Un premio a la medida - Opinión

Un premio a la medida

Autor:

Juana Carrasco Martín
La rudeza del fútbol americano —un deporte preferido de los estadounidenses y ausente prácticamente en el resto del mundo— singulariza a una sociedad históricamente apegada a la violencia. Los equipos proliferan en las escuelas, estén donde estén, sean públicas o privadas, y en cualquier nivel de la enseñanza, desde la primaria hasta las universidades.

Cada juego va acompañado de todo un espectáculo donde las muchachas porristas amenizan, alborotan, estimulan a su equipo y aguijonean al público. Ni se sabe la cantidad de películas que la industria cinematográfica hollywoodense ha dedicado al tema, y cuántas faltan todavía por filmar.

Desde niños sueñan con llegar a ser estrellas de las ligas universitarias y profesionales, y hasta formar parte del equipo, o mejor aún ser su capitán, porque va acompañado de un especial éxito con las muchachas. Parecen ser más «machos» que el resto de los varones...

Armas ocupadas en Filadelfia a un muchacho de 14 años que quería tener su propio Columbine. Y, de pronto, como parte de ese entorno particular del fútbol rugby, sorprende las objeciones de un veterano de la guerra de Iraq, en la localidad de Millerstown, en Pennsylvania.

Podemos imaginarnos al menos una parte de los horrores que puede haber visto David Díaz mientras sirvió durante dos años en Iraq con la 101 División Aerotransportada, cuya notoriedad tiene como base haber participado en cuanta guerra ha declarado Estados Unidos y en cada invasión proyectada y ejecutada contra otros pueblos.

El veterano tiene, por tanto, suficientes conocimientos acumulados para poder reconocer los vericuetos que llevan a esa condición de violencia que casi siempre acompaña el actuar de su país, y por eso le preocupó el caso del fútbol rugby...

David Díaz denunció lo inapropiado de los premios de una rifa que la liga juvenil de fútbol del centro de Pensilvania organizó con el propósito de recaudar fondos: nada menos que fusiles.

El asunto le crearía un sobresalto a cualquiera con un mínimo de conciencia; en el caso del veterano lo sintió muy de cerca, su hija de nueve años, y porrista del equipo escolar, debía vender papeletas para el sorteo de octubre, pero él fue categórico: «No creo que sea acertado que utilicemos las armas para recaudar fondos a fin de que puedan jugar al fútbol americano».

Sin embargo, otros piensan bien distinto, así la vicepresidenta de la Asociación de Fútbol Menor de Greenwood-Newport, la liga que se «beneficiará» de esa peligrosa lotería a diez dólares el boleto, y en la que compiten niños entre los cinco y los 13 años, solo se le ocurrió dar la explicación de que eran apropiados los precios para los fusiles...

Y esta fue la irresponsable declaración de Pat Dorman: «La gente caza; las armas no son utilizadas solamente en acciones de violencia». Y añadió el argumento: «Deseamos atraer a la gente para que compre los boletos», los ganadores, si no quieren el fusil, podrán recibir dinero, y si tienen menos de 18 años no se les dará el arma, entregada en una armería que «cumplirá todos los requisitos legales, incluyendo la averiguación de antecedentes».

El fiscal del condado, Charles Chenot, citado por AP, dio a su vez el visto bueno de apariencia salomónica: «Es legal que los menores vendan boletos para la rifa, pero no pueden ganar el arma o entregarla al ganador». Y quiso ponerle punto final al debate.

Tanto la Dorman como el Chenot restan importancia, o quieren olvidar por completo, un asunto que de vez en vez pone al borde del terror a Estados Unidos: las matanzas en las aulas, cometidas por muchachos o jóvenes a quienes les fue demasiado fácil encontrar las armas y dispararlas. Por el contrario, con una venda en los ojos, le abren las puertas a una nueva posibilidad criminal cuando dan o aprueban un premio a la medida de su guerrerismo.

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