Reunionicidio

Autor:

Luis Luque Álvarez

«El compañero no se encuentra: está en una reunión». Era ya la tercera vez que llamaba a lo largo de la tarde, y aún el sujeto estaba «en una reunión», según la aflautada voz de su secretaria. Decidí no insistir más. El pobre hombre andaría arreglando el planeta, y yo, impertinente, solo requería unos datos.

Casualmente, a esa hora, un colega mío intentaba localizar a otro funcionario, y la respuesta era similar: «Está reunido». ¡Pero qué coincidencia! De seguro, estaba compartiendo planes, estrategias, proyectos y otras perdices con el señor que yo buscaba. ¡Claaaro!

Sí, porque es raro llamar a cualquier institución-empresa-organismo y que la persona indicada esté presta a salir al teléfono. Todo el mundo está reunido, todo el mundo. Si los antiguos egipcios hubieran tenido el número de asambleas que ciertos personajes dicen tener, bien calculo que todavía estarían poniendo el fundamento de la primera pirámide.

Sucede que el asunto tiene dos caras. En unos casos, es real que el sujeto está en un consejo de dirección reclinado en su silla móvil, rueda una sortija por la superficie del buró y mira con los ojos entreabiertos, en el estilo Al Capone, al prójimo que lee una lista interminable de puntos, cuyo denominador común es que todo está bien (¿y para qué pantuflas se reunieron entonces?), o en caso contrario, que todo está mal, «pero ya hemos tomado las medidas correspondientes para bla, bla, bla...»

En ese período la secretaria ha atendido decenas de llamadas telefónicas, muchas de ellas de personas con inquietudes reales: un trámite de vivienda inexplicablemente alargado, un bulto postal que extrañamente perdió la mitad del peso en algún lugar del trayecto, o un dato de última hora que necesitaba un periodista para publicarlo.

Otro caso es el de la reunión fantasma. Es decir, la inexistente, y que sirve para que el funcionario juegue cartas con la computadora, se cuente los pelos del bigote o se vaya a corretear por los prados romancescos. Todo, menos atender a quien lo solicita. ¡Primero muerto antes que buen burócrata!

Después viene lo curioso: «Hazme el favor, Carajisleidys, llama al director de la fábrica de tuercas y dile que necesito hablar con él». Y un rato después, la respuesta: «Jefe, me informa su secretaria que el compañero está en una reunión». Excelente pago el de la misma moneda, ¿no?

Algún día habrá que hacer el cálculo de cuántas toneladas de café, cuántas de gasolina, cuántas piezas de autos, cuántas agendas y cuánta electricidad se han despeñado hacia el precipicio de las reuniones infértiles, tontas. Y no solo en nuestra tierra, sino en todo el orbe. Basta con echar una ojeadita a las miles de cumbres, conferencias y sesiones de la ONU desde 1945 hasta la fecha y, de paso, mirar cómo el mundo, lejos de avanzar hacia la armonía, hace parranda mientras los hombres se devoran entre sí.

Y en el caso de nuestros reunionistas, reunioneros «o como quiera que les llaméis en todo el territorio insular», me interesaría saber si tienen la más anfibia idea de cuánto daño hacen al progreso social y económico de este país con su manía.

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