Buena persona

Autor:

Luis Luque Álvarez
La frase del titular, además de haber servido de estribillo a una canción en los años ochenta, ha servido para identificar erróneamente al que transige, al que no es tan «cuadra’o». Si Fulano me resuelve una caja de cervezas a menor precio, haciendo gala de pródigo (claro, con los recursos que no le pertenecen), queda incluido de inmediato en esa categoría. «Qué buen tipo, ¿no?».

Pero no es de este mal calco del que hablo, sino del ser humano de alma límpida. O sea, no de ángeles perfectos, sino de personas que, a pesar de sus contradicciones, no permiten que estas le roan el corazón y se lo envenenen con el mensaje: «Anda, amárgales la vida a los demás».

Una buena persona tiene por característica esencial precisamente lo contrario: jamás desea hacer daño. Puede equivocarse y cometerlo, desde luego, pero no lo buscará con saña, ni se regodeará en el naufragio de aquel a quien quiso hacerle la vida un yogur.

Ojo entonces: quien se descubra maquinando el mal contra un semejante, bájese voluntariamente del tren de los buenos, y solo vuelva a montarse cuando se le hayan quitado las ganas. A fin de cuentas, ya hay demasiada gente engañada acerca de sí misma: se creen excelentes porque aman a sus hijos, esposas y padres. Ah, sí. Aunque también los más crueles criminales de la Historia han amado a sus seres más cercanos, y han reservado alambre de púas para los otros, para «los que se jodieron», parafraseando a un muy orgulloso caballero español cuando fue preguntado acerca del destino de los pueblos pobres de nuestra América.

Hay quien incluso relaciona una profesión con el hecho de albergar un alma grande. Mi amigo y profesor José Alejandro Rodríguez suele citar una verdad muy particular, que bebió de un maestro del reporterismo: no se puede ser buen periodista si no se es buena persona.

Discrepo: hay sujetos con grandes artes para la comunicación, enorme capacidad de trabajo e insuperables dones de imitación. Lo mismo con la pluma en la mano —quizá debí decir «el teclado bajo sus dedos»—, que armado de un micrófono ante una cámara de TV, proyectan una imagen, transmiten mensajes bien aderezados. Y llegan al receptor, y cautivan, y son tenidos por buenos.

Sin embargo, adentro tienen oscuridad. Poseen la habilidad, sí, pero esta es fría, puede envanecer si no se le sujetan las riendas, y además circula por arterias que no siempre rozan el corazón... ¿De cuántos tipos listos no está resentida la humanidad?

Descarto esa conexión y aterrizo un poco más, justamente en la Cuba que conozco desde que tengo uso de razón, en la que se debate día a día por preservar lo bueno que se ha ganado con mares de sudor, desafiando a un caprichoso vecino que no quiere amigos, sino súbditos.

Hay que estar claro, y ser de buen espíritu, para no sucumbir a la tentación del «Caribbean paradise» que se nos promete. Pero también para saber reconocer las propias miserias, sin disimularlas bajo la influencia de un cargo o determinada posición.

Por ahí, por esa línea —y no por solo repetir un alegre estribillo—, pasa el verdadero enaltecimiento del individuo. Y la perfección de los buenos proyectos.

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