Menos dependientes… menos «dóciles»

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Parientes muy cercanos del chantaje que favorece la dependencia, los «condicionamientos» también han sido vehículo para imponer a los necesitados países del Tercer Mundo, los modelos pensados en el Norte.

El mecanismo ha funcionado —y funciona— lo mismo en materia política que económica. Hablamos de dominación. ¿Cuántas veces la justicia no queda entrampada en los marcos de trascendentes votaciones internacionales por la amenaza de recorte a una «ayuda» financiera indispensable, u otra medida de presión?

No de otra manera se condujo a América Latina al caos neoliberal que la sumió en el hueco más negro de su historia. ¿Una nación necesita créditos? «Primero debe vender y dejar hacer a las transnacionales. Privatice». Y algunos Estados dieron a manos extrañas hasta los cementerios con los huesos de sus muertos. O la receta más reciente: «Antes, hay que sanear las finanzas y reducir el déficit fiscal».

Ese ha sido el sucio accionar de instituciones camino a la bancarrota, como el Fondo Monetario Internacional. Así funcionó el cruel mecanismo echado a andar mediante los llamados programas de ajuste. Pero de ese modo también la gente vio vacíos bolsillos y despensas, de modo tan cruel, que hasta la otrora clase media demovió presidentes tomando las calles con sus cacerolas resplandecientes. Si no, que le pregunten a Ménem, De la Rúa, y al pueblo argentino.

Ese ¿pasado? tan reciente, que todavía es hoy en las naciones del Tercer Mundo atadas al FMI y al Banco Mundial por la pobreza y muchas, muchas deudas, explica con todos sus colores y matices el valor de una de las iniciativas latinoamericanas más liberadoras: el Banco del Sur.

Fruto de la estrategia integracionista emprendida por Venezuela y teniendo como principal «cofundadora» a la Argentina de Néstor Kirchner, el Banco del Sur —que primero quizá pareció una utopía— pronto podría ser realidad.

La fructífera y sonada gira latinoamericana que acaba de culminar Hugo Chávez afinó las clavijas del proyecto en Buenos Aires, constató el deseo de sumarse de Brasil, e incorporó a Bolivia. No se busca, en esencia, un mecanismo ideológico —como han pretendido hacer ver algunos presuntos escépticos desde los organismos financieros tradicionales que, en verdad, deben estar sangrando por la herida. Pero es obvio que la independencia resulta esencial para que cada quien pueda asumir y aplicar la ideología que mejor le convenga.

El punto de partida es totalmente práctico y funcional, a partir de un fondo inicial de 7 000 millones de dólares. Y aunque no está explicado en las «reglas», su propósito de ayudar al desarrollo de los países pobres sin humillarse, conceder, o «pedir limosnas a nadie» —como ha dicho Chávez— bien podría completarse con los recientes y cada vez más prolíficos acuerdos de cooperación suscritos por muchas de las naciones de Latinoamérica, a las que se suma el Caribe, como lo demostró el paso del Presidente venezolano por Jamaica y Haití.

A fines de esta propia semana volverán a reunirse en Buenos Aires los especialistas de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Argentina que preparan la constitución oficial del Banco del Sur, cuyo arranque ha sido anunciado para el mes de junio. Nicaragua y Paraguay también le han dado su apoyo, y deberán hacerlo todos quienes aspiren a ejercer su derecho a la autodeterminación.

Los de abajo están colocando, por fin, los cimientos de esa arquitectura financiera internacional nueva que hace tanto tiempo necesitan los vilipendiados países del Sur. Y harán falta todas las manos para que el edificio crezca.

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