Demandas a lo Pijirigua

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Fueron muchos los que tildaron de «salida del tiesto» a Pijirigua, la vaquita que prefería un toro de Morón y otro de Mayajigua, la misma que el cantautor Pedro Luis Ferrer hizo famosa al convertirla en defensora a ultranza del amor a la antigua.

Lo que pasa es que quienes la criticaron no sabían que la ocurrente vaquita estaba clara. ¿Qué iba a ser de ella si la varilla para la inseminación se rompía? ¿Y si se acostumbraba a aquel toro celador que la alebrestaba y luego la dejaba en esa?

Quizá Pijirigua no tenía ningún derecho a oponerse a aquella idea que pretendía mejorar la raza vacuna por medio de la inseminación artificial, de modo que en un mismo ejemplar se lograra la felicidad de asegurar mucha carne y abundante leche, y que por demás fuera resistente, pero ¡qué va!, la muy «maldita» no creía en cuentos. ¿Quién la iba a convencer de que podían ser sustituibles los apuestos toros de la sabana?

Al final, el tiempo le dio la razón, lo que se comenzó con mucho ímpetu, no dio el resultado esperado; sin embargo, ¿significaba eso que teníamos que dar la espalda al desarrollo? Para nada, siempre y cuando estuviéramos conscientes de que cuando la tecnología falla, debemos acudir, sin pensarlo dos veces, a los métodos de trabajo que nos han acompañado hasta hoy.

Lo digo, porque muchos deberían seguir los preceptos de Pijirigua, claro, en otro sentido.

Mire, le explico. Hace unos días me llegué hasta una farmacia cercana a mi casa, con el objetivo de mandar a hacer unos papelillos que el médico le había recetado a una amiga. Resultó que allí no se podían hacer, porque no tenían una balanza digital, así que tuve que trasladarme hacia otros establecimientos que la dependienta, con mucha amabilidad, me indicó.

Y yo debía haber quedado satisfecho. Después de todo, la muchacha no dejó de mostrar una sonrisa hermosa que cada día es más escasa en esos lugares donde se prestan servicios, pero mientras me dirigía hacia el sitio señalado me preguntaba: bueno, y cuando no había balanza digital ¿cómo se las arreglaban para elaborar los medicamentos? ¿Son los de ahora menos capaces que los de antaño? ¿Y aquellos científicos que en su tiempo revolucionaron el mundo cómo se las arreglaban? La explicación es muy simple: había ganas de hacer, tenían un compromiso con ellos mismos y con la sociedad.

A veces pienso que detrás de ese acomodo que enseguida mostramos a las nuevas tecnologías, se esconde el deseo de no cumplir con nuestras obligaciones, con lo que nos toca, y por lo cual devengamos un salario. Pero ¿para qué preocuparnos si de todos modos nuestro dinerito llegará cuando finalice el mes? Ya Manolo del Valle, el bolerista, lo cantaba: Es mejor vivir así...; así, sin esforzarnos, sin buscar soluciones.

Lo triste es que la historia se repite en otros establecimientos del país. Perfectamente puedes acudir a una tienda recaudadora de divisas y encontrar un cartelón que anuncia: «estamos cerrados por falta de fluido eléctrico», lo que se traduce en que la máquina registradora no puede funcionar. Y ni pensar en los bancos. ¡Ni que viviéramos en el Japón!

Mi sobrino apenas sabe leer y ya está pensando en una calculadora. Ya le han dicho que es más sencillo apretar una tecla que retar a las neuronas; tan fácil como jugar con el atari. Eso él lo entiende mejor que si uno se pone a explicarle las razones de Pijirigua, mientras tanto yo, sin ser el toro celador que monta y no siente, aprovecho para presentar mi demanda.

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