El delirio de la desnaturalización - Opinión

El delirio de la desnaturalización

Autor:

Nelson García Santos

Cuando se escriba la historia del paternalismo, aun vigente en cualquier dominio, habrá que dedicarle un capítulo al «lenguaje bondadoso» y a su influencia funesta.

Se llegó al extremo, poco a poco, de abolir las palabras genuinas y exactas para señalar, con toda propiedad y claridad, los hechos perniciosos cometidos por alguien.

Gracias al ablandamiento del vocabulario la expresión «cometió un delito» reemplazó a «robo»; «jinetera» a «prostituta»; «trasgresor» a «delincuente»; y «revendedor» a «especulador», en un escamoteo más bien pensado de lo que muchos puedan imaginar.

Con idéntico fin se echaron a rodar otra serie de frases muy generalizadas como la de «está luchando los pesos», o «alicateando», que encubren el negocio ilícito.

Ese delirio de la desnaturalización, de la realidad y el hecho, impuso un modo menos hiriente, más suave, digerible y manso para reflejar un modo de hacer mañoso y punible.

Los propios transgresores se encargaron de popularizar en parte el vocabulario, que saltó de la calle a los medios de difusión masiva, empujado por el afán congénito de cierta burocracia —qué rara coincidencia— de trampear hasta las palabras.

Para ellos, ladrones, prostitutas, especuladores... resultan expresiones muy fuertes e, increíblemente, como me dijo un día, sin el menor reparo, uno de esos personajes: «¡Esas palabras pertenecen al pasado!»

El lenguaje «bondadoso» en función de calificar el acto repudiable confunde a la gente, trasmite un mensaje distorsionado y solo beneficia a los que están al margen de la legalidad y de la moral. Por algo los transgresores se defienden, hasta con violencia, cuando se les llama según corresponde: ladrón, prostituta, delincuente o especulador, palabras muy reveladoras de quién es quién.

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