Solo un trago de cocuy

Venezuela ha preservado durante cinco siglos, en sus raíces vernáculas, el tradicional método con el cual los pueblos originarios extraían el licor del agave

Autor:

Enrique Milanés León

BARQUISIMETO.— Mis amigos saben que apenas tomo y que, como nací sin el caribeñísimo gen del baile, puedo pasar una velada entera, «en un solo ladrillito», abrazado al mismo vaso con el trago intacto, pero también conocen que suelo llevar un imaginario zurrón de estampas, donde echo todo cuanto veo, con la idea de que —igual que la pieza usada al innovador del taller— algún día una de ellas me resuelva un texto. Solo esa segunda faceta puede explicar mi inusitado interés en probar el cocuy.

Había escuchado sobre dicho licor tradicional, el único auténticamente venezolano, así que cuando llegué a la capital del estado de Lara, que junto al de Falcón concentra la más significativa producción de la bebida, comenté a mis anfitriones el etílico deseo.

Hicimos varios recorridos para entrevistar a compatriotas del sector médico, pasamos por Siquisaque, un emporio del licor, vimos en las laderas las plantas que le dan origen, y a la vuelta la doctora Leydinancy Brito, coordinadora de las misiones cubanas en el estado, me presentó en una tinajita de barro a mi líquido «adversario», con un anuncio: «Este es el famoso cocuy».

La fama viene de lejos. Se dice que, desde tiempos precolombinos, los pueblos ayamanes, gayones, achaguas y jirajaras, que vivían en la zona noroccidental de la actual Venezuela, hacían mil cosas con el Agave cocui Trelease. Además de comerla, de usar sus jugos para rituales y aprovechar las fibras para preparar ropa, calzado, chinchorros, bolsas y hasta chozas, llegaron a emplear su extracto como bebida primordial.

«Solo licor de cocuy beben, porque el agua nunca la ven ni la tienen», escribió en pleno siglo XVI el cronista italiano Galeotto Cey, y uno, que acaba de enterarse de ello, no deja de preguntarse cómo aquellos aborígenes mantenían el buen pulso para tejer.

Como resaca de ancestros, el tiempo pasó. Venezuela consiguió preservar por 500 años, en sus raíces vernáculas, el método con el cual los pueblos originarios extraían el licor del agave, pero incluso en las tradiciones siempre hay un pero: por más de 50 años del siglo XX, producir, distribuir y vender el cocuy era ilegal y podía llevar a la cárcel.

Durante las dictaduras y los Gobiernos neoliberales, los campesinos «cocuyeros» eran perseguidos y sus alambiques destruidos a tiro limpio por los cuerpos militares. ¿Su pecado?: preparar una bebida de humildes «borrachitos», barata, que, para colmo, no requiere añejamiento —como el ron, el vino y el whisky— y, por tanto, complicaba el negocio de las licoreras industriales de los grandes magnates que, junto a sus compinches de la política, hacían caja local mientras levantaban el codo con marcas importadas. Hasta mártires dejó esta «cruzada», bastante amoral, por cierto.

En el año 2000, con Chávez en el Gobierno, los Estados de Lara y Falcón declararon este licor patrimonio cultural y regional. Seis años más tarde, el reconocimiento cubrió el país, cuando la Asamblea Nacional estableció que la planta y la bebida eran patrimonio nacional, natural, cultural y ancestral de Venezuela. Aquello mereció un brindis.

Así como la guerra económica contra el país se ha instalado en las mesas familiares, ha impactado por supuesto en las celebraciones: con la cerveza, el ron y el whisky a precios que dan mareo aun sin abrir las botellas, el cocuy —que tampoco ha mantenido del todo sus austeras tarifas— ha sido más apreciado.

La Revolución Bolivariana siempre ha respaldado las expresiones y creaciones populares. En el año 2011, antes de una reunión de alto nivel con Rusia, Chávez propuso a Moscú establecer un proyecto conjunto para producir cocuy. «¡Compite con el vodka!», sostuvo el líder.

Debe ser, sin dudas, un duelo de titanes. Los venezolanos advierten que, para beber cocuy, uno no debe apurarse, sino contenerse, sorberlo «aguantaíto», porque el primer trago «te regaña». 

Mi experiencia en Barquisimeto fue superior: más que regañarme, aquel sorbo me aplicó una sanción. Probarlo fue como ver fuegos artificiales… con proyectil de combate. Días después, en Caracas, cuando le conté la anécdota a un  cubano con mayor estadía en Venezuela y con más botellas en su currículo, el hombre sonrió con malicia: «¿Probaste el cocuy? ¡Hermanazo, eso deja chiquita a la warfarina!».

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