Salir de cero - Opinión

Salir de cero

Autor:

Arleen Rodríguez Derivet

Una cumbre histórica merecía un discurso histórico. Y Raúl lo hizo. Fue el día en que América Latina le abrió los brazos a Cuba para que entrara con su dignidad, rotunda e intocada, en el concierto de las naciones del área, pero no en el antiguo, desprestigiado y obsoleto del que un día se desprendió bajo los impulsos de su libertad solitaria, sino en el de las repúblicas que hoy hacen presidentes mulatos, indios, mujeres, orgullosos de su origen y de su parentesco con la Isla solidaria.

Allí, donde lamentó «que no estuviera sentado Fidel» —acaso porque, más que absolviéndolo, estaba premiándolo la Historia—, el actual Presidente de Cuba puso a un lado el discurso escrito de antemano y con una sencillez que enmudeció a la sala, comprimió en solo segundos más de 50 años de cerco y resistencia, las razones del antes y el después de ese día, 16 de diciembre de 2008, que acaba de alcanzar rango de efeméride mundial, tal como lo fue desde el primer instante el suceso inverso, aquel que en 1962 se inventó para arrodillar a los cubanos por la osadía de intentar salirse del ministerio de colonias.

Girón, la Crisis, Kennedy, Krushov y un acuerdo perdido, Mangosta, la guerra sucia, las bandas de alzados, las bombas y los incendios haciendo zafra de heridos y mutilados y el secreto compartimentado por la dura certeza de que a Cuba le tocaría en lo adelante defenderse absolutamente sola.

Entonces, quién sabe por qué, volvió atrás, a la noche de 52 años antes, al monte de las Cinco Palmas y al abrazo al hermano ¡vivo¡ pero «loco» —supuso él entonces— que tras contar siete fusiles y unos pocos hombres anunciaba la victoria de una guerra por comenzar contra uno de los ejércitos mejor pertrechados y más sanguinarios del hemisferio.

No, evidentemente no fueron ni la casualidad ni la emoción las que trajeron a las palabras de Raúl el recuerdo de aquella noche, necesariamente oscura y fría —invierno en la Sierra Maestra— del 18 de diciembre de 1956. Pocas imágenes deben ser tan recurrentes en la vida del hombre soldado que reencuentra a su hermano jefe, tras soportar 13 días de persecución, hambre y cerco.

El «ahora sí ganamos la guerra» que Fidel pronuncia aquella noche alucinante, narrado por Raúl frente a sus colegas de América Latina ahora, adquiere nuevas resonancias y significados.

Cuando todos se disputan el abrazo al estadista cubano al final de las sesiones, no es posible escapar al simbolismo: se está reeditando en otra dimensión y en otro espacio la esencia del primer reencuentro.

En medio de la más espantosa oscuridad de los tiempos, cuando asedian implacables todas las crisis posibles para el planeta, con particular crueldad para los que menos tienen, hay en el abrazo de los hermanos otra celebración que parece afirmarse más en los sueños que en las certezas. Las naciones de América abrazan al país recién salido de 50 años de cerco. Y nadie tiene dudas otra vez de que ahora sí ganamos la guerra.

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