Al hombre común

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

En memorable crónica, un periodista dijo que a Cuba de la Caridad había que hacerle un monumento. Tal vez —proponía entonces—, debía ser un corazón enorme, que se desborda y sangra.

Mi amigo Lesmes Larroza, guiado por los hilos mágicos de la bonhomía y la nobleza, ha cumplido aquella petición. Y lo ha hecho, martianamente, «sin llamar al universo para que lo vea». Su tesis de licenciatura en el Instituto Superior de Arte dio cuerpo escultórico a la idea de dignificar nuestra Isla.

No fue un corazón lo que moldearon sus manos y su mente. Tampoco aspiró a la totalidad-país. Fue el ser humano de a pie, el más desconocido de nuestros paisanos, el centro de sus empeños. Así surgió el Monumento al Hombre Común en el Cementerio de Colón. Y aunque hace algún tiempo, la hazaña ha pasado casi inadvertida —quizá como algunos de los cubanos que día a día elevan desde sus hombros a la nación toda.

No quería el joven artista la solemnidad de los obeliscos, la medida gigante de la piedra estatuaria, la anchura magna de la plaza centrada. Y trabajó a escala humana, con la sencillez y funcionalidad del andar cotidiano.

Así surgió una obra que, al decir de José Villa Soberón, «dignifica al ser humano como núcleo integrador de la nacionalidad».

En el cuartel Sureste de la Necrópolis, donde antes había una «fosa común», una mezcla lamentable de huesos que nadie honró, Lesmes levantó un motivo de culto y esperanza. Donde el abandono regó malas hierbas, el escultor y su equipo edificaron jardineras. Y el espacio, que invita a sentarse a recordar, es mucho más que un sitio para el dolor. Es la certeza de que nuestros hombres no pasaron en vano.

Puede que nunca como hoy haya estado Cuba más necesitada de retornar al sujeto anónimo que la constituye. A los negros que se fueron tras Carlos Manuel en la aurora fundacional; a los mambises en harapos que escucharon en vilo la palabra del Apóstol; a los estudiantes que salieron en tánganas contra los desmadres machadistas; a los ciudadanos que plantaron bandera hasta conseguir una Constitución como la de 1940; a los barbudos que arrollaron en caravana libertaria; a los cortadores de caña de una zafra que quiso ser gigante; a las madres que se «gastaron» durante los años más duros del período especial...

Siempre, pero con más razón cuando la nave debe capear temporales sin perder el acimut, los brazos y el sentir de cada marinero son fuerzas imprescindibles. Por eso el monumento de Lesmes, al más común de nuestros compatriotas, debía convertirse en brújula de los esfuerzos, latiendo al centro de Cuba de la Caridad.

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