Las flores que no se venden

Autor:

José Aurelio Paz

Aquella mujer no era una simple «merolica», parada en la esquina de la tienda mientras ofrecía su producto. Parecía un ama de casa escapada de su reinado de ollas y calderos.

«¿A cómo son?», pregunté mirando las hermosas orquídeas que reposaban en su caja. «A peso», respondió. Y yo, mordido muchas veces por pícaros vendedores que convierten en eufemismo la divisa al hablar de la moneda nacional, rectifiqué: «¿A dólar?», a lo que ella negó con la cabeza.

Le solicité entonces que me aguantara una jaba que traía con compras mientras escogía las flores. Y cuando le pedí que me devolviera la bolsa para pagarle, con ojos desconfiados se negó y me dijo: «Primero, págueme». Yo la miré sin entender y ella reafirmó lo que comenzaba a sospechar: «Hasta que usted no me dé el dinero, no se la entrego».

Aquel acto me transmutó en el mitológico dragón de las siete cabezas y eché fuego por la lengua. Le dije que se había equivocado de personaje y, devolviendo las flores, tomé mis mandados y me marché.

La mujer me había visto cara de ladrón. ¡Y de flores nada menos! Poco a poco el aire fresco desvaneció la ira y traté de explicarme aquella actitud. Pensé entonces: ¿Qué necesidad habrá tenido la señora para estar allí ofreciendo, casi seguro que con dolor, el fruto de su mata más querida a un precio risible?

Acabé por aceptar que el culpable había sido yo. Decididamente, esa mañana no había escogido mi mejor cara para salir a la calle.

Tomé una decisión. Regresar a aquella esquina, comprarle todas las orquídeas y regalárselas para que las pusiera en un búcaro de su casa, como buen augurio para el nuevo año. Sin embargo, ya ella no estaba.

Ahora que comenzamos una vida nueva, porque cada almanaque es como si volviéramos a nacer, decidí contar esta historia, probable aldabonazo contra actitudes que laceren o marchiten esa fraternidad que, como buenos cubanos, siempre nos ha distinguido. Nada en el mundo puede hacernos cambiar. El valor de la moneda, en las bolsas, varía constantemente, pero un buen corazón no tiene precio.

Con razón decía Sófocles que el que es bueno en familia, es también buen ciudadano. De ahí mis votos porque el nuevo año sea una convocatoria íntima a fortalecer los sentimientos más nobles en el seno familiar, de manera que, luego, ellos irradien nuestras actitudes sociales y toquen a otras personas, y pongan luz donde haya oscuridad, y el abrazo donde reine el desamor.

Hemos de proponernos ser mejores ciudadanos. La concordia tiene que volver a encendernos como faroles festivos que, en guirnalda sobre nuestra querida Isla, nos conviertan en un trasatlántico de humilde lujo.

No ese lujo fatuo que rutila desde una cadena de golfi, desde un auto de turismo o un diente de oro, sino ese otro auténtico fulgor que nace de la modestia y el decoro como únicas prendas, las que adornaron, antaño, nuestros bohíos y a nuestras abuelas cuando regaban sus matas, mientras las frágiles alas lilas de sus orquídeas revoloteaban, desde el verde, para decirnos que el perfume del amor propio no se vende.

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