¿Guagua o discoteca?

Autor:

Kiara González Escobar

Transcurrían las siete de la noche. Pasados diez minutos en la parada, el transporte que nos llevaría a casa llegó. Íbamos como «sardinas en lata» pues todavía a esa hora muchos terminaban de trabajar y regresaban a sus hogares.

Durante los primeros minutos me llamó la atención la velocidad que llevaba el conductor, no muy apropiada. «Este hombre está loco» o «Parece muy apurado» fueron de las tantas expresiones que escuchamos.

Y parecía fuera de control, a juzgar por la música ensordecedora que puso; y tan alta estaba que las personas ya no hablaban, sino gritaban.

Una joven a mi lado se tapaba los oídos y un niño lloraba sin que la madre hallase forma de callarlo. No faltó quien tarareara algunos temas o bailara con ellos, algo que se tornaba un poco difícil pues, más que música, era un ruido insoportable.

Pero no se trataba del género musical ni de los exponentes, sino del volumen... Aquello parecía una discoteca y no una guagua.

Y resultaba inevitable que uno se preguntase si está permitido conducir con la reproductora a ese volumen, o si no se sabrá sus consecuencias para la salud.

Lo más probable es que sí, que se conozcan las respuestas a estas interrogantes y que, sin embargo, se viole lo establecido por la ley y por el sano juicio.

Y el término ley no está mal empleado. En el Código de Vialidad y Tránsito, por ejemplo, se señala que no es recomendable el uso de teléfonos celulares ni algún otro tipo de medio de comunicación mientras se va al timón de un automóvil, salvo aquellos casos en que los conductores empleen aditamentos que permitan no usar las manos y, por consiguiente, entorpecer la conducción.

¿Y qué hay con la música? El mismo Código agrega que está prohibido llevar los equipos a un volumen que impida la concentración para conducir el vehículo.

Un chofer «sumergido» en el estrépito de ciertas canciones, por ejemplo, no escucha los «pitazos» de los demás carros. La música lo catapulta poco a poco a la distracción, distanciándolo de su responsabilidad con los pasajeros. Y eso, en el peor de los casos, conlleva a accidentes en la vía.

Pero más allá de lo que pueda estar o no permitido, ¿qué consecuencias trae para el oído humano exponerse a tantos decibeles?

Precisamente cuando se eleva a niveles muy altos deja de ser música para convertirse en ruido. Pero los efectos no se manifiestan inmediatamente; y aunque no es posible cuantificarlos, tarde o temprano se hacen notar las consecuencias en los diferentes órganos. La frecuencia y la intensidad de ruido pueden provocar alteraciones del ritmo cardiaco y respiratorio, de la secreción gastrointestinal, aumento del cortisol y otros efectos hormonales, cambios en el ciclo menstrual… El traspaso del umbral auditivo puede, incluso, ocasionar al feto bajo peso al nacer, prematurez y otros daños. Y eso sin contar que no se manifiestan de igual manera los efectos, pues las personas de mayor edad son más propensas a ser afectados de sordera que los jóvenes.

Este es un fenómeno social que lamentablemente se extiende también a conductores de ómnibus escolares y de autos particulares. Algunos de estos últimos llevan el volumen de sus reproductoras de forma tal que semejan discotecas andantes.

Es cierto que un poco de música hace más agradable el viaje; pero si malo es llegar, peor es pasarse.

En la parada de la Virgen del Camino la guagua quedó casi vacía. Aquel chofer no entendía de baches y poco le faltó para llevarse «la roja» de los semáforos. Los viajeros se quejaban, mas él no lo notaba.

Al finalizar mi recorrido, vi alejarse a aquel ómnibus con la zozobra de lo que pudiera suceder en el resto del camino. Por el bien de todos, solo deseé que el conductor bajara el volumen y manejase tranquilo hasta el paradero.

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