¿Adónde se fueron los cocuyos?

Autor:

José Aurelio Paz

Si no me cree haga usted mismo la prueba. Pregúntele a cualquier niño qué es un play station y qué es un marañón.

En el primero de los casos, sin titubear, dirá que es un aparatito redondo que se acopla al televisor, y que traen familiares de la «yuma», el cual permite cortarle la cabeza al dragón Ball; ser un power ranger; seguir en sus travesuras al diabólico muñeco Chuqui; meterse en el cuerpo de Harry Potter para conjurar los poderes divinos; ser Spiderman sobre los tejados de la ciudad o Kenshiro, el seguidor de la escuela de lucha Estrella del norte, dando patadas y puñetazos en un combate post apocalíptico...

Ante el segundo objeto mencionado es casi seguro que se encoja de hombros, haga silencio, le mire a los ojos con ese extravío propio de la inocencia ante lo desconocido y piense que le pregunta por un insecto, una mala palabra que desconoce o, en el mejor de los casos, el nombre que se le dio a aquellos seres humanos prehistóricos que tenían por vivienda las cavernas.

¿A quién echarle la culpa? ¿A la modernidad con su sentido globalizador? ¿A la atareada familia que ya no siembra su patio? ¿A los planes agropecuarios que no toman en cuenta las pequeñas producciones de ciertas frutas que, por su falta de presencia en los mercados, de autóctonas han devenido caro exotismo?

Qué triste. Ya no se escucha en la radio aquel antológico pregón que creíamos del Trío Matamoros cuando es autoría de Félix B. Caignet: «Frutas... ¿quién quiere comprarme frutas? / Mango del mamey y bizcochuelo/ piña, piña dulce como azúcar / cosechadas en las lomas del Caney... Piñas qué deliciosas / como labios de mujer...».

Más triste aún. No escuchamos ya ese tipo de propuesta callejera. La televisión insta, con atractivos mensajes, al consumo de la fruta como benefactora para la salud. Caerle atrás en los mercados es travestirse en Aladino, por su precio, cuando baja a la cueva en busca de la lámpara maravillosa y se encuentra con un jardín donde las manzanas y las peras son de oro, perlas y diamantes.

¿Será acaso por pudor que los nuevos grupos musicales del país no las incluyen, como antaño, en los temas de sus canciones? ¿Qué escribiría el mismísimo Silvestre de Balboa ahora, si llegara a esta «fermosa» Isla, en su laudatorio poema considerado nuestra primera obra literaria, cuando hablaba de sátiros, náyades y faunos que ofrecían a los recién llegados guanábanas, gegiras, caimitos, mamones, pitipayas, siguapas y macaguas...? ¿Qué dentífrico usarían los conquistadores cuando se dice que en América copiaron la costumbre de los aborígenes de frotarse los dientes con la cara parda de la hoja del caimito para que les quedaran blancos y relucientes?

Lo cierto es que todos tenemos la culpa. Hablamos mucho en los medios masivos de cuidar la Naturaleza como valor primigenio de vida y permitimos que nuestras calles estén pletóricas de «zangaletones» vendiéndole al turista jaulas con pajaritos; vivimos tan agobiados por los baches de las avenidas que rara vez invitamos a nuestros hijos, como en la conmovedora escena de Vicentico y su papá en Suite Habana, a treparnos al techo de la casa para contemplar las estrellas.

Mantener la vergüenza y la ineficiencia de un mercado que no ofrece frutas variadas a precios razonables, no impide continuar la tradición de nuestros abuelos; esa generosa vocación por sembrar, en el más mínimo pedacito de tierra, un mamey o un caimito a sabiendas de que solo sus nietos y bisnietos disfrutarán de su fruto y de su sombra.

Luchar contra el facilismo de comprar un raro equipo, la mayoría de las veces convertido en nana que anima al aislamiento y la violencia, es retomar los juegos de época para devolverle el trono, sin sepultar lo bueno de la modernidad, al trompo, la quimbumbia, la ronda, el chucho escondí’o y el papalote, cuando la «gasolina» reguetonera parece haber contaminado hasta la mismísima leche materna.

He aquí la pregunta sin respuesta: ¿Qué pasará con nuestros niños si continuamos el fatuo camino de ser una sociedad que sueña con las tecnologías, pero no da valor al simple gesto de tomar un cocuyo y acostarlo boca arriba para que salte cumpliéndonos un deseo cuando lo echemos a volar? ¿Qué será de ellos, y de nosotros que tenemos la responsabilidad, si continuamos con un discurso dispar entre una educación propiciadora de preservar la Naturaleza y una práctica en cierta medida depredadora de sus atributos?

Me atrevo a decir que es una blasfemia el que los muchachos de hoy tengan que pagar en divisa el falso sabor de la pera o la manzana, en una simple cajita de Tropical Island o un paquetico de polvo de refresco que no resulta precisamente una Caricia natural, y no sean capaces de repetir, como preservo y jugo de la tradición y la memoria, aquella estrofa que muchos recordarán como yo: «el marañón aprieta la bemba / y el tiempo de los bobos se acabó...».

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