La pelota viajera

Autor:

Juan Morales Agüero

Aquel mediodía pintaba para cualquier cosa menos para ponerse a jugar pelota bajo el sol. «¡Cómo se les ocurre...!», exclamaban siempre los mayores. Pero cuando se tienen 15 años de edad no se repara demasiado en semejantes bagatelas, propias de adultos aburridos y regañones. Y así pensábamos todos en el grupo de adolescentes que domingo tras domingo nos achicharrábamos en El Campito, nuestro destartalado terrenito de béisbol, para liarnos a batazos y discusiones.

Llegábamos a gotas. César, con su estropeado guante, regalo de un primo que quiso una vez ser pelotero; Alberto, arreos y careta en ristre; Jorge Alba, el único que tiraba curvas entre nosotros; Humberto, con un bate de majagua fabricado a machete limpio... De más está decir que ser dueño de uno de estos implementos garantizaba la inclusión en alguna de las novenas.

Jugar en El Campito no era miel sobre hojuelas, se las traía por sus irregularidades topográficas: mitad tierra y mitad cemento. Imponía que los jardineros derecho y central se situaran a más de medio metro sobre el nivel del resto de las posiciones, entre los aparatos de un parque infantil; que el antesalista y el torpedero casi pegaran las espaldas a la cerca; que el left field jugara mucho más allá del límite perimetral, en medio de una calle; que el segunda base y el inicialista tomaran posiciones cercanas al lanzador...

Aquel domingo estábamos los de siempre y recién comenzaba el juego. Cada cual ocupó su sitio acostumbrado. En la lomita de uno de los equipos contendientes se trepó el gordo Jorge Alba, quien, durante el calentamiento, hizo sonar con estridencia la mascota de su receptor con aquella nuestra única pelota disponible, forrada esa mañana con esparadrapo y empolvada luego con ceniza para, según se aseguraba, facilitar el agarre y hacerla menos pegajosa al tacto.

Pero —¡ay!—, Jorge llegó a realizar solamente un lanzamiento oficial. El hombre al bate, bien plantado con la majagua, le hizo swing y levantó un fly de foul hacia atrás, casi perpendicular con la calle por donde transitan los carros que se dirigen hacia la ciudad de Las Tunas. Sucedió entonces algo extraordinario: en ese preciso instante acertó a pasar por la vía un transporte serrano —guarandinga, como le llamaban— repleto de pasajeros. Y como las casualidades están para que ocurran, la pelota fue a caer exactamente encima del maletero, situado en el techo del vehículo. Así de sincronizada fue la caída.

Cuando vinimos a darnos cuenta, ya la guarandinga se había alejado lo suficiente como para no poder darle alcance ni con la voz ni con las piernas. Ninguno de los viajeros se había percatado del abordaje de aquella intrusa de última hora, sin la cual nuestro encuentro dominical estaba condenado irremediablemente a irse a bolina.

Pasmados e incrédulos, perdida en calidad de «polizona» la única pelota en existencia por causa de aquel azar fuera de cálculo, recogimos el magro equipamiento y nos despedimos a deshora con la promesa de inventar algo, cualquier cosa, para la próxima cita dominguera.

Cuando retornamos a nuestros hogares —tristes, derrotados, cariacontecidos— más de un padre nos salió con aquello de «¡pero cómo se les ocurre...!» Y a pesar del respeto que nos inspiraban, más de uno les respondió con una silenciosa pero elocuente torcida de ojos.

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