Gobernar pegado a la tierra

Autor:

José Alejandro Rodríguez

La mujer había quemado las naves en su terruño. De aquí para allá, buscando cura a aquel calvario. Carta tras carta, informe tras informe: abriendo las venas de su historia, desangrándose con más de un funcionario, que jugaba a los escondidos con el fatídico caso. La solución del problema dependía de una firma y la agilización del trámite. Y era un asunto muy sensible. Pero hay funcionarios que no distinguen rostros ni matices. Solo cumplen cifras.

La traba la conocían hasta en los centros espirituales, pero no aparecía el «Elegguá» que abriera los caminos. Su último intento fue en Atención a la Población del gobierno local, y nada se solucionaba. Fue cuando le montó «guardia» al funcionario del Gobierno municipal.

Cuando al fin lo capturó en la calle, el hombre le puso una mano en el hombro y le espetó:

—Negra, lo siento mucho, deja tu asunto en Atención a la Población, que estoy «cogío, cogío». Tengo la agenda cargada toda esta semana, y con «afectaciones» que me han bajado... Es mucho...

Ella se preguntó: ¿No quepo en esa agenda?

Recordaba la historia días atrás cuando participé, como conferencista invitado, en el Taller Pueblo y Gobierno, una feliz iniciativa del Gobierno provincial de Villa Clara. Fue un destello de sabiduría aquel encuentro de dirigentes y funcionarios del Poder Popular mirándose por dentro, haciendo un alto en la gestión para corregir la mira y reflexionar en qué medida están a la medida de ese pueblo y hasta dónde dan tumbos empíricamente.

Sin poses triunfalistas, convencidos de la utilidad del debate, los presentes reconocían que la atención a las quejas y planteamientos de la población, esa retroalimentación oxigenante para dirigir con propiedad, no es la prioridad de algunos funcionarios lastrados por la incapacidad para hacer cumplir las grandes tareas sin abandonar el detalle, la atención a los seres humanos, que al final son la razón de ser de toda institución pública en el país.

Cuando se alertaba de la connotación política que tienen los ojos y orejas pegados al pueblo, este depositario de tantas quejas meditaba en las simplificaciones que en ocasiones hemos hecho de la democracia. Sí, de la democracia socialista, porque con pasividad nos dejamos robar esa palabra por otras sociedades que ni mucho menos llevan savia de pueblo en sus circuitos institucionales, en sus podios y riquezas.

La Revolución Cubana hizo honor a la palabra democracia, con el gran enroque: desplazó a los opresores del poder y se lo confirió al pueblo, para que por sí mismo alcanzara sus derechos. Pero esa democracia no es un mandamiento divino que existe per se, automáticamente, ni podemos darla por sentada. Hay que construirla todos los días, y regarla, para que no marchite. Porque las buenas ideas necesitan también el soplo vivificante de la praxis para no morir en el intento.

En otras palabras: que si es Poder y Popular, no puede convertirse solo en centinela de agónicos recursos locales. Esa polea debe transmitir de arriba hacia abajo, pero también viceversa, so pena de oxidarse. Gobernar con todos, exigir verdaderamente, y no rendirse al aburrimiento en rendiciones de cuentas donde a veces cuenta solo la soledad de los electores en sus soliloquios.

Que conste, no siempre es la orfandad de recursos la limitante. Hay más desatención que imposibles ante ciertos planteamientos de la población. Y los pobres delegados tramitan entre la espada y la pared. Rendir cuentas es dar la cara allí en el barrio y no dejar solo al delegado. Es respetar mediante una respuesta veraz y sustanciosa, que esclarezca incluso cuando no haya solución posible. Es dialogar y confrontar, hacerse acreedor de la confianza con actos más que con palabras. Es poner orden, hacer cumplir la Ley y no permitir injusticia alguna.

Nuestra democracia tiene potencialidades subutilizadas. Y el pueblo no se confunde ni da el bandazo; si no, valdría la pena recordar los debates que generaron el Llamamiento al IV Congreso del Partido, los Parlamentos Obreros y tantas medidas que se han tomado, amasadas y enriquecidas por la discusión popular.

Si, como dijo Fidel, Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado, abogo porque debatamos lo que haga más poder y más popular al nuestro, erradicando toda la costra de la burocracia y el formalismo. Y exijamos por ello, en una democracia bien pegada a la tierra. Claro que aquella señora y todos los patriotas tienen que caber, con sus criterios y problemas, en una agenda siempre abierta.

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