Grandes todos de la cultura cubana - Opinión

Grandes todos de la cultura cubana

Autor:

Rufo Caballero

Lo más significativo de los recientes conciertos a propósito del medio siglo de vida artística de María Eugenia Barrios (conocidos ya el rigor y el virtuosismo de la cantante), ha sido, más bien, la distinción con que esta mujer ha optado por fundir su merecida jornada de celebraciones con un homenaje profundo, muy emotivo, a la cultura cubana. No únicamente invitando a otras figuras cumbres de la escena nacional —sin el prurito odioso de falsos distingos entre alta cultura y cultura popular, pues la gran cultura cubana es una sola—, sino por el cuidado con que María Eugenia ha vuelto a colocar el repertorio lírico cubano en el centro de sus interpretaciones.

Dos divas de Cuba: Rosa Fornés (Foto: de Roberto Meriño) y María Eugenia Barrios. Hace décadas que la Barrios se afana por situar nuestra canción lírica al mismo nivel que la más compleja aria validada por el glamour del canon universal. Ha escrito toda una tesis sobre eso —a punto de salir como libro—, y de hecho, en sus conciertos, cada vez más los autores del patio ocupan el lugar que ganaron un día por derecho propio. Esta María Eugenia, además de mujer refinadísima, conocedora plena del arte lírico, es una cubana de sangre y de nervio, comprometida con la actualización del mejor legado del repertorio nuestro.

Si bien el concierto que ofreció en el Amadeo Roldán combinó los relevantes valores de compositores como Puccini, Lehar, Roig o Lecuona, cuando la Barrios volvió por sus fueros, hace apenas unos días, en el Oratorio de San Felipe Neri, se decidía, ya de un todo, por el Parnaso cubano, y además de los imprescindibles Roig y Lecuona, hizo temas de Sánchez de Fuentes, Alberto Villalón, Rodrigo Prats, Ernestina Lecuona, et. al. El bloque dedicado a Ernestina —con temas como Cierra, cierra los ojos o Ya que te vas— fue particularmente brillante: María Eugenia contribuía a destacar la composición de una grande del pentagrama cubano, todavía sin conocerse entre los más jóvenes, en todo lo que su envergadura artística merece.

La Barrios se lució primordialmente en Miedo al desengaño, de Prats, porque el tema, bellísimo pero ajeno a efectismos vocales y a cambios y giros propicios a la pirotecnia interpretativa, permitió comprender lo que es cantar bien, interiorizando un tema hasta su médula, sin necesidad de muletas ni de acentos gratuitos, con pasión pero sin alardes, con esa medida que, de siempre, distingue al arte. Vocalmente, Miedo... no es justo lo que se llamaría, en el argot, «un tema agradecido»; sin embargo, la Barrios puso de pie al auditorio, en pleno. No es otro el misterio de la creación genuina, con sobriedad, sin altisonancia. Otro bloque magnífico fue, desde luego, el ofrendado al maestro Roig, donde la soprano entregó deliciosas versiones de Hoy la he visto, Nunca te lo diré y Lloro aún al recordarte, ese clásico imprescindible del cancionero cubano. Insisto en que temas como Ojos brujos o Dolor de amor se escucharían de maravilla en la voz de la Barrios. La emoción tocó alto cuando la señora Zoila Salomón, con todo y sus más de ochenta años (una vida entregada al amparo y resguardo del patrimonio del maestro) se acercó a agradecer a María Eugenia, y esta le respondió con gestos de gratitud aún mayores.

