Maraña en el Arca - Opinión

Maraña en el Arca

Autor:

Luis Luque Álvarez

Idriss Deby, presidente de Chad, visita a los niños en el orfelinato de Abeche. Foto: AFP El frustrado intento de la supuesta ONG francesa El Arca de Zoé de trasladar niños africanos a Europa, bajo disfraz humanitario, suscita  polémica sobre tráfico de menores

Nuevamente, como durante siglos, europeos con sombríos propósitos fueron la pasada semana a África en busca de riqueza. Pero no de oro, diamantes o petróleo, sino de niños. Seis franceses, miembros de una supuesta organización no gubernamental (ONG), llamada el Arca de Zoé, bajo el falso hálito de la solidaridad y la preocupación por los niños de la región de Darfur, Sudán, pretendieron trasladar a Francia 103 pequeños hipotéticamente originarios de esa zona, con el objetivo de brindarles «una buena familia» y «un nuevo hogar».

La acción, frustrada por las autoridades chadianas —que detuvieron a los franceses, así como a los siete tripulantes españoles y al piloto belga de la aeronave encargada de la operación—, sería la primera de la política de «evacuación humanitaria» planteada por dicha ONG hace ya más de cinco meses, la cual contemplaba la salida de Darfur de mil infantes. Aunque el entorno de este «gesto» no ha estado muy claro que digamos, pues unas 300 familias galas habrían pagado entre 2 800 y 6 000 euros por un niño. ¿Altruismo o mercancía?

Las operaciones se efectuaron con la mentira como escudo, y se falsificó la situación de los 103 infantes, quienes fueron vendados para hacer creer que estaban heridos y así poder «legitimar» sus intenciones.

Abundantes evidencias mostraron que todo no fue más que un montaje. Para imprimirle mayor fuerza al drama, arguyeron que los niños estaban abandonados sin amparo filial en medio del problemático Darfur. Y precisamente ellos, ¡zaz! cayeron del cielo, o mejor, del norte, para rescatarlos. ¿No es hermoso?

Menos que un reproductor digital

El tráfico de niños africanos hacia Europa es una práctica enraizada desde los tiempos de la esclavitud, y aún sigue vigente, por razones que van desde la pobreza secular heredada de los más duros siglos de colonización, las catástrofes naturales, las crisis económicas, y los ya habituales conflictos armados que sacuden al continente, y que han obligado a muchos nacionales a desplazarse en busca de un pedazo de tierra sin armas y con alimentos.

Solo en la zona de guerra de la que el Arca de Zoé pretendía «salvar a la infancia», un conflicto ha obligado desde 2003 a más de dos millones de personas a vivir en campamentos de desplazados. Más de un millón son niños y 320 000 de ellos tienen menos de cinco años. En este mismo país (Sudán), el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) estimó en marzo de 2004, que unos 17 000 menores estaban enrolados en grupos armados.

Para sobrevivir, muchas familias africanas han permitido la prostitución de sus hijos, que son arrancados de su tierra. Francia es uno de los destinos más recurrentes de estos pequeños, quienes también asumen el trabajo doméstico.

Pero el tráfico de menores no solo está dirigido hacia Europa, sino que otras rutas apuntan a distintas regiones dentro del continente africano, más ricas que las zonas de origen, y en las que la explotación laboral de los niños ha constituido una nueva forma de esclavitud, que sustenta a muchas de las plantaciones, la servidumbre doméstica y los prostíbulos.

En este comercio ilegal dentro de la misma África, los niños cuestan menos que un reproductor digital de música de los que se venden en los mercados de Europa: unos 15, 30 y hasta 50 euros. Posteriormente el pago per cápita se incrementa en dependencia de los eslabones que tenga la cadena mafiosa para sacar a los infantes al exterior. Una mafia que, como cualquier otra, incluye reclutadores, intermediarios y policías corruptos en las fronteras.

Pero el destino del tráfico no importa. Sea a Francia o hacia cualquier país de Europa o del mismo continente negro, los niños africanos terminan siendo una mercancía más. La esencia de la historia se recicla con nuevas caras.

Negreros modernos

El cuento del Arca de Zoé para volar con el centenar de niños africanos rumbo a Europa, tuvo varios destellos de ficción. Primeramente, el propósito era «salvar de la muerte» a un grupo de «huerfanitos», niños «sudaneses» que no tenían a nadie en el mundo. Después, se habló de que estarían enfermos, y que la «ONG» se encargaría de gestionarles tratamiento médico en Francia.

Algunos en Europa llegaron a creer la fábula de estos «Robin Hood caritativos», y achacaron el operativo en su contra a una manía persecutoria del gobierno francés, que habría informado a su par de Chad. Pero la realidad demostró, lamentablemente, que había motivos para recelar: ni los niños eran sudaneses, ni padecían enfermedades incurables o que precisaran urgente hospitalización fuera de su territorio de origen, ni estaban solos en el mundo.

