Dos margaritas para el balcón de los bajos

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Mi carta mira hoy al «balcón de los bajos», la sección Acuse de Recibo con la que comparto esta página cada martes. Adelanto que me asomaré por encima de la raya que insertan los diseñadores y de la gastada tipografía de Juventud Rebelde, para lanzar a la puerta de mi vecino una margarita silvestre, asumiendo todos los riesgos, incluido el ridículo.

No me importa, querido Pepe Alejandro. El Premio Nacional Juan Gualberto Gómez, por la obra del año en prensa escrita, hace justicia a tu manera de hacer periodismo que mueve ideas y que conmueve, pero sobre todo que reivindica la profesión como un ámbito de servicio a los demás que puede y debe ejercerse con honestidad, con coraje cívico, con inteligencia.

El periodismo comienza a negarse a sí mismo cuando se olvida de que es, en primera instancia, un bien público. No voy a descubrir nada nuevo si digo que Acuse de recibo es una especie de termómetro social y la lección más contundente y transmisible acerca de cuáles han de ser las prioridades para quienes pretendamos trabajar en un diario. Tampoco es un secreto que es esta la sección más ardua de un periódico, porque el diálogo con los lectores comienza generalmente con una relación dolorida con la realidad y suele seguir un camino empedrado de incomprensiones antes de llegar a la respuesta que espera y se merece quienes confían en nuestra prensa.

Mientras más difícil es el puente que ha de levantarse entre el problema y la solución —o la respuesta institucional—, se requiere en el ejercicio de la palabra mayor altura moral y mayor sensibilidad profesional, que no es solo la habilidad para saber poner una oración detrás de la otra.

Como humilde intermediario de sus lectores o como hacedor de crónicas —el as de ases del periodismo—, José Alejandro Rodríguez escribe como quien respira, con total pureza. Sus textos, vinculados a muy concretas reivindicaciones del mundo real, nos dejan saber siempre que su oído es puramente cubano y que el lenguaje del mundo se incorpora a su modo de decir a través de ese oído, lo mismo para contarnos cómo es la ciudad de Moscú después del desplome del Socialismo, que para hablarnos del período especial como lo hizo, inolvidablemente, en su Cuba de la Caridad.

Todos los que hemos tenido la suerte de ejercer «el mejor oficio del mundo» en JR, sabemos que si no existiera, tendríamos que inventarnos a José Alejandro Rodríguez. Su anecdotario es infinito y su simpatía, absoluta. No hay tertulia que reúna a dos periodistas que viva o haya vivido en esta redacción, que no termine en la historia del día en que Pepe se cayó en el río Tajo, abrazado a una estatua que llevaba siglos decorando un puente, o cuando derramó una jarra de té hirviendo sobre el pantalón de un circunspecto dirigente juvenil.

Casi todos los que pasamos por aquí nos formamos en sus cátedras ambulatorias, en sus conversaciones apasionadas sobre la carpintería del oficio, en su estilo provocativo, en su alerta sensibilidad que merecen mucho más que una margarita silvestre. Pero, francamente, querido Pepe, no se me ocurre otra cosa menos modesta para acompañar este gesto de gratitud y cariño, de balcón a balcón.

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