Inteligencia creativa - Opinión

Inteligencia creativa

Autor:

Juventud Rebelde
Aplaudo hasta exclamar ¡Bravo! las recientes disposiciones del Ministerio de Educación Superior respecto a la presentación de los trabajos de diploma de los graduandos universitarios, guiadas palmariamente por un sensato realismo y una racionalidad necesaria.

Quienes alguna vez tuvimos hijos en esos trances, casi llegamos a pensar que los preparativos financieros para satisfacer con éxito las exigencias académicas establecidas podrían requerir acopio de recursos financieros tan anticipado como los de aquellos que en cuanto la niña de la casa empieza a gatear ya se preparan para sufragar la mítica fiesta de los quince años.

En mi caso familiar recuerdo un trabajo de investigación que por lo que aportaba a la especialidad y por su impecable defensa en el acto ante el tribunal mereció la puntuación máxima de cinco puntos, pero se le escatimó la consecuente felicitación solo porque el trabajo presentado carecía de una encuadernación «más apropiada».

Se trataba en realidad de un texto escrito con esencial pulcritud, con varios ejemplares pero apresados en modestas carpetas, lo más que podía hacerse con un sueldo a secas de periodista, sin recurrir a endeudamientos incómodos en aquellos duros años noventa. A la anécdota no le faltaba su inesperada pizca de trivial surrealismo.

Pese a tales circunstancias, el tribunal se mantuvo en sus trece, inapelable, defendiendo intransigente, como si de una proeza se tratara, un aberrante sentido de la elegancia formal, en tiempos en que todavía el acceso a las tecnologías informáticas —tan extendido hoy día— apenas rebasaba por entonces la fase del embrujo cautivador, en contados nichos laborales que, con suerte para angustiados estudiantes y familiares, les echaban decisiva mano, malabarismos mediante.

Paradójicamente se desató un desenfrenado y enajenante afán por el deslumbrante lucimiento de la impresión y encuadernación de los trabajos de diploma, que de hecho clasificaba carpetas y hojas de primera, segunda y tercera, desde ediciones Princesa hasta ediciones Patito Feo en una virtual puja en la que los más aventajados en recursos y relaciones imponían la pauta, quiérase o no en una variante de desigualdad. Y en ese panorama surgieron debajo de las piedras especulativas micro industrias de las tesis que dejaban exangües los bolsillos familiares.

Entre lo más certero de las nuevas medidas del MES subrayo el haberle tomado el pulso a sentidas palpitaciones populares, y el afianzar en el centro de ese fundamental proceso académico la sustancia del aporte investigativo como construcción del saber, y su defensa sosegada, al librar a los graduandos de las angustias y sobresaltos que provoca dedicar, hasta casi las puertas del trascendental acto, tanta atención a las parafernalias en detrimento de las esencias.

Merecen encomio los estudios realizados sobre la posibilidad de financiar centralmente la tirada de esos trabajos y que el contexto económico actual del país desaconseja. Pero en fin de cuentas, me tomo la libertad de preguntar si acaso no sería esa irrealizable fórmula una suerte de costosísimo paternalismo estatal, cuando como el propio MES señala se puede disponer de soportes digitales, con mucho más sentido de independencia en la gestión de mostrar el conocimiento.

Si algo confirma el nuevo enfoque del asunto sobre el que apunto, es el inconmensurable valor de la inteligencia para encontrar soluciones a problemas, con realismo y creatividad, sin perder el rumbo estratégico. La inteligencia creativa siempre será nuestro principal caudal, la que nos hará más virtuosos, la que las universidades abrigan como su primero y superior caldo de cultivo.

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