Los cantos de Puerto Príncipe

Autor:

Arleen Rodríguez Derivet

Esta mañana nos despertamos con las réplicas alrededor de las 5 a.m. Una vez más, los temblores se reunieron con el canto. El canto es casi tan contundente como los sismos.  Ellos todavía están cantando ahora con toda su fuerza - ¡Aleluya!

(De un blog en Internet)

«Dodo ti pitit Manman…», cantaba mi madre en las noches sin televisión de nuestra infancia. Su voz, dulce y vital como las de todas las madres cuando duermen a sus hijos, se volvía especialmente alegre recordando aquel canto que aprendió en los barracones de la finca de la abuela, que se llenaban de haitianos durante las cosechas de café.

Detrás de la canción, el sueño demoraba en llegar. A mi hermano y a mí nos gustaba que Mami contara historias de aquella gente que iba de la zafra del azúcar a la del café, sin lograr escapar de la pobreza, y sin embargo cantaba. Hasta en los velorios cantaban.

Hoy no sé si me lo inventaron mis recuerdos o si nos lo contó ella, pero estoy casi segura haberle oído decir que «los haitianos son un pueblo tan sufrido, que cuando les nace un niño lloran y cuando alguien muere cantan».

Cantos desgarradores e incomparables como esos que ahora se elevan en las oscuras noches de Puerto Príncipe, se entonaron muchas veces en los barracones de las fincas orientales, donde los haitianos fueron la fuerza fundamental de la prosperidad de los cafetales y la mayor expresión del desamparo social.

Por supuesto que también le cantaban a la vida. En el propio batey se gastaba cada centavo ganado y las fiestas eran tan intensas como pobres y breves. Había  bailes. Y bebidas. Y dulces. Y trajes. Y narraciones. Y todo lo que un pueblo lleva consigo dentro del alma, que suele ser más abundante que lo que a simple vista se ve o cabe en los morrales.

La ternura, por ejemplo. Casi todos los cuentos sobre haitianos que nos hizo mi madre, tenían eso en común con aquel canto «Dodo ti pitit Manman». Los mismos que de niña le cantaron canciones de cuna en creóle, de joven la protegieron de los fríos de la montaña o las crecidas del río, y cuando ya tenía nietos, todavía un viejo habitante del batey viajaba kilómetros hasta la ciudad para visitarla como un pariente entrañable.

Esas historias nos enseñaron antes que los libros. Los haitianos, mano de obra barata de las labores más duras en los campos cubanos, fueron la más vívida escuela de la injusticia para quienes les vieron trabajar y sufrir sin más recompensa que la sobrevivencia.

Puede decirse incluso, que el sufrimiento de ellos, alentó algunos de los más profundos cambios en Cuba. «Al batey de Birán y sus gentes, que inspiraron el ansia de una Revolución», dice en la dedicatoria el libro biográfico sobre Fidel que escribió Katiuska Blanco, Todo el tiempo de los cedros.

No  es casual, ni fortuito que entre las primeras leyes de beneficio a los trabajadores, dictadas por la Revolución, estuviera el reconocimiento a los años de trabajo y el derecho a la jubilación de miles de emigrantes haitianos.

Si hoy ganan titulares de prensa numerosos apellidos de sonoridad francesa y raíz haitiana —sean deportistas, artistas o académicos prominentes— salidos de los parajes más remotos de la geografía de nuestra Isla, todo se debe a una política que comenzó por incluir, contar, reconocer, integrar, a la población haitiana de Cuba a una sociedad a la que hasta entonces habían aportado todo sin compensación alguna.

Ellos y los cientos de jóvenes haitianos, graduados o por graduarse de Medicina en la filial de la ELAM en Santiago de Cuba, que ahora mismo están dispuestos a salvar vidas en su país, derrumban todos los mitos sobre maldiciones y predisposición de ese pueblo al subdesarrollo y al sufrimiento.

La verdadera maldición es no tener oportunidades. O que quienes dicen venir en tu auxilio, se apertrechen como quienes van a la guerra y pongan por delante los dineros que habrán de gastarse en ellos mismos, como el portaviones norteamericano que ya consume dos millones de dólares por día y todavía no ha llegado a las costas de Haití.

Recordando a mi madre, a la que acunaron y protegieron haitianos pobres entre los pobres, hago mío el dolor del canto que entonan, mientras alzan sus manos al cielo, los desamparados sobrevivientes del terremoto, que esperan que los salven, no que los encañonen.

En eso pienso cuando descubro un rostro conocido entre las doctoras cubanas que se inclinan sobre las víctimas en un reportaje de la televisión.  Ella pone su estetóscopo en el pecho inflamado de un pequeño mientras con la otra mano lo acaricia con infinita ternura. Llamo a su casa para avisar y el que responde es su hijo. «Mi mamá está en Haití», dice con la mayor naturalidad del mundo.

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