Fósforos para el matrimonio

Autor:

José Aurelio Paz
Un joven llamado Lismaidel le pide, a este pobre mortal que soy, que escriba sobre el matrimonio. ¡Vaya tarea escolar con la que me voy a ponchar! Un tipo como yo, que llevo casi una década a mi libre albedrío, no es el mejor ejemplo ni está capacitado para dictar arengas conceptuales al respecto, pero, como para mí la petición de un lector es sagrada, subo con gusto al cadalso.

En la búsqueda de una tangente que me salve de tal trance he decidido lo siguiente. Si todo acto humano pasa por el tamiz del corazón de cada persona, entonces comencemos por «encuestar» a los grandes; a esos genios de la ciencia, la filosofía, la teología, el arte o la literatura que dejaron destellos de sus visiones, de su propia experiencia vital, cuando escribieron sobre el principal «culpable» del matrimonio; ese verdugo del cual nadie ha podido escapar: el amor.

Desde los tiempos bíblicos andamos todos tratando de explicarnos ese sentimiento universal que rige la vida. La definición que aparece en Primera de Corintios 13, resulta un breve compendio de sabiduría que puede hablarle hasta al más escéptico de los mortales: «Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. /Y si tuviese profecías, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. / Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. / El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; / no hace lo indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. / Todo lo sufre, todo lo espera, todo lo soporta...»

Pitágoras le sacó la raíz cuadrada a la cuestión: «Purifica tu corazón antes de permitir que el amor se asiente en él, ya que la miel más dulce se agria en un vaso sucio». Así estableció la regla de oro para el éxito de cualquier relación humana, llámese matrimonio, familia o amistad. Lo primero que tiene que revisarse, ante tan raigal asunto, es la verdadera disposición de cada cual a compartir lo mejor de las fibras más íntimas sin establecer condiciones y lejos de esas transacciones económicas en las que, a veces, se nos convierte la vida: «yo te doy a cambio de...». Teorema el del matemático griego al cual la gran Indira Ghandi completa cuando afirma que «el amor jamás reclama; da siempre». Y no es que esté hablando ella de un amor bobo, discapacitado, sino de lo más puro que se tiene y que no podemos manejar como mera mercancía que se trueca, se compra o se vende.

En la fallida experiencia de Napoleón con su Josefina, «el amor es una tontería hecha por dos». Para Isadora Duncan —¡Vaya a saber en qué desvarío amoroso pensaba cuando se le enredó la bufanda que la estranguló!— «es un pasatiempo y una tragedia»; mientras que Saint Exupéry estima que «no es mirarse el uno al otro, sino mirar los dos en la misma dirección», y al decir de Octavio Paz «...una llama doble». Espronceda aporta una nota culinaria: «El amor es como la salsa mayonesa: cuando se corta, hay que tirarlo y empezar otro nuevo».

De manera, amigo Lismaidel, que con tus 19 años andas preocupado por el asunto —no sé si a favor o en contra—, te digo que nada es absoluto en la conducta humana, sino todo pasa por el prisma espiritual de cada individuo. La cotidianidad está llena de ejemplos de personas que, sin firmar un papelito oficial, han dado legalidad, en perfecta armonía, a la muchas veces engañosa frase de «hasta que la muerte nos separe». Otros, autenticados en cuanto registro civil e iglesia puedan existir, no pasan de ser pura escenografía pública y moral; cadáver maquillado al cual le han extraído el corazón que es, precisamente, el amor.

Lo importante es tener en cuenta que «una civilización sin amor es un cementerio» (Follereu), porque «el que no ama ya está muerto» (San Juan de la Cruz), de modo que no temas dejar que el corazón se te escape por la boca para decir como el doctor Jeckyll: «Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite».

Afirmaba el filósofo y teólogo danés Kierkegaard: «Cásate y lo lamentarás. Si no te casas, también lo lamentarás». Mi exhortación, pues, es esta (que no soy yo quién para aconsejar ni sugerir): vive tu propia aventura, a tu cuenta y riesgo y con todas las ganas posibles, desde la rectitud y la honestidad humanas. El éxito estará en que alcances a respirar en esas aguas profundas que parecen no existir ante el empuje abrumador de ese espumoso champán que son las olas, pero que también mueven vida, allá en lo oculto, adonde el sol no llega, aunque no se vean al primer golpe de ojo y haya que llenarse los pulmones de oxígeno para la zambullida que exige. Quizá, entonces, encuentres esos fósforos con que encendemos el candil del amor, que va más allá del simple rito del matrimonio, para incendiar lo verdaderamente eterno.

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