El domingo de las palabras

Autor:

José Aurelio Paz

Lo encontré con la humildad propia del título que le da nombre. Estaba allí en un discreto estante de la librería de la Terminal de Ómnibus Nacionales. Lo tomé en mis manos y miré a ambos lados como quien teme que le arranquen el último boleto para montar en el Arca de Noé ante un inminente diluvio.

Mi expresión de ¡Eureka! muda hizo a la empleada interesarse por mi hallazgo. Ella no veía nada de interesante en aquella carátula donde la sobriedad parecía confundirse con la grisura de sus tonos como si se tratara de una monografía de términos funerarios. Enormes letras anunciaban: ¡Premio UNEAC 2000! Luego, en caracteres más discretos, su título: Yo soy una maestra que canta. Mientras casi se necesitaba de una lupa para lograr leer el nombre de su autora, la periodista Alicia Alizundia.

Y me preguntaba ante tal desatino editorial: ¿Es que acaso es más importante el nombre del certamen convocante que el escritor ganador, incluso, que el personaje que da origen al testimonio? ¿Fueron, quizá, Athos, Portos y Aramís los creadores de ese «uniforme ilustrado», que acompaña todavía a algunos concursos literarios, restándole identidad propia a los textos premiados como si el diseño remachara la popular frase de «todos para uno y uno para todos?».

Tuve entonces que explicarle a la empleada que se trataba de un libro que pretendía atrapar lo inatrapable; la vida de la juglar, o como ella prefiere que le llamen: una maestra que canta, con toda su jungla de personajes que le han dado rango de virtud y de principado a un gatico «feo y flaquito», al coralillo arrabalero de los campos cubanos, a un simple cocuyo metido en una botella rota y hasta a la propia «seño» de tantas generaciones de cubanos que crecimos a la luz de sus canciones.

Inmediatamente la compañera me dijo: ¡Ah, esa es Teresita Fernández! como quien habla del tío Pancho que cualquiera puede tener en Jarahueca y duerme con su laúd junto al pecho para que nadie se lo «rasque»; y allí concluyó el encuentro, mientras me decía que no podía tener mejor equipaje que aquel libro para no sucumbir al tedio de un largo viaje en avión.

Había tenido yo el privilegio, años atrás, de leer el testimonio cuando apenas era un manojo de hojas llenas de tachaduras y notas al margen, con el mismo gusto de quien ralla el maíz tierno para el majarete o los tamales. Le auguré entonces, a Alicia, que su libro sería uno de esos inolvidables textos que rezuman el aroma de una vida fecundada con la honestidad martiana que esquiva la doblez en la hoja del caimito. Y no es que fuera yo adivino, sino que la historia «tocada a cuatro manos» junto a la trovadora cubana sí que era y es divina, en esa mezcla de humor y dolor que siempre nos marca.

Confieso que ahora tengo el libro subrayado en sus lugares más íntimos y raigales como alumno que marca lo esencial de una lección que no debe olvidar y compartir en su riqueza; como este fragmento que muchos jóvenes artistas debieran tener de cabecera: «Yo creo que el arte no se vende, se regala. La canción debe ser más barata que el pan porque se te da gratuitamente. ¿Dónde me enseñaron a cantar si es que yo canto? ¿Dónde me enseñaron a mí a tocar la guitarra, sino con Benito Vargas? ¿Dónde me enseñaron a componer? A mi se me dio gratuitamente mi arte y gratuitamente lo doy. Y se me dio además el don de la palabra y del pensar. Por eso a los pobres les canto gratis; a los que tienen algo les cobro en especias, café, tabaco... porque de algo tengo que vivir y a los ricos no les canto porque yo soy juglar, no bufón.».

Considero que este es uno de esos libros que sobrevivirán mi pequeñez humana; un catauro de cubanía que debiera reproducirse para servirlo con el mismo corazón dulce del boniatillo y los buñuelos. O como el mismo osito Juaquinito que un día le regalaron a Teresita y que ella diera a un niño con la promesa de que, luego de disfrutar de la suavidad de su piel de peluche, lo pasara, de mano en mano, para que fuera por el mundo regalando cariño.

Otra Fina palma que da sombra a nuestras letras, la poeta García Marruz, también nos deja una definición preclara de la pureza ética del arte cuando, escuchando a la trovadora según reseña el libro, se atrevió a conceptualizar, desde las propias profundidades del alma, sobre un género que se intuye en su propia lírica: «¿Y qué es una canción? Algo que no se reserva, como no puede reservarse para sí el agua de una fuente, algo que vuela sin remontarse demasiado, no un vuelo soberbio, no, sino un vuelo breve; algo muy humilde que alegra al que pasa y lo distrae de su fatiga o de su tedio. Generosa es toda canción. Las cosas están llenas de mudez, pero el canto es como el domingo de las palabras. Todo lo que pasa sobre la tierra tiende a caer. En la canción como en el relámpago de la gracia, todo sube, imantado, como el tallo de una flor, burlando la ley grave...».

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