Senel en dos tiempos - Opinión

Senel en dos tiempos

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

«EL gran rompedor de barreras literarias de nuestra generación» lo llamó Francisco López Sacha hace un par de sábados, debajo de los arcos del Palacio del Segundo Cabo, donde se presentó la más reciente novela de Senel Paz: En el cielo con diamantes (Editorial Oriente, 2007).

También, dice Sacha, esta obra regresa, por un camino de referencias artísticas más complejo y con una gran belleza plástica, al gran tema de la literatura de Senel: la necesidad de incluir al «otro» en la mirada nuestra, la imperiosa necesidad de la participación.

Si hubiera que apretar en un par de líneas la esencia de un libro como este, las palabras que apunté en mi agenda son las justas y advierten, desde la percepción de un especialista tan lúcido como Sacha, que tal novela será perdurable. Pero hay que leerla para saber de qué modo está el cubano anónimo e individual atrapado allí y por qué En el cielo con diamantes no es una obra que se fija con un alfiler, como una mariposa, en la historia de la literatura cubana.

El argumento es simple en apariencia: la iniciación de la vida sexual de dos adolescentes, David y Arnaldo, ambos nacidos y criados en un pueblecito rural del interior de la Isla, que en la década del 60 viajan a La Habana para continuar sus estudios. Intuyen que el sexo es la más inquietante y perturbadora de las experiencias, algo que jamás habría tenido para ellos ese carácter trascendental si no hubiera estado cercado por tabúes, prohibiciones y prejuicios, si para hacer el amor con una mujer no existieran tantos escollos que salvar.

Estos dos personajes, que entran y salen de la narrativa y de los guiones cinematográficos de Senel —Un rey en el jardín, Una novia para David, Fresa y chocolate...— vivirán en esta novela su momento de gloria, es decir, su momento constitutivo, el instante en que aparecen y luchan para revelarse como héroes literarios que exploran con fascinación las calles desconocidas y que poco a poco van adivinando las interioridades y las gentes de ese laberinto, lleno de novedades, que es La Habana. Que lidian, también, con los prejuicios y la intolerancia, que descubren cuán difícil es avanzar por el camino de la duda inteligente, porque para algunos todo es negro o blanco, homosexual o heterosexual, figurativo o abstracto, Industriales o Santiago, carne o poesía.

Escapar con ellos de la rutina del colegio y de nuestra propia rutina, bregar con el amor de Vivian o el de Nancy, con el desodorante Fiesta y la maleta de palo, con las canciones de Los Beatles y de Los Zafiros, con un sentido lúdico y un humor que desencartona cualquier pretensión apocalíptica, es en cierto modo vivir la vida verdadera, la vida contradictoria y magnífica de millones de adolescentes nacidos poco antes, durante o después del Triunfo de la Revolución.

Una clave, como advierte Sacha, es la participación. La otra es la nostalgia. Los indios del Amazonas tejían sus cestas con los juncos crecidos a la orilla de los ríos que amaban, para que meses y años después olieran como cuando eran verdes y frescos a la orilla de los arroyuelos. Nuestra vida, a través de esta novela de Senel, también recupera sus antiguos olores. Basta con que un personaje tararee Let it be y por la radio se oiga al Benny, basta que Arnaldo nos presente a la Chiva Canela, y la abuela de David prepare la sopa en la cocina, basta que el aguacero caiga sobre el techo de la beca, para que regresemos a esos espacios y a ese tiempo que fueron nuestros, verdes y frescos, a la orilla de los ríos donde crecimos.

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