Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Piero y los documentos

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Cuentan que paseaba por La Habana Vieja y lo llevaron ante la ceiba que marca el lugar donde se constituyó oficialmente la villa de San Cristóbal de La Habana. Siguió el rito de todo viajero que llega hasta El Templete, frente a la Plaza de Armas. Con su eterna bolsa de tela colgada al hombro y sosteniéndose del tronco del árbol para no caerse porque ve con dificultad, Piero Gleijeses dio tres vueltas alrededor del árbol mientras pedía un único y repetido deseo en su español italianizado: «Yo quiero documentos. Yo quiero documentos...». Tres horas después, llamó feliz al amigo que tuvo la idea de presentarle a la ceiba: su ruego había tenido éxito.

Vi por primera vez a Piero en un evento en el Palacio de las Convenciones. Trabajaba en la redacción de su libro Misiones en conflicto, una investigación sobre las relaciones de Estados Unidos y Cuba con África, desde 1959 a 1976. Con una lupa para aliviar su vista cansada, estaba estudiando el ruso. Intentaba desentrañar los documentos soviéticos de la época, después de haber aprendido el afrikáans para entender los mensajes de los oficiales sudafricanos. Como en otros libros suyos para los que estudió el español, el inglés, el francés y el alemán, se enfrentaba sin intermediarios a los protagonistas de la historia de la guerra que decidió el fin del apartheid y la liberación de Namibia. Como un monje tras las escrituras sagradas, él quería tocar los manuscritos, desentrañar las emociones de sus autores, ubicarlos en el lugar que verdaderamente les correspondían en el rompecabezas africano.

Poco a poco, ubicando una pieza de papel tras otra y en ocasiones esperando años por una carta o un memo, este profesor de la Universidad John Hopkins, que merecería también el título de detective, llegó a conclusiones inobjetables, sostenidas por evidencias tan fuertes como los puntales de un edificio. Piero, además, escribe con un estilo totalmente despejado, como lo hacían los griegos, sin echar tierra a la cara de los lectores y tan atentos a su objeto, que no parecían pensar nunca en que estaban escribiendo, sino viviendo otra vez lo que contaban, de cierta manera espectral.

Así salió aquel libro y así está escribiendo ahora un segundo volumen, que va cociéndose en el mismo fuego donde caen, poco a poco, nuevos documentos. Ha publicado apenas un adelanto en un ensayo titulado La causa más bonita: Cuba y África 1975-1988, que aparece en Cuba y África: Historia común de lucha y sangre (Editorial Ciencias Sociales, 2007), con textos de Piero, Jorge Risquet Valdés y Fernando Remírez de Estenoz. Esta compilación se presentó el pasado sábado en la sede del Instituto Cubano del Libro, ante un público donde abundaban los rostros de combatientes internacionalistas cubanos. Ante ellos Piero probó, entre otras, tres ideas fundamentales. La primera: «Yo no conozco ningún otro país en la época moderna, donde el idealismo haya sido un componente tan clave de su política exterior, como es el caso de Cuba». La segunda: «No conozco ningún otro país más que este, donde por un tiempo relativamente largo haya demostrado tanta generosidad en su política exterior».

Y la tercera: «No fue la “sabiduría” gringa ni la “presión” soviética —como dicen ciertos historiadores— las que decidieron la firma de los Acuerdos de Paz entre Angola, Cuba y Sudáfrica, el 22 de diciembre de 1988. Fue la valentía y la independencia política de Cuba». Y para que tengan una idea del calibre de los documentos que es capaz de rastrear Piero, en Cuba y África se puede leer uno importantísimo, desclasificado por el Gobierno cubano: la carta que le envió Fidel a Mijail Gorbachov, el 1ro. de diciembre de 1987, después de iniciada la ofensiva sudafricana al sur de Angola.

«Nosotros no tenemos la menor culpa de la situación militar allí creada —escribió Fidel al Presidente soviético—. Es una responsabilidad que corresponde totalmente a los asesores soviéticos, que se empeñaron en lanzar las tropas angolanas a una ofensiva en profundidad hacia las apartadas regiones del sureste del país... En la nota soviética se propone declarar que se trata de un relevo normal de personal. Eso sería un error. No hay que inventar ninguna excusa, ni recurrir a la mentira. Tal cosa debilitaría nuestra razón y nuestra moral. Si durante las conversaciones (soviéticas) con Estados Unidos sus representantes tuviesen conocimiento de este envío, hay que explicarles sencillamente la verdad: que la intervención abierta y descarada de Sudáfrica creó una situación militar peligrosa, lo que obligó a Cuba a reforzar sus tropas en una acción absolutamente defensiva y legítima».

«Esta carta me costó tres años de lágrimas», dijo Piero sonriente el sábado en el portal del Palacio del Segundo Cabo, a unos metros de El Templete. «Necesito más documentos para continuar la investigación», añade. Y despistado como todos los genios, Piero no se acuerda de qué madera es el árbol de los milagros que lo ayudó en la aventura de conseguir originales. Por eso muy pocos entendieron cuando el historiador italiano le preguntó a uno de sus amigos: «¿Tú crees que podamos darle otras tres vueltas a la caoba?».

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