La boda de Sarkozy

Autor:

Luis Luque Álvarez

El anuncio ya demandado. ¿Por fin se casa el presidente francés Nicolás Sarkozy? La prensa del corazón —o del intestino, para mejor decir— está explotando el tema hasta la saciedad: que si su nueva prometida, la ex modelo Carla Bruni, posee mejor figura que la ex, Cecilia; que si se pasaron unas vacaciones en Jordania y Egipto; que si una fiesta sorpresa; que si pitos, que si flautas.

Incluso una empresa aérea irlandesa, Ryanair, pensó hace unos días hacer su agosto con una imagen publicitaria (que acompaña a este texto), en la que la hermosa Bruni se alegra de pensar: «Con Ryanair, toda mi familia puede venir a mi boda». Y claro, que ya la gracia le ha costado una demanda a la compañía.

¿Qué piensan los franceses de estos amplificados murmullos y trajines? Los sondeos muestran que la mayoría está hasta la mollera de esos devaneos privados. Además, según la cadena británica BBC, el 56 por ciento —unos 20 puntos más que cuatro meses atrás— cree que las medidas económicas del gobierno de Sarkozy son «malas, y que la concreta, la mejora del nivel de vida y de los ingresos, que fue por lo que lo votaron, no está en el horizonte inmediato.

Es por ello que «Sarko» pretende «aterrizar» algunas propuestas. Muy pronto prevé anunciar la implementación de medidas para crear 45 000 empleos para los jóvenes de unas 300 barriadas «conflictivas», aquellas en las que en noviembre de 2005 quemaron miles de autos tras la muerte de dos hijos de inmigrantes. El presidente, que en ese momento era titular del Interior y llamó «escoria» a los revoltosos —sin muchos reparos en las causas de su exclusión social— ahora desea dar un paso positivo. Habrá que esperar para evaluar los métodos y el efecto.

No obstante, la cantera que suponen muchos inmigrantes para que la marginación se traduzca en violencia, también tiene sitio en la agenda del mandatario, una de cuyas medidas es potenciar una inmigración «selectiva» por razones laborales, en detrimento de la reunificación familiar. No me detendré mucho en esto, que ha dado ya bastante pasto de discusión en Francia. No se entiende que se escoja a los mejores entre los mejores, ¡quienes precisamente son más necesarios en sus empobrecidos países de origen!, y que se ignore a quienes, con menos letras, desean tener a sus familiares consigo en un lugar de menos apuros económicos.

Por otra parte, la semana laboral de 35 horas, establecida por el primer ministro socialista Lionel Jospin (1997-2002), va abajo. Y sin sorpresas, porque Sarkozy lo apuntó en su programa electoral. Quien desee trabajar más, debe poder hacerlo, opina. Es correcto, ¿no? Solo que ello podría —imagino— relegar, a ojos de los empleadores, a quienes están imposibilitados de extenderse.

Pues bien, estas ideas no estarán por mucho tiempo solamente en el escritorio del mandatario. Ni tampoco lo estarán, presumiblemente, las recomendaciones que le entregó una comisión de expertos, el 24 de enero. Entre estas se cuentan abrir a la libre competencia algunos sectores económicos «demasiado regulados», invertir masivamente en educación, y aumentar la entrada de inmigrantes para contrarrestar la escasez de mano de obra, aunque, según Jacques Attali, jefe del grupo de entendidos, «debemos atraer lo mejor y lo que más brilla en el mundo». Lo mismo que decíamos líneas atrás, con otras palabras.

Por lo pronto, Sarkozy ya reclutó a dos eminentes académicos, los Premios Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Amartya Senel, quienes investigarán sobre instrumentos más efectivos para medir el crecimiento de una economía, que el engañoso Producto Interno Bruto (PIB).

Para Stiglitz, el PIB por sí mismo no refleja ni el deterioro del medio natural ni la sobreexplotación de sus recursos, e incluso, si se eleva la producción material, ello no significa que el bienestar de la población necesariamente vaya en ascenso. Es justo lo que «Sarko» dice querer comprobar, con el objetivo de adecuar las cuentas nacionales y tener una idea más exacta de la calidad de vida de sus conciudadanos.

De manera que monsieur le président tendrá boda, sí, con las matemáticas y la contabilidad. Y los franceses esperan a ver qué trozo del cake les tocará...

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