A mí que no me apuren (aunque yo puedo apretar)

Autor:

Juana Carrasco Martín

Los muertos sí apuran... Foto: Reuters Como es su costumbre, George W. Bush pone a correr a los norteamericanos, aunque cada vez le hacen menos caso. Este miércoles los urgió a seguir su compromiso (el del mandatario, por supuesto) de tener éxito en Iraq, aunque también a esperar a que él trace una nueva estrategia para «resolver» el costoso embrollo bélico en que ha metido a Estados Unidos y a medio mundo...

Todo ocurrió luego de reunirse con militares de alto nivel en el Pentágono para conocer de la situación en Iraq, al confirmarles a los reporteros que no piensa en el retiro —ni de las tropas, ni de su cargo, aunque vaya caminando en poco a poco el impeachment—, pues dijo en esos rejuegos de palabras con los que piensa embobecer a su ciudadanía: «Tal como aprendimos el 11 de septiembre, el enemigo tiene la capacidad para golpearnos. Y no hay duda en mi mente de que una falla en Iraq haría más probable que el enemigo nos golpee».

Al mismo tiempo se le escapó un secretito cuando enfatizó que no permitirá que le hagan tomar una decisión apresurada respecto a un cambio de rumbo en Iraq, pues señaló que durante las consultas escuchó algunas ideas interesantes y otras que «conducirían a la derrota». Por supuesto definió cuál es esa idea que no comparte y rechaza, «irse antes de que la tarea quede concluida».

Vieja retórica que niega un estado de ánimo cierto: la inmensa mayoría de los norteamericanos no ven por ningún lado la posibilidad del «éxito», y cada vez están menos dispuestos al doloroso despilfarro de vidas y de recursos que causa esa guerra.

Al mismo tiempo que Bush, el hijo, hablaba en su cuartel general militar sobre cómo «ganar esta guerra», se revelaban los índices del más reciente sondeo realizado por Washington Post-ABC News: 52 por ciento de los estadounidenses considera que EE.UU. está perdiendo la guerra y 70 por ciento desaprueba la política en Iraq.

Ya la víspera el mandatario había sido enfático: «No permitiré que me apuren para que adopte una decisión difícil... una decisión necesaria». Probablemente le resultó más halagüeña la solicitud que le hicieron los generales del Pentágono: más fuerzas y armamentos para entrenar a las unidades militares y policíacas iraquíes, más carros blindados, más chalecos antibalas, aunque ni un soldado más para el combate.

Los pentagonianos tienen también su apuro, no podrán —como sugiere el famoso Estudio del Grupo sobre Iraq, que presiden James Baker y Lee Hamilton— retirar fuerzas de combate para comienzos de 2008 si no entrenan como es debido al ejército y los cuerpos policíacos iraquíes a fin de que asuman el control de un país que está demostrando ser un ejemplo de ingobernabilidad, caos y violencia de múltiples orígenes y motivaciones, una guerra y sus secuelas que están devastando al pueblo iraquí.

Bush y sus secuaces asumen dos de las posiciones de los monos de la fábula, no quieren ver, ni oír dos verdades inocultables pero demasiado humillantes: la guerra en Iraq ya la están perdiendo y solo hay una e inevitable salida: zafarse de un «compromiso» que, a todas luces, es únicamente del fascistoide equipo neoconservador.

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