CAFTA, amargas experiencias

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Las redadas contra las maras no han logrado detener la delincuencia. Foto: AFP Incremento de las pandillas, paros en demanda de mejores salarios y un deterioro de la popularidad del presidente Antonio Saca reflejado por las encuestas, evidencian un caos social en El Salvador con posible desemboque político, detrás del cual está, obviamente, lo endeble de una economía que no despega...

Pobreza y marginalidad andan juntas. Y el mal viene de atrás en un país básicamente agrícola y sin ninguna industrialización, cuya ya débil economía fue reiteradamente golpeada por la guerra. Pero lo cierto es que las decisiones recientes han hecho poco en su favor.

Como en todas partes, la desestatización emprendida con el gobierno del disciplinado discípulo de EE.UU., Francisco Flores, solo redujo las oportunidades del salvadoreño de a pie y lo condujeron a una protesta que, al menos, les permitió salvar al precario sistema de salud, de las manos de la empresa privada.

El saldo es visible en una violencia tan acentuada, que el Congreso se ha negado a legislar sobre la obligatoriedad de que todos los ciudadanos se desarmen, por temor a que luego resulten víctimas impunes de la delincuencia... Pero las temibles maras son también, en todo caso, un dedo acusador.

Continuador de la política neoliberal de su antecesor, Saca no ha llevado las cosas a mejores, y la prometida reactivación económica que proporcionaría el tratado de libre comercio con Estados Unidos —del que El Salvador es «orgulloso» pionero en el istmo—, terminará siendo otra promesa baldía.

Así lo asevera un estudio dado a conocer esta semana por el diario salvadoreño Co-Latino, cuya principal y terrible conclusión es que el CAFTA-DR —como se denomina al convenio, firmado al unísono por los países centroamericanos y República Dominicana— está resultando «totalmente negativo para la economía salvadoreña».

La investigación, realizada por la Red Ciudadana frente al Comercio e Inversión Sinti Techan, fue acuciosa; y sus efectos, alarmantes. En estos primeros seis meses de aplicación del acuerdo se continuó desarticulando el aparato productivo nacional, creció el déficit en la balanza comercial, y sus terribles consecuencias hicieron más pantanoso el terreno social.

«El desempleo, la pobreza y la emigración, se han incrementado drásticamente...», declararon los expertos, quienes aseguran que «los beneficios que pregonaron los gobiernos de Francisco Flores y Antonio Saca, fueron solo propaganda».

Hay hechos constantes y sonantes. Por ejemplo, la disminución de la ya escasa inversión, que ha provocado el cierre reciente de varias fábricas textiles, en tanto continúa siendo una farsa la presunta llegada del capital norteamericano. Se han perdido alrededor de 93 000 empleos en la agricultura, básicamente en la producción de arroz, maíz y otros granos, cuyos cultivadores terminaron aplastados por la irrupción en el mercado nacional de los subsidiados productos agrícolas estadounidenses.

«La vida de los salvadoreños va a empeorar», alertaron los expertos, lo que equivale a decir que subirán en la misma proporción los actos delictivos y, por otro lado, la ebullición social. En un país donde la principal fuente de ingresos sigue estando en las remesas de los que legal o ilegalmente viven y trabajan en Estados Unidos, al parecer solo hay tres caminos: el éxodo desgarrador, la delincuencia... o el reclamo de los derechos mediante la protesta.

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