Cambiar de color la lista - Opinión

Cambiar de color la lista

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

«Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre». Con estas palabras comenzó Fidel su memorable discurso en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro en 1992. Era un tiempo huérfano de esperanzas para muchos. Los mapas ya habían «cambiado de color», y el hambre —hidra silenciosa— seguía escalando las paredes humanas.

Deiciséis años después, la sentencia del líder cubano retorna convertida en consenso científico. Hace tan solo unos días el Homo sapiens ha sido incluido en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, por sus iniciales en inglés), como especie en peligro.

Siguiendo criterios de distribución, adaptabilidad, crecimiento poblacional y amenazas inminentes, ha sido clasificada como «Preocupación Menor». Pero el solo hecho de que ya estemos —aunque no con similar focalización— en la misma fila en que aguardan por la salvación o la nada los asiáticos osos Panda, las tortugas estrelladas de Madagascar o nuestro almiquí, debe sacudirnos de una vez las neuronas.

En la aldea global poco puede hacerse que no sea denunciar, alertar, encender bengalas de conciencia.

Pero en el patio propio, cuánto podemos y no actuamos; cuánto nos estremece y olvidamos; cuánto nos duele y seguimos de largo.

Con un terrón de azúcar pueden comenzar a endulzarse todas las amarguras del planeta; con un tímido paso puede iniciar el viaje a otra galaxia. La humanidad se salva hombre a hombre. Pensamiento a pensamiento. Y eso es lo que casi siempre se olvida.

El mismo día en que llegó a mi correo la noticia de nuestra inclusión en la Lista Roja, desde las líneas de Acuse de Recibo Dayamí Torres clamaba por que alguien sensible no dejase morir de hambre a los animales del parque infantil 4 de Abril, en el holguinero Mayarí.

Dos cocodrilos, una monita, una jutía y algunos ponis muriendo porque no había transporte en qué buscarles la comida. Y sí, claro que los directivos y trabajadores del lugar no son magos, pero al menos podían exigir como hizo Dayamí, para que alguien se conmoviera, y les dieran los recursos o se buscase otra solución.

Dejar que se extinga una vida, negar una mano, esconder el abrigo cuando otros se congelan, trampear en la pesa de un agromercado, atender de mala gana en cualquier entidad pública, empujar frenéticamente en la guagua —cáigase quien se caiga—, firmar tablas con la desidia y esperar tranquilo la próxima partida... El «sapiens» del Homo se nos apaga de muchas formas. Y muere por dentro la especie aunque sigamos matando el tiempo.

Un periodista entrañable abogaba por conservar abrazos en salmuera. Un cantante imprescindible recuerda que no todo está perdido. Silvio, con esa costumbre suya de decir tanto como si nada, lo sintetizó en un verso: «seamos un tilín mejores...». Sea.

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