Sonata de misiles

Autor:

José Alejandro Rodríguez

La noticia fue un arranque de ternura y piedad que tuvo ayer en Kuala Lumpur, capital de Malasia, la señorita Condoleezza Rice, la jefa de esa escuadra siempre al ataque que es la política exterior norteamericana.

Sí, lo hizo en la cena de gala del Foro Regional de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático sobre Asuntos de Seguridad. Es tradición en esa cita que la delegación de cada país prepare un sketch o número histriónico. En su mandato como secretaria de Estado, Madeleine Albright resultó una divertida travesti, cantando y bailando vestida de hombre. De gruñón hombre. Pero esta vez, la excelente pianista que es Rice no estaba para chanzas, y alegó que la situación del mundo, específicamente en el Oriente Medio, era muy seria y triste.

Ella, tan contenida en el vestir, a veces hasta la dureza, subió al escenario con un atuendo que contrastaba la sencillez del diseño con el encendido color sangre. Y entonó dos piezas de Johannes Brahms, su preferido compositor junto a Dimitri Shostakovich.

Las agencias noticiosas se centraron más en las declaraciones políticas allí de quien hoy consideran la mujer más poderosa del mundo: como diríamos los cubanos, una mente detrás del presidente Bush. Difundieron las protestas populares en Kuala Lumpur por su presencia. Pero, caramba, qué poca devoción al detalle y a la cominería: ninguno me sabe informar el repertorio de la «princesa guerrera», fichada por el escritor mexicano Carlos Fuentes como «la Lady Macbeth del presidente Bush». ¿Habrá interpretado el Réquiem de Brahms? Si fue así, ¿qué muertos habrá invocado la señorita Rice al asumir esa conmovedora oración fúnebre?

Condi, como le dicen en la intimidad del rancho presidencial de Crawford sus amigos y frecuentes anfitriones, los esposos Bush, descolló en el piano desde pequeña. pero su sobresaliente inteligencia para el frío y racional cálculo recaló en mover otras teclas más peligrosas en la gran política norteamericana, a despecho de una infancia segregada en un barrio negro de Alabama. «Mis padres me convencieron de que quizá no pudiera comer una hamburguesa en Woolworth, pero sí ser presidenta de Estados Unidos», recordó un día, para graficar sus agallas.

Pero de vez en cuando, entre tantas horas de encierro con Bush en el despacho oval para decidir la vida o la muerte de millones de seres en el mundo, la señorita desintoxica su trama de la «guerra preventiva» y la «seguridad nacional» con la ternura musical. Y se aferra a Brahms y a Shostakovich.

Complejos los poderosos... Otros que pretendieron también rendir el mundo a sus pies, a costa de todo, igualmente se conmovían con las exaltaciones de Richard Wagner. Pero quizá alguna vez la señorita Condi necesite a Brahms y a Shostakovich para corresponderle al nombre que su mamá inventó para bautizarla, parafraseando la frase italiana: con dolcezza (con dulzura).

Anoche, los acordes de Brahms tenían ecos salvajes de misiles en las postrimerías de Beirut.

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