Sabe el lector que a este crítico le importa tanto la ética como la técnica. Tal vez esté equivocado, no lo sé, pero a mí de poco me importa la virtud estética si no está avalada por una conducta consecuente en la vida y ante el mundo. Los conciertos de la Barrios no escatiman detalles de ese tipo. Por ejemplo, en el Amadeo (institución que se distingue por la cortesía y una muy profesional atención a la crítica), estuvo como invitada Rosa Fornés, quien recordó las razones convincentes de ese sobrenombre exacto con que la rebautizó su gente: «Rosa de Cuba». La Fornés interpretó un tema de Lecuona adecuándose a la concepción original del maestro, sin los melodismos fáciles de ciertas simplificaciones posteriores, y lo hizo con una gracia, un donaire y una finura que la confirmaron como la excepcional artista que es. Lejos de cualquier rivalidad tonta y mediocre, Rosa y María Eugenia dieron en la escena otra demostración de ética y de clase: la primera se refirió a la admiración que sentía por esa otra grande de la interpretación lírica cubana, y luego, cuando el Instituto de la Música regaló unas flores a María Eugenia, esta se las pasó a Rosa, en un gesto admirable de reconocimiento al valor del Otro. Han sido conciertos para comprender que el artista verdadero permanece distante de poses y trifulcas de servilleta; para elevar en cambio el espíritu, no solo en el canto, sino en la vida toda.

Otro momento formidable estuvo en la aparición de esa otra gloria, Luis Carbonell. A pesar de que estaba afectado de voz, Carbonell compartió con el auditorio una joyita de la narrativa venezolana, Las dos Chelitas, con un arte, con una calidad en el decir (la entonación, la cadencia, las intenciones de la palabra pronunciada, la elocuencia de las pausas) que emocionó a los espectadores en grado sumo. Ojalá la salud acompañe por mucho tiempo al gran maestro, para que nos acompañe a su vez, y siga prodigando ese arte depurado entre los cubanos, que tanto lo respetamos.

Sobre María Eugenia misma, ¿qué agregar? Es increíble cómo sigue colocando notas altísimas; impresiona la limpieza y la fluidez vocal de sus agudos (salud que debe agradecer, también, a la técnica y al ejercicio de la pedagogía, pues los órganos vocales, como todo músculo, se entrenan, se ejercitan, y ello los conserva), pero nada de eso es comparable al refinamiento cultural y la cubanía intensa de esta institución de la cultura nuestra.

Eso sí, dos señalamientos críticos: Cuidado con el montaje vocal de ciertos temas que, al no disponer de un arreglo suficientemente flexible en lo tocante a la entrada y salida de las voces, las inflexiones, las curvas melódicas, el sentido de la armonía, no se prestan precisamente para tríos de voces que, de forma independiente, resultan estupendas, pero que combinadas, pueden no encontrarse nunca. Fue el caso del trío que María Eugenia articuló junto a Yetzabel Arias y el barítono Bruno Neto, un hombre de una voz muy especial, cuya gravedad se aproxima al bajo con una belleza considerable. Sería interesante programarle un concierto independiente a Neto, para escucharle más en profundidad. En cuanto a la Arias, se trata de una de las más extraordinarias discípulas de María Eugenia, hoy con una esplendente carrera internacional, y convertida en toda una especialista de la interpretación del Renacimiento y el Barroco. Ciertamente, la Arias (¡qué apellido tan a tono!) maneja a sus anchas una potente, potentísima voz, y un timbre rico, dúctil, de matices hermosos. Pero si las tres voces eran, son, de culto, no se encontraron jamás en alguna de las interpretaciones. Esto habría que revisarlo, y si por razones de tiempo o presupuesto no se puede encargar nuevos arreglos, en verdad deberían evitarse estos apresurados montajes vocales, no muy felices que digamos. Por otra parte, en el concierto de San Felipe Neri se echó de menos el apoyo del audio, pues, no obstante la acústica del precioso edificio, si bien los agudos no necesitaban resalte, algunos tonos bajos se perdían o diluían un tanto.

Detalles en medio de jornadas que han sido orgullo y pasión de la cultura cubana. En el primero de los conciertos, el pianista Juanito Espinosa se refirió a la Barrios en el lugar como «esa diva sin la cual no se puede escribir la historia del arte lírico revolucionario». Cierto es como un templo; pero si además, esa mujer resulta una defensora y una preservadora afanosa del gran legado cultural cubano, estamos cumplidos. La interrogante sería: ¿Cómo es posible que no exista una grabación discográfica seria, con esta soprano y el mejor repertorio lírico cubano? ¿Cómo es posible, a estas alturas de la vida? Nuestra apreciada EGREM, ¿se propondría la respuesta a esa desconcertante pregunta?

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