¿Doctora o «mami»?

Autor:

Luis Luque Álvarez

—¿Y cuándo le empezó la molestia en el ojo derecho?

—Mira, «mami», yo estaba en la casa cuando...

—¿Mami? ¿Quién es «mami»? Por favor, ¿le cuesta mucho trabajo decir simplemente «doctora»?

Fui testigo de este diálogo en una consulta de Oftalmología. El sujeto era joven, pero no un niño como para permitirse eso que los entendidos llaman «vacilaciones lingüísticas». Si a un infante inexperto se le toleran expresiones inadecuadas —como el tratar de «tú» lo mismo a un compañerito del aula que a un venerable anciano—, para un mozalbete que sabe «más de cuatro cosas» tienen que ser otras las reglas.

Y la doctora se lo recordó. Porque ¿qué de gracioso hay en tutear a una profesional que nos está brindando un servicio especializado, y además llamarla «mami»? Un momento: nadie pide una reverencia, ni quitarse el tricornio al paso del coche, sino sencillamente mostrar respeto. Incluso en las formas de emplear la lengua, que para eso hablamos, no relinchamos, aunque algunos pongan su mejor empeño en hacer esto último.

Para ciertos jovenzuelos —y no me atrevería a decir «contados con los dedos»— el tema de las normas lingüísticas es un asunto demasiado complicado. Desenredo la madeja: toda persona que se comunica con sus semejantes, ha de utilizar los recursos de la lengua según con quien esté hablando y la circunstancia en que se encuentre.

Así, en la tumultuosa alegría del Estadio Latinoamericano, con un juego entre Cuba y EE.UU. empatado a tres, en el noveno inning, y un jonrón de los nuestros seguido por un «¡Ñoooooo!», a nadie se le ocurriría exclamar: «¡Oh, cuánto regocijo por este éxito del equipo de mi bella isla del Caribe!». Si alguien lo escuchara, probablemente se apartaría creyéndolo un maníaco fuera de juicio.

De igual modo, nadie se dirige a su esposa bajo el apelativo de «dulce amada mía». A menos que sea poeta, o un espectro retornado del siglo XVIII. La literatura, literatura es, mientras que más dinámico y desenfadado es el coloquio, la conversación llana con nuestros semejantes, para la que no hay necesidad de expresiones enrevesadas. ¿Se imagina qué pasaría si, en plena calle, un sujeto preguntara a su mujer por «la bolsa de los tubérculos», popularmente conocida como «la jaba de las papas»?

Si este peca por exceso, por supuesto que la generalidad es la de quienes pecan por defecto. De tal modo, el empleo correcto de la lengua —y por supuesto, no estoy hablando de la sinhueso— es puesto en la picota diariamente, lo mismo gracias a aquel que, al otro lado de la línea, exige: «Ponme a Esperancejo ahí», pisoteando a «buenos días» y «por favor»; hasta el que utiliza tres o cuatro términos para hacerse entender: «Puse eso en el deso y bimbán bimbán, ñangaúfa», sin diferenciar el contexto en que lo dice, sea su casa, una guagua, un mercado o un cine.

Evidentemente, para algunos, basta con comunicar, sin que las maneras importen un pepino. O sea, que no hay problemas en que nos sirvan un exquisito flan de calabaza en una palangana vieja, como la de la canción. La propia TV a veces no ayuda demasiado. ¿Qué podremos decir del fatídico anuncio de que «el filme que verán a continuación no ha sido subtitulado por la Televisión Cubana. Rogamos nos disculpen las molestias, bla, bla, bla»?

Vemos entonces cómo comienzan a desfilar los términos «vale», «gilipollas», y otras especies, propias de jergas extranjeras, junto a «huracánicas» faltas de ortografía, contra las que nuestros maestros batallan diariamente en las aulas. ¿«Rogamos nos disculpen»?. ¡No, no los disculpo!

Y vuelvo finalmente al «cariñoso» de la consulta. Señor mío, la cuestión es comunicar con efectividad y rapidez, pero con corrección y sin salirse de la norma como de una segura autopista. La doctora no es nuestra «mami», y estamos en la obligación de aprender que la palabrita se le podrá aplicar a mamá, a la novia o a las amigas más cercanas, pero no a una desconocida, sea profesional de la salud, trabajadora agrícola o aeromoza, que la dignidad de la persona no viene por su función social, sino por ser eso mismo: persona, sencillamente.

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