La verdad es que los menores eran originarios de Chad, de zonas limítrofes con Sudán, y 91 de ellos (de 103) tenían parientes adultos. Sin contar que algunos, de tan pequeños, no podían ni expresarse sobre la cuestión. Descubiertas estas irregularidades, decenas de personas —entre voluntarios y posibles familias de acogida— se quedaron esperando en el aeropuerto francés de Reims-Vatry (noreste) el vuelo que nunca llegó.

«Negreros voladores de los tiempos modernos» fue, según el diario español El País, uno de los muchos titulares que la prensa chadiana les reservó, evocando aquellas escenas de esclavos enyugados que eran arrancados para siempre.

El proceso, no obstante, apenas comienza, y no hay que apresurar conclusiones. A un lado las mentiras disfrazadas, el pretexto «humanitario» de una adopción «a la carrera» en Europa, queda refutado, nada más nacer, por la postura oficial del UNICEF frente a la cuestión de niños que quedan separados de sus padres por alguna contingencia natural o provocada por el hombre: «No se debe dar por supuesto que esos menores no tienen padres o parientes vivos. Aun en el caso de que ambos progenitores hayan muerto, existe la posibilidad de encontrar a otros parientes vivos, o de que el niño pueda regresar a su comunidad u hogar una vez apaciguado el conflicto o finalizado el desastre natural. Por tanto, en lugar de planificar la adopción internacional de esos niños y niñas se debería dar prioridad a la localización de las familias».

¿Acaso el Arca de Zoé se dedicó a averiguar el paradero de los familiares de esos muchachitos, muchos de los cuales —según funcionarios del UNICEF— pedían llorosos que los llevaran donde sus padres.

Maraña, y no tesoros, es lo que hay en el interior de este arcón.

Arca de Zoé asume ilegalidad

Eric Breteau, jefe del grupo de los detenidos del Arca de Zoé, segundo a la izquierda, y otros miembros de la supuesta ONG esposados en Abeche. Foto: AP LA ilegalidad del Arca de Zoé quedará revelada por sus propios protagonistas, cuando hoy domingo, el canal de la televisión francesa M6 transmita, en su programa 66 minutos, un reportaje sobre el secuestro.

El documental fue realizado por el periodista de la agencia Capa, Marc Garmirian, quien se encuentra detenido en Chad, junto a los otros 16 europeos y los chadianos, acusados de tráfico de niños.

Hervé Chabalier, presidente de Capa, refirió a la AFP que Garmirian fue a Chad «para tratar de comprender esta particular operación que parecía estrafalaria».

El documental muestra imágenes del convoy en el que viajan los niños a punto de partir desde el aeropuerto de Abeché, al este de Chad, el 25 de octubre; así como escenas en las que miembros de la ONG maquillan a los pequeños para que parezcan heridos, y hacer creer a las autoridades chadianas que se trataba de una verdadera evacuación humanitaria.

También diálogos inculpadores hablan por sí solos en este producto televisivo.

«¿El Estado chadiano está al corriente de la operación?», preguntan los colaboradores del Arca de Zoé en Chad. «Nuestra operación no les molestará porque no son niños chadianos, sino sudaneses», responde Eric Breteau, presidente de la ONG.

«Podemos admitir que son sudaneses, pero tienen familias chadianas», le dice un colaborador, visiblemente inquieto.

Posteriormente, Breteau muestra una bolsa con efectos personales preparada en caso de que él sea arrestado... en Francia, reseña AFP.

Sus padres están muertos y su tía no puede ocuparse de ellos, dicen los jefes de un poblado al llevar a tres niños al centro de la organización en Abeché, y ajenos totalmente al objetivo de la operación «humanitaria».

Arca de Zoé había solicitado permiso a las autoridades para crear un orfanato en Abeché y no para trasladar niños a Francia, ha revelado Chabalier sobre el documental.

África está harta

Sea cual fuere el veredicto de la justicia de Chad contra los seis franceses —todo parece indicar que la tripulación española y el piloto belga saldrán mejor parados, presuntamente por no estar al corriente de la ilegalidad de la operación—, el drama de 1,2 millones de niños que desaparecen anualmente de sus hogares y van a parar a manos de traficantes, necesita más que una sentencia aislada y hermosas palabras de parte de los gobiernos del mundo.

Si se conoce que esa repugnante trata, deja dividendos por 7 000 millones de dólares anuales, según estima UNICEF, es evidente que ese dinero no se echa en una alcancía con forma de cerdito, sino que se invierte y reinvierte, sin que se le siga la pista eficazmente. O quizá el rastro es conocido, pero unos cuantos billetes están bastando para que la impunidad reine.

El 20 de octubre, UNICEF solicitó a los gobiernos europeos mayor implicación en la lucha contra el tráfico de menores, pues hasta ahora es «insuficiente», pese a que todos esos países padecen el flagelo.

Ayer, los pillos venían con arcabuces y látigos; hoy, más sutiles, se arman de ositos de peluche, golosinas y doradas promesas. Pero el fin es idéntico.

Los del Arca —y quienes los han tolerado— tienen que aprender de una vez que África está harta de ladrones y de baratijas.

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