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Privacidades en subasta

Autor:

Juventud Rebelde

Motivados por mi anterior comentario (Triunfadores y Perdedores, 15 de marzo) dos emigrantes en Europa, de vacaciones en La Habana, quisieron contarme, hastiados, sobre uno de los últimos alaridos de la bien denominada televisión basura en aquel costado del mundo de las riquezas.

Consiste en un espacio televisual que desde su concepción misma encontró alistados patrocinadores comerciales, y lo que es peor, conquistó de inmediato cotas de audiencia, dedicado a pagar a destajo por confesiones íntimas, a tarifa por contenidos escabrosos. Una vez las protagonistas fueron dos hermanas casadas sometidas al rito, para lo cual debieron sacar a la luz pública dobles infidelidades, conyugales y filiales, trasiego de promiscuidades sexuales sin límites, al compás de ascendentes ofertas en euros, según se les formulaban preguntas cada vez más degradantes.

Los interrogados que acceden a la infame convocatoria ante las cámaras, con frecuencia vacilan, algún resquicio de pudor se resiste, pero el sombrío panorama de la recesión económica, y el paro galopante, lo ahogan. En fin de cuenta se vive en una sociedad en que todo se vende y se compra. Se vende la fuerza de trabajo, el soldado mercenario, la sangre, el riñón, la córnea, el cuerpo todo, los hijos ajenos robados y hasta propios provenientes de países pobres. ¿Por qué no poner también en subasta las privacidades?

Tamaño dislate en el terreno de la dignidad personal y la ética, viciosamente estimulado por los medios que se proclaman competitivos, apenas constituye una de las tantas variantes de una subcultura rotulada desde la pionera televisión estadounidense como reality show, un confuso término para comercializar como entretenimiento todo tipo de morbosidades y reducir a los seres humanos solo a portadores de turbios instintos selváticos.

Así, desde hace tiempo la reducida pantalla a domicilio convierte dramas hogareños en funciones circenses de plaza abierta, en los que se ventilan «trapos sucios», o se magnifican los cotilleos en torno a celebridades, gracias a las persecuciones mejor pagadas de los llamados paparazzi, o exhiben a competidores encerrados en casas de cristal que se destripan como fieras para eliminarse.

En escenarios montados con personajes corrientes de carne y hueso, en especial vulnerables social y económicamente, se pretende presentar como lo predominante un universo ajeno a los valores familiares, la solidaridad y la resistencia ante las injusticias, carente de conciencia de la realidad. Todo un intrincado mensaje simplificador, alienante, facturado como espectáculo, que procura aletargar el pensamiento y el juicio crítico de los públicos, para desentenderlos de los sustanciales conflictos sociales, de los problemas que afectan al destino de la humanidad.

¿Acaso será este tipo de distracción un oscuro sueño de consumo de quienes, transgrediendo regulaciones establecidas, insisten en recibir señales audiovisuales envenenadas? ¿Ignoran tal vez que tras los culebrones de apariencia inofensiva, o el programa «entretenido», llega sin falta la ponzoña alienante?

Con todas las justificadas insatisfacciones compartidas que pueda provocarme, rotundamente me quedo con nuestra Televisión nacional, con sus innegables luces diferenciadoras, con sus manchas remediables.

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