A José Antonio hay que volver todos los días

Autor:

Juventud Rebelde

Solo el silencio bien otorga cuando de honrar se trata tan alto arrojo, firmeza de principios, apego a un ideal, voluntad de morir por una idea justa y sentido sin límites del papel de una generación en la lucha. Baste comentar que aquellos jóvenes, que solo contaban (según describen) con una experiencia hollywoodense o fílmica del combate, fueron sin concebir un plan de retirada. Iban a vencer o morir.

Dicen que una acción como esa no era propia de cuerdos. Bienaventurados entonces los locos revolucionarios que asaltaron este Palacio Presidencial y los que antes se atrevieron con el Moncada, subieron a la Sierra y trajeron la esperanza un Primero de Enero. Bienaventurados los locos que sueñan, los locos que aman, los locos que intentan, los locos que quedamos, si merece locuras aún este mundo que quiere (aunque no lo parezca) salvarse. Nosotros los locos, bienvenidos si somos capaces de intentar imposibles, si no renunciamos, si hacemos vencer los sueños sobre el escepticismo.

Solo que aquellos locos no eran rocas, o seres fabricados a destiempo: hablamos de hombres de carne y hueso, jóvenes como cada uno de nosotros, aun más jóvenes, con amigos, amores, ilusiones, diversiones, proyectos profesionales. Tenían qué perder y por eso valen sus vidas, porque pusieron más allá de lo suyo el proyecto de una Patria Nueva.

Después de haber cantado el Himno y decir presente a cada uno de estos 32 nombres se impone pensar. Después de que escuchemos otros 12 nombres de quienes viven y vivieron para palpar la realidad de sus sueños se impone pensar. Si se es joven de este tiempo, y se entiende con madurez consecuente, con compromiso, la historia —que más que conocer (siempre más) hacemos—, solo toca pensar. ¿Seremos acaso diferentes? ¿Serán acaso (como decía Roa) diferentes los jóvenes o las épocas? ¿Cuáles son nuestros sueños, nuestros retos, nuestros asaltos? ¿Cuál es nuestro Palacio? ¿Cuánto estamos dispuestos a entregar?

La historia no es un saco de efemérides para aprender de memoria: la historia es andadera, resguardo, la historia sirve para vivir. Hay que empezar por conocerla, y a profundidad. Evocar a José Antonio no es tema del pasado: está muy en el presente y muy en el futuro, y por eso no bastan los homenajes para recordarlo. A José Antonio hay que volver todos los días y no con actos, sino con hechos, única voluntad capaz de colocarse a su altura.

Pudiera parecer evidente, pero vale insistir en ello. Para que José Antonio viva y sus sueños sean, tiene que existir la Revolución Cubana, cumplir con vigor sus 50, sus 75, sus 100 años de vida, seguirse fortaleciendo, levantarse sobre sus deudas, afianzarse en la conciencia del pueblo, construir el Hombre Nuevo capaz de una Sociedad Nueva. Y esos retos son, precisamente los de nosotros, los asaltantes de hoy. Ese es nuestro Palacio, con mucho más de cuatro pisos, con una guarnición de obstáculos más nutrida y salvajemente hostil, en una acción que requiere de ingenio y voluntad (que nos sobra) pues es la acción de todos los días.

Nunca fueron tantas las amenazas, desde los enemigos, desde el otro modelo, desde nosotros mismos, desde el tiempo y la historia. Pensemos en eso simplemente y hagamos, como el mayor homenaje.

Nos anteceden las intensas jornadas de debate del Congreso de la FEU. Mucho quedó dicho. Por delante está el reto, con la advertencia de Raúl, de que no permitamos que el Congreso se quede en el discurso y no vaya a los hechos. Para nosotros hoy, el futuro que se alimenta del pasado es el Congreso, y desde donde los jóvenes universitarios pensamos, debatimos, decimos, desafiamos. Para los que no han querido oír, aquí o allá, oigan el sentir de los universitarios cubanos:

¿Somos diferentes? Sí, pero somos los mismos, somos hijos de nuestro tiempo y nuestra historia. ¿Nos cuestionamos o debatimos nuestra realidad? Seguro, la confrontación permanente (entre nosotros) de nuestras verdades es savia que da vida a esta Revolución. ¿Queremos transformar nuestra realidad? Sí, esa es la riqueza del Socialismo, y no luchamos por pequeños avances, queremos una Revolución cada vez superior. ¿Estamos conscientes de nuestros retos? Sí, y los sabemos muy grandes, pero nos anima el espíritu y las tradiciones de lucha de los cubanos que no dieron nunca valor a obras posibles. Al final, seguiremos siendo unos locos de atar.

¿Queremos otra cosa que no sea la Revolución, la Revolución de José Antonio y Fidel, aquella por la que han luchado y derramado sudor y sangre miles de cubanos? No, pero un NO bien grande. La Revolución no entra en juego para los cubanos, porque sin Revolución no hay soberanía posible, ni respeto a nuestra identidad y nuestra cultura; porque la Revolución no son nuestras dificultades, ni nuestros errores; la Revolución es el camino, la idea del bien, la voluntad del pueblo. No somos ingenuos, ni entraremos en concesiones: al imperialismo (tan fuerte como lo dijo el Che) ni un tantico así.

Cuando en este mismo lugar, nos reunamos a la vuelta de cincuenta años, para conmemorar el centenario del Asalto a Palacio, no será para decir que esta generación dejó caer las banderas. Sobran razones, alimento histórico, fortaleza moral, compromiso con el pueblo, vanguardia consciente de su rol, para que las banderas reales del Socialismo cubano, nunca caigan.

¡Gloria eterna a los mártires del 13 de Marzo!

¡Vivan Fidel y Raúl!

¡Viva la Revolución!

¡Viva el Socialismo!

*Discurso pronunciado en el acto central conmemorativo del aniversario 50 de los sucesos del 13 de Marzo.

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