito del pueblo. Apuesta al arma estratégica que trasciende cualquier iniciativa coyuntural: el alma de millones. Por eso, segundos antes de anunciar este primero de mayo la convocatoria para una Asamblea Nacional Constituyente, Nicolás Maduro decía a los revolucionarios que ahora toca derrotar a la oposición con las leyes, y con la unión cívico-militar.

Se trata de un gran movimiento revolucionario, ha dicho el presidente chavista, quien convoca a una constituyente ciudadana, de pueblo, del verdadero pueblo, no de partidos políticos ni de élites sino de las comunidades, las mujeres, los jóvenes, los estudiantes, los militares, los campesinos, los indígenas, todos los grupos, con especial énfasis en la clase obrera.

Maduro está convencido de que un Golpe de Estado como el que está activado en Venezuela solo puede ser derrotado con la comunión de las masas, con la unión cívico-militar, y con la Constitución en la mano. Ha llegado la hora, ha dicho, de constitucionalizar las misiones sociales —para que nadie venga un día y se las arrebate al pueblo—; ha llegado el momento de que cada grupo del abanico social elija a sus constituyentes.

«Vamos a elegir con voto directo y secreto a través del poder electoral, los constituyentes y las constituyentes», enunció el mandatario, para lo cual ha puesto en marcha una Comisión Presidencial que llevará una propuesta, hasta las bases populares, de un sistema de elección que haga posible un poder «profundamente revolucionario».

La Asamblea Nacional Constituyente analizará los temas urgentes de la nación, será el camino eficaz para solventar toda crisis, por eso tiene que constituir un traje a la medida de la naturaleza y las necesidades apremiantes de las gentes. Esta nueva propuesta entraña grandes desafíos de inteligencia y creación revolucionarias, porque en esta Constitución renovada han de entrar todos los elementos de la nación, de tal modo que permitan perpetuar los logros alcanzados por el gobierno bolivariano con alto apego a la justicia social, y neutralizar, poner incluso ante los tribunales a los opositores que pisotean todo vestigio de apego a la ley.

Maduro ha dicho que ante un llamado, el más grande que se pueda hacer en una República, como es el llamado al poder originario, las principales figuras de la oposición no han podido ir más allá del aislamiento y la violencia. Hace un par de años, según han recordado las redes sociales y también el Jefe de Estado, los oponentes decían identificar al proceso constituyente como el mecanismo idóneo para resolver la tirantez política en el país. Pero llegada la hora de la verdad, como sabe Maduro y también sabía Chávez, ellos no saben compartir espacio de poder con otros, se imaginan solos en el ring, no pueden, no quieren entrar en el fino arte de hacer política. Ni hablar de reconocer al pueblo como protagonista de un proceso democrático.

Ahora la nación vivirá intensos debates inmersa en un proceso de Constitución del siglo XXI, como ha dicho Maduro. Es tema hondo, buscando el fortalecimiento del poder popular. El Derecho, como han explicado en estos días los especialistas, es un hecho social y está llamado a ajustarse a los cambios vividos con intensidad por Venezuela en los últimos 18 años.

La Asamblea Nacional Constituyente está desafiada por una sociedad preñada de batallas en lo cultural, en lo social, que apunta a un país nuevo. Ahora se plantea la oportunidad de una inclusión superior, del tan complejo y anhelado consenso. Lo enemigos saben que el momento es definitorio, por eso están furiosos y se niegan a entrar en la nueva propuesta. Las tensiones no desaparecen, aumentan, no podemos olvidar que el hermano país vive un Golpe de Estado en marcha, con fuerte apoyo del gobierno de los Estados Unidos —embajada y CIA mediante, como reconociera José Vicente Rangel recientemente— y de sus lacayos latinoamericanos atrincherados en la OEA.

La contrarrevolución ha perdido el sueño con los últimos acontecimientos, porque la convocatoria de Maduro —ese anhelo de juntar el mayor número de intereses posibles en una Carta Magna donde quede estampada la humanidad de un país— alimenta, de modo directo, la pieza cardinal de esta Revolución asediada: la conciencia.

Este presente se conecta al espíritu de Simón Bolívar, al afán constituyente de los libertadores, ese que retomó Chávez inspirado en sus maestros, en el torrente de los pueblos, de donde emana lo más auténtico de toda justicia. El mismo que desde los días de prisión del joven militar en Yare sigue siendo un «proyecto a largo plazo» y no el «mamotreto» de letra muerta de las élites, tan ajeno a quienes deben ser dueños de sus propios destinos.